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Tengo una ‘playlist’ para usted

Los algoritmos de Spotify deciden cuál es la mejor música para ti

Juraría que nunca lo había solicitado pero aquí está. Spotify ha comenzado a mandarme mi Descubrimiento semanal: 30 canciones, casi dos horas de música. Una playlist concebida por sus famosos algoritmos para mi disfrute particular.

La primera reacción es el rechazo. Como locutor con libertad para elegir músicas, mi oficio consiste precisamente en elaborar programas. El grado superior de playlists: canciones secuenciadas con cierto sentido, canciones arropadas por presentaciones que aspiran a contextualizar cada tema.

Me vence la curiosidad. Spotify lo vende de la siguiente manera: “tu combinado semanal de música fresca. Nuevos descubrimientos elegidos solo para ti. Cambia cada lunes. ¡Guarda lo que te guste especialmente!”.

Quiero creer que no soy el consumidor típico, aunque imagino que todos somos oyentes atípicos, con nuestras peculiaridades, fobias y filias. De cualquier manera, pondría en cuarentena lo de “descubrimientos”. De los treinta artistas, solo hay dos desconocidos, aunque reconozco que resultan ser apreciables: Washington Phillips, un cantante de gospel de los años veinte que se acompañaba por una cítara, y Kathy Heideman, una vocalista country rescatada por la benemérita compañía Numero Group.

Estoy más o menos familiarizado con las otras 28 canciones. No hay inconveniente, claro, en recordarlas en un orden inesperado o en versiones en directo. Pero hay momentos en que empiezas a sospechar del sesgo de la máquina que ha confeccionado Descubrimiento semanal.

Encuentro ofensivo que la única música brasileña incluida sea una composición de Antonio Carlos Jobim interpretado por, glup, Art Garfunkel. Igualmente, los artistas latinos (Sabu, Antonio Machín, Los Zafiros, Óscar Alemán) están representados por piezas alborotadas, cercanas al kitsch, más propias del universo estético de un Paco Clavel, dicho sea con todos los respetos para el rey del cutrelux.

El mecanismo de Spotify debe ser bastante sordo. Me ofrece Canción mixteca, del actor Harry Dean Stanton. Ya sabrán que la versión sublime es la producida por Ry Cooder para la banda sonora de Paris, Texas; aquí eligen la extraída del documental Harry Dean Stanton. Partly fiction, una interpretación frágil y pobre en sonido, esencialmente audio vérité, carente de ambiente, sin el melancólico piano fronterizo de la película.

Las máquinas no parecen capaces de computar el arte ni la calidad sonora. Después de todo, buscan la eficiencia empresarial. Los puestos de trabajo caen en la categoría de daños colaterales: ayudan a prescindir de selectores, borran los nombres de productores o músicos y, desde luego, en algún momento intentarán reemplazar a los propios artistas.

Ninguna novedad. Tendemos a pensar que el negocio musical era refractario al salto digital. Y no. Recuerdo una charla con un directivo de discográfica multinacional que, a finales del siglo pasado, aplaudía los nuevos tiempos: “podremos olvidarnos de las fábricas, de los almacenes, de los viajantes.” Una pausa malvada: “y también de intermediarios, como los críticos.” Para su desdicha, ocurrió que el respetable decidió no pagar por aquella novedad de la música sin soporte físico.

Hoy, soy consciente de la inutilidad de señalar las carencias de las playlists. Signo de los tiempos: una mayoría de oyentes que escuchan lo que seleccionan los algoritmos, frente a una minoría de raros que también quieren saber lo que hay detrás de la música.