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El arte con los pies descalzos

Visita a la Fundación Carmignac, una isla con 300 obras contemporáneas para vivir una experiencia espiritual

'Les trois alchimistes' (2018), de Jaume Plensa.
'Les trois alchimistes' (2018), de Jaume Plensa.

Para llegar a esta fundación hay que subirse a un barco y luego cruzar un bosque delimitado por impresionantes acantilados y una playa de arena amarilla. Al cruzar la puerta, el visitante debe quitarse los zapatos e ingerir un brebaje medicinal preparado por un druida local. Solo entonces estará listo para adentrarse en el vientre de esta morada provenzal situada en la isla francesa de Porquerolles, a solo siete kilómetros de la Costa Azul. La Fundación Carmignac abrirá sus puertas este sábado en este remanso de paz idóneo para destierros voluntarios, conocido por su parque natural y sus rutas de senderismo. A partir de ahora, habrá que situarlo también en el mapa del arte contemporáneo.

“Había lugares más fácilmente accesibles, pero no proporcionaban las mismas sensaciones”, explica su impulsor, Édouard Carmignac, sentado en una de las terrazas de esta particular pinacoteca. “La idea es dejar atrás el mundo virtual, que es cada vez más invasivo. Se trata de olvidar teléfonos y ordenadores. Es un sitio donde hacer una pausa y tomar contacto con uno mismo”, explica en un impoluto castellano, herencia de una infancia que transcurrió en Perú. Este discreto millonario de 70 años, que hizo fortuna en la gestión de activos, soñaba desde hace décadas con abrir un museo privado donde exponer su colección, formada por unas 300 obras de primer nivel.

Setenta de esas obras se exponen en la muestra inaugural, a cargo de clásicos como Warhol, Lichtenstein, Rothko, Calder o Basquiat y estrellas del arte de hoy como Maurizio Cattelan, John Baldessari, Cindy Sherman o Marlene Dumas. Además, Miquel Barceló figura por partida doble en el recorrido: firma una capilla llena de sepias acrílicas y una escultura que representa al alicastro, un monstruo marino que, según reza la leyenda, poblaría la isla desde tiempos inmemoriales. Más que esa concatenación de nombres, es el acercamiento sensorial e incluso espiritual a la colección lo que causa mayor sorpresa. “Es mi forma de acercarme al arte: espontánea e instintiva, pero también trascendental. El arte te aleja de tu vida cotidiana y de tus pensamientos habituales”, afirma Carmignac, que ve en su colección un contrapunto necesario a sus actividades como empresario.

La isla de Porquerolles, sede de la Fundación Carmignac. ampliar foto
La isla de Porquerolles, sede de la Fundación Carmignac.

Por su ascetismo y su conexión con la naturaleza, la propuesta guarda parecidos razonables con la de ciertos museos japoneses, como los de las islas de Naoshima y Teshima, fundadas por el empresario Soichiro Fukutake con el concurso del arquitecto Tadao Ando. Aun así, la selección de las obras y la puesta en escena escogida resultan más convencionales que en esas pinacotecas asiáticas, donde existen salas con una sola obra y numerosas instalaciones en inmersión total. En cambio, en la Fundación Carmignac la colección está dispuesta en una serie de microespacios temáticos de títulos algo rimbombantes –“Desobediencia edípica”, reza uno de ellos–, ante los que no siempre se entiende por qué era necesario descalzarse. “Se trata de romperte la cáscara para estar en contacto directo con el suelo”, afirma Carmignac. “Sin zapatos logramos sentir la piedra y las energías de la tierra circulan mejor”, le secunda su hijo Charles, de 40 años, antiguo integrante del grupo de folk Moriarty, que asumió la dirección del centro hace un año y medio.

Pese a todo, el espacio es un triunfo incontestable. Las salas son subterráneas, porque en este parque nacional está prohibida toda construcción. En la galería central, una piscina exterior filtra la luz y proporciona la ilusoria sensación de que nos encontramos bajo el agua. En el exterior, el visitante puede perderse por un terreno de 15 hectáreas repleto de olivos, eucaliptus y lavanda, además de un viñedo que produce vino biológico. Distintas esculturas, encargadas por Carmignac para la ocasión, aparecen diseminadas por todo el perímetro. Por ejemplo, una valla publicitaria firmada por Ed Ruscha, un laberinto de espejos a cargo de Jeppe Hein, los huevos de mármol ideados por Nils Udo y tres misteriosas efigies a cargo de Jaume Plensa, que los primeros paseantes comparan con las estatuas de la isla de Pascua. Si no es religión, se le parece. Desde el banco de piedra que ha colocado frente a ellas, Charles Carmignac dice aspirar a que el visitante realice en esta isla “un viaje físico, pero también mental”. “No tengo una mirada académica, pero puedo aportar cosas que he aprendido durante mis 20 años en la música”, asegura el heredero. “Voy a intentar alcanzar esos momentos de gracia que podemos sentir en un concierto. Estoy convencido de que el arte también puede producir ese éxtasis colectivo”.