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Nueva York escrito en la cara

La escritora neoyorquina Vivian Gornick reivindica su actitud crítica ante cualquier acontecimiento

La escritora Vivian Gornick, el pasado viernes, en Barcelona.
La escritora Vivian Gornick, el pasado viernes, en Barcelona.

Cuando vivía en Nueva York estaba convencida de que yo llevaba Madrid escrito en la cara. Al menos así lo sentía muy poderosamente cuando estando sola en un restaurante daba por hecho que mi rostro delataba mi origen. Cuando algún camarero o vecino me preguntaba si era italiana, israelí o griega me resultaba chocante. Vaya, ¿cómo no ven que llevo Madrid escrito en la cara? En eso estaba pensando cuando vi la noche del miércoles entrar a Vivian Gornick en un restaurante del barrio de las Letras. Me levanté, nos besamos, nos sentamos frente a frente y les aseguro que ahí estaba de pronto Nueva York. Nueva York en sus cuatro puntos cardinales, con toda su espina dorsal, del Bronx a Staten Island.

¿Saben ustedes lo que es una mujer encarnando una ciudad? Eso es Gornick con respecto a Nueva York: la risa explosiva y abierta; la mirada directa, irónica, alerta siempre; la voz gruesa, imponente, que puede tornarse de pronto en intimidatoria; la disposición a cerrar las frases con un giro ingenioso; una fortaleza física que desafía inviernos heladores y veranos asfixiantes y ese desparpajo envidiable, de personas seguras del espacio que ocupan y de que la calle es suya.

Qué privilegio cenar con esta neoyorquina irredenta que ha hecho de la ciudad salvaje el gran personaje de su literatura. Leímos su Apegos feroces, porque hemos sido muchos los entusiastas de ese libro en el que pasean la escritora y su madre, y ahora nos llega La mujer singular y la ciudad, que es una suerte de continuación de esa diarista que pasea y escribe, que recuerda y escribe, que transcribe las conversaciones con el amigo gay que toda escritora debe tener y que reproduce las conversaciones que a diario mantiene con desconocidos o las frases extraordinarias, sacadas de contexto, que caza al vuelo. Hay que deambular mucho por la calle para ser Vivian Gornick, y hay que tener un empecinado empeño en que nada ni nadie coarte el grado de libertad necesario para contar una verdad íntima y perturbadora.

The Odd Woman and the City. Qué evocador suena en inglés. Todos los adjetivos que puede contener odd pueden adjudicársele a ella: peculiar, rara, distinta, no convencional, insumisa, idiosincrática e impar, o lo que es lo mismo: mujer sin pareja. Con ese doble significado encantador y algo humorístico presenta Gornick una nueva tanda de paseos inolvidables. Son paseos por el presente o por el recuerdo, por su actual barrio, el Greenwich Village de Manhattan, o por su lugar de origen, The Bronx.

Nos cuenta Vivian que en los últimos tiempos se ha convertido en una especie de celebrity local y que las señoras le asaltan en la calle para decirle, “¿qué, has escrito ya otro libro?”. Eso es mucho en una ciudad en la que se combinan con extraña armonía el poder aplastante de la soledad con las habituales conversaciones entre desconocidos que atenúan la sensación de ser invisible.

Fue Vivian Gornick una joven feminista radical, y ahora es una feminista de la vieja escuela, una old feminist, como ella se define, y esa actitud se aprecia en lo que escribe. Su mirada hacia los hombres no es furiosa sino irónica, descreída y en sus recuerdos vibran tanto la voluntad de amar como una especie de asunción de que mujeres como ella están hechas para andar solas por la vida. Las escenas sexuales me apasionan, por lo que tienen de desprejuiciadas y gamberras, aunque no haya pretensión en la autora de epatar, sino de narrar sin tapujos. En un pasaje en el que se encuentra a un viejo amigo de su infancia en el Bronx, dice así: “Acabamos en la cama y una intensa y dulce felicidad, que ninguno habíamos imaginado que sentiríamos, nos pilló desprevenidos. Una tarde, cuando estábamos haciendo el amor, le hice una mamada. Cuando terminé, Le dije:

—El sueño de todos los chicos del Bronx, que una chica de su calle se la chupe.

Manny se recostó sobre la cama y rio de esa forma suya tan franca y sencilla. Eso me excitó más que nada de lo que nuestros cuerpos estaban haciendo”.

Esta mujer a la que he conocido sonriente y cordial, agradecida por la pasión que están despertando sus libros, reivindica algo que de manera poderosa conforma su carácter y por lo que a las mujeres se nos suele reconvenir: su actitud crítica ante cualquier acontecimiento. ¿Por qué no habría de ser crítica?, le pregunta a un amigo. Quienes nos acercamos a sus libros anhelamos que lo sea, que diga en público lo que solemos cuchichear en privado, que mantenga su radical conflicto íntimo con el amor, la amistad y sus propias contradicciones.

Vivian Gornick en persona es como Vivian Gornick en libro. De tal forma que me pareció coherente y divertido que en la mañana de su llegada la escritora se fuera al Prado y después quisiera montarse en un autobús urbano para ver Madrid sobre las ruedas de un transporte municipal. ¡Es muy Vivian Gornick!

Tras la cena, salimos a la calle, y su rostro irradiaba tantas luces neoyorquinas que la calle Moratín se me antojó de pronto cualquier rincón del Greenwich Village.