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COLUMNA

Unamuno, antes la verdad que la paz

El autor responde a los hispanistas franceses Colette y Jean-Claude Rabaté e insiste en su versión de los hechos ocurridos en el paraninfo de la Universidad de Salamanca en 1936

El filósofo Miguel de Unamuno, profesor y rector, en la Universidad de Salamanca, en una imagen de 1934.
El filósofo Miguel de Unamuno, profesor y rector, en la Universidad de Salamanca, en una imagen de 1934.

Ya que los profesores Colette y Jean-Claude Rabaté dedican media página de El País del 27 de mayo a glosar unas palabras mías, transcritas por Sergio del Molino en su reportaje del 8 de mayo titulado Lo que Unamuno nunca le dijo a Millán Astray, no me queda más remedio que intervenir. Se trata, en concreto, de que Sergio del Molino cita como palabras textuales mías que el acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca fue “brutalmente banal”, expresión que no ha gustado a los profesores Rabaté y hacen de ella el eje de su argumentación, sin referirse en absoluto a lo más importante del reportaje de Sergio del Molino: mi investigación titulada Arqueología de un mito, donde demuestro con fuerza suficiente que la llamada “versión canónica” del acto del 12 de octubre, centrada en largos discursos de Millán Astray y de Unamuno, es una invención literaria de Luis Portillo Pérez, publicada en 1941.

Pero vayamos por partes. El 12 de octubre se celebraba el Día de la Raza, uno más de los actos que trufaban el calendario académico: la apertura de curso, la academia de Santo Tomás, el homenaje a Santa Teresa de Jesús, las conferencias del Ateneo Salmantino, las veladas literarias en homenaje a las glorias locales… Actos en los que los discursos podían ser rimbombantes, engolados, abstrusos o edificantes, pero rara vez interesantes y amenos. Actos banales. El acto del Día de la Raza de 1936 hubiera sido igual de aburrido que los demás sino fuera porque España se encontraba sumida en la guerra civil, y que en Salamanca se había instalado el cuartel general del generalísimo Franco, elegido jefe del estado unos días antes. Debido a esta circunstancia, Unamuno presidió el acto en representación de Franco y estuvo acompañado en la mesa presidencial por Carmen Polo y por el general Millán Astray.

El rector y el militar se profesaban una fuerte antipatía mutua desde hacía muchos años, y además Unamuno estaba muy afectado por la constatación de que desde el alzamiento militar se había apoderado de Salamanca el terror a una represión sin freno que le había costado la vida a cientos de hombres, asesinados en el campo por las patrullas irregulares de falangistas y derechistas bajo el control de la guardia civil y de las autoridades militares, y que había llevado a la prisión a varios cientos más. En este ambiente de tensión, tras las enervantes intervenciones de varios oradores (no de Millán Astray), Unamuno improvisó un discurso para denunciar las ideas de guerra incivil, de odio y de anti-España que emanaban del bando nacionalista, lo cual fue contestado por Millán Astray con un “¡Muera la intelectualidad traidora!”, seguido por un breve y exaltado discurso justificando el alzamiento, lo cual ocasionó un grave tumulto, dada la presencia en el paraninfo de numerosos hombres armados y muy motivados políticamente.

Unamuno, con barba, saliendo del Paraninfo de la Universidad de Salamanca tras el enfrentamiento con Millán Astray, el 12 de octubre de 1936.
Unamuno, con barba, saliendo del Paraninfo de la Universidad de Salamanca tras el enfrentamiento con Millán Astray, el 12 de octubre de 1936.

A continuación, Carmen Polo, Millán Astray, Unamuno y el obispo salieron del paraninfo y se despidieron formalmente en la puerta de la Universidad, como fue recogido en la famosa foto que ilustra, por ejemplo, el artículo de los Rabaté, fotografía que “es la más repetida y dramatizada por algunos comentaristas que han interpretado el desorden alrededor de Unamuno y el saludo de los falangistas como marcas de hostilidad. En realidad, Unamuno, que ocupa la parte central de la foto en compañía del obispo Plá y Deniel, no parece empujado ni amenazado por un público compuesto por requetés, legionarios, falangistas y paisanos, entre los cuales aparecen pocas mujeres. Algunos están vitoreando a Millán Astray, acompañado por su propia guardia personal, que acaba de subir al mismo coche que la esposa del general Franco. Unamuno parece ensimismado y tal vez emocionado por la violencia de los aullidos de los jóvenes falangistas dentro del Paraninfo”. La guerra había convertido un acto banal en un acto de brutal violencia verbal, que para Unamuno tuvo graves consecuencias personales (¿quién podría negarlo?). 

Unamuno estaba muy afectado por la constatación de que desde el alzamiento militar se había apoderado de Salamanca el terror a una represión sin freno

Sin embargo, en Arqueología de un mito, no intento reconstruir lo que dijo Unamuno, ni cómo transcurrió el acto, sino al contrario: demuestro que la “versión canónica” no se corresponde con la realidad. Demuestro que “el periodista Luis Gabriel Portillo” es en realidad Luis Portillo Pérez, profesor de derecho civil de la Universidad de Salamanca. Demuestro que Portillo no fue testigo presencial del acto del paraninfo porque pasó toda la guerra en la zona republicana, y que después salió al exilio, refugiándose en Inglaterra, donde publicó en 1941 el relato Unamuno’s Last Lecture, traducido al inglés por Ilse Barea, en el que Portillo hace una evocación dramática del acto del paraninfo, sin voluntad de recreación histórica, lo cual fue confirmado por su hijo Michael Portillo (The Guardian, 11 de mayo de 2018). Y demuestro que Unamuno’s Last Lecture fue copiado casi al pie de la letra por Hugh Thomas y por Ricardo de la Cierva en sus historias de la Guerra Civil española, dando origen a una versión mitificada y alejada de la realidad del acto del 12 de octubre.

Mi investigación, que se encuentra disponible gratis en academia.edu, ha sido ampliamente difundida y nadie ha señalado un solo error. Demuestro que Portillo se inventó de cabo a rabo el discurso de Millán Astray, y eso nadie lo critica, pero si afirmo que también se inventó el discurso de Unamuno, entonces cae sobre mí una lluvia de descalificaciones y se me acusa de estar haciéndole el juego a la extrema derecha. O peor aún, de ser bibliotecario.

En mi estudio demuestro que Portillo se inventó de cabo a rabo el discurso de Millán Astray

En una novela, una película, una obra de teatro, se puede poner lo que se quiera, pero en una investigación historiográfica hay que ceñirse a los datos objetivos. Lo cual, por otra parte, no afecta en nada al prestigio de Unamuno. El rector dio, es cierto, “una lección de valentía, de humanismo y de dignidad cívica” (Rabaté), pero se le hace un flaco favor poniendo en su boca frases que nunca pronunció, solo porque nos parecen más épicas.

Antes la verdad que la paz, dijo Unamuno.