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71º FESTIVAL DE CANNES

Cotillard: “La idea de que la seducción es inherente al cine es una gilipollez”

La actriz interpreta a una madre alcohólica en ‘Gueule d’ange’, con la que participa en Cannes por octavo año consecutivo

La actriz francesa Marion Cotillard, el pasado domingo, en Cannes.
La actriz francesa Marion Cotillard, el pasado domingo, en Cannes. AFP

Marion Cotillard (París, 1975) se pasea por la Croisette como por su casa. Es el octavo año consecutivo que la actriz francesa llega al Festival de Cannes con uno de sus proyectos, que la han llevado a colaborar con autores de primer nivel como Woody Allen, Michael Mann, Steven Soderbergh, Christopher Nolan, James Gray, Jacques Audiard, Xavier Dolan o los hermanos Dardenne. Un recorrido extraordinario para una actriz que, antes de ganar el Oscar hace una década por La vida en rosa, era conocida por protagonizar comedias de poca monta y conceder entrevistas intempestivas, como aquella, en 2007, en la que dio credibilidad a las teorías de la conspiración sobre el 11-S. Fue en otra vida. Cotillard se ha convertido en una estrella mundial que ha ido todavía más allá que sus más célebres compatriotas, como Catherine Deneuve, Isabelle Huppert o Juliette Binoche, siempre algo a disgusto respecto a lo que Hollywood tenía por ofrecerles. “Nunca tuve esa ambición, simplemente pasó”, jura la actriz.

La cita es en un pequeño hotel del centro de Cannes, al que se presenta con una hora de retraso. La sorpresa es que se disculpe con ello, gesto infrecuente entre sus compañeros de oficio. Tal vez se refiera a eso cuando se define como “una persona normal”. Tras una década trabajando con cadencia estajanovista, la actriz aseguró en 2017 que se daría un respiro. Su hija Louise acababa de nacer y no le apetecía pasar mucho tiempo lejos de casa. Pero entonces llegó el guion de Gueule d’ange, el filme que firma la debutante Vanessa Filho, hasta ahora fotógrafa y directora de videoclips. “Y no me pude resistir, porque era algo que no había hecho antes”, admite Cotillard. En la película, presentada con críticas desiguales en la sección paralela Un Certain Regard, Cotillard interpreta a un personaje tirando a deleznable: una madre alcohólica, egocéntrica y adicta a los programas de telerrealidad, que descuida a su hija pequeña hasta el punto de terminar abandonándola tras conocer a un hombre en un club nocturno.

“En realidad, nunca la juzgué. Intento no hacerlo, aunque a veces sea difícil”, afirma. “Si uno quiere juzgarla dirá que es una mala madre, pero yo no lo hice. Nadie puede juzgar sin saber de dónde viene una persona y qué dificultades ha debido superar. Me dije que, si no sabía darle amor a su hija, tal vez fuera porque debió de sufrir lo mismo con su propia madre”. Puntualiza, ante la duda que cree detectar en una ceja arqueada, que no es su caso ni de lejos. “Yo tuve la suerte de tener padres que me dieron todo lo que necesitaba: confianza, seguridad y amor”, señala la actriz, hija de una actriz y ecologista precoz y de un mimo que dirigía una compañía de teatro para niños.

Cotillard es conocida por tratar a sus personajes como si fueran de carne y hueso. Desayuna, almuerza y come con ellos. Les inventa un pasado y un futuro. Y termina por percibir quiénes son cuando entiende “cómo respiran”. Una liturgia interpretativa de la que se reía en la reciente Cosas de la edad, dirigida por su pareja, el actor y realizador Guillaume Canet, donde interpretaba a una doble psicótica de sí misma, obsesionada con los acentos y las taras físicas de sus roles. En Gueule d’ange, la mayor dificultad consistió en interpretar a una alcohólica. “Es muy difícil hacer de borracha, pero llevaba muchos años practicando…”, bromea. “Es difícil encontrar la autenticidad. No puedes beber, porque tienes que seguir actuando. Pero he observado a muchos borrachos en mi vida y eso siempre ayuda... En el fondo, es lo que hacemos los actores: observar y luego robar”.

Durante el fin de semana pasado, Cotillard fue una de las 82 actrices, directoras, productoras, guionistas y otras profesionales del cine que desfilaron juntas por la alfombra roja de este festival para exigir una igualdad de género que sea efectiva de cara al 2020. “Fue un momento muy especial. Todos tenemos un poder, pero los actores tenemos la posibilidad de ser escuchados y debemos usarla”, añade. “El sueño a largo plazo sería reconciliar a hombres y mujeres. Y que la subordinación de la mujer termine, porque no tiene ningún sentido y porque no traerá nada bueno al mundo. Es una vergüenza para la humanidad que todavía sigamos luchando por la igualdad”.

El movimiento que organizó el acto, 5050x2020, un equivalente francés al Time’s Up anglosajón, exige la creación de un observatorio que mida la desigualdad y le ponga cifras. Sus responsables creen que, después de ocho meses de discursos y denuncias públicas, llega la hora de pasar a la acción y luchar por un cambio que sea perceptible. A Cotillard, interrogada al respecto, también le cuesta discernirlo en el día a día y sobre el terreno. “Lo que he detectado es que algunos hombres están cansados de esta conversación. Lo siento mucho por ellos, pero era un paso necesario”. ¿Siente que su industria la trata con mayor respeto que hace solo unos meses? Cotillard duda unos segundos. “En realidad, yo nunca me vi enfrentada a ese tipo de sexismo, aunque he visto y oído cosas increíbles… Y sí he sido víctima del acoso, como ya dije cuando estalló el caso Weinstein. Desafortunadamente, a lo largo de mi vida me las he tenido que ver con varios hombres enfermos. Siento vergüenza por ellos. Me parece un síntoma de debilidad”, asegura. ¿Cree que lo que ha sucedido estos meses cambiará el cine para siempre? “Espero que logre cambiar el mundo y no solo el cine”, responde. “Esta industria es un entorno salvaje. Pero la idea de que la seducción es algo inherente al cine y que hay que actuar de forma seductora para que te tomen en cuenta es una gilipollez”. Y si solo sirve para invalidar ese mito, opina, ya habrá merecido la pena.