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Màxim Huerta debería dimitir

El nuevo ministro de Cultura ya ha hecho historia

Màxim Huerta, el pasado domingo 10 de junio, en la final de Roland Garros en París.

Esta vez el nuevo ministro de Cultura y Deportes levantó la polvareda desde el mismo umbral, el primer día, sin más dilación. Otros ministros que le precedieron también lo hicieron, pero dándose un poco más de tiempo. Por ejemplo el anterior, Iñigo Méndez de Vigo, se declaró fan del cine español, dijo que le gustaba tanto que lo veía devotamente en el programa televisivo Cine de barrio, para regocijo de muchos cinéfilos; o Esperanza Aguirre, que en sus tiempos de ministra de Cultura, hablando de Airbag, la película de Juanma Bajo Ulloa que en aquellos momentos estaba llenando los cines, confesó que ella no la vería porque no le interesaba el cine extranjero, con lo que quedó diáfano que ni a esta ministra ni a aquel ministro les importaba un bledo el cine español. De ella como ministra de Cultura se cuenta que dijo profesar mucha admiración por la gran escritora Sara Mago, claro que puede que entonces José Saramago aún no hubiera recibido el Nobel de Literatura...

Sin embargo, por mucho que sean cosa corriente tales despropósitos, el revuelo se armó cuando el actual recién nombrado ministro de Cultura y Deportes confesó sinceramente que no le gusta el deporte ni tampoco los toros, asuntos que son competencia de su cargo. La espontánea declaración de Màxim Huerta, algo atolondrada, provocó cierto escándalo, cuando más grave es que desde tiempo inmemorial se haya dispuesto que Cultura no sea un ministerio por sí mismo, sino que siempre vaya en compañía de asuntos como educación, deportes o Información y Turismo, un desatino que dura ya varios años. Por lo que se ve, ningún Gobierno ha concedido a la Cultura la atención que merece. Bueno, si un ministro de Cultura y Deportes dice que no le gustan los deportes ni los toros, sería cuestión de ver cómo toreaba la falta de empatía; en otros casos no les han interesado el cine o el teatro, aunque no lo confesaran públicamente, y hemos padecido con estoicismo las consecuencias de criterios disparatados.

Pero lejos de sus provocaciones como lenguaraz tertuliano ahora tenemos al joven ministro enfrentándose a los elementos por otro asunto, esta vez por defraudar a Hacienda. Aunque parece que el tema quedó ya aclarado con sus explicaciones oficiales no van a cesar los ataques que piden su dimisión. Se levantó la veda y ya no hay quien lo pare. Esta vez seguramente el ministro debería dimitir. En cualquier caso ya ha hecho historia.