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MÁLAGA 451: LA NOCHE DE LOS LIBROS

Libros con los pies en la tierra, pies que se mueven con la música

El festival literario Málaga 451 reúne a escritores como Jean Echenoz, Manuel Vilas, Héctor Abad, Juan José Millás, Rosa Montero y cantantes como El Niño de Elche

El escritor Héctor Abad, la periodista de EL PAÍS Tereixa Constenla y la escritora Rosa Montero, durante su charla en el Espacio Babelia.
El escritor Héctor Abad, la periodista de EL PAÍS Tereixa Constenla y la escritora Rosa Montero, durante su charla en el Espacio Babelia.

“¿Cuándo sacas tu próximo libro y cuándo te lo secuestran?”. La pregunta de Manuel Jabois a Nacho Carretero, autor de Fariña, resume bien el destino que espera a un libro que se acerca demasiado a la realidad. La suspensión cautelar de la distribución de la obra de Carretero sobre el narcotráfico gallego, ordenada por un juez, atravesó la charla entre los dos periodistas de EL PAÍS en el espacio comisariado por el suplemento cultural Babelia, dentro del festival literario Málaga 451, celebrado este viernes en el centro cultural La Térmica. Una de las virtudes de Fariña, subrayó Jabois, fue romper con la costumbre del sobrentendido, atreverse a contar lo que “todo el mundo sabía en Galicia y pensábamos que sabían en todo el mundo”. Negarse a dar por buena esa versión ha sido una de las claves del libro y de la serie de televisión del mismo título, dijo Jabois. ¿Y qué es lo que sabía todo el mundo? “Que la señora que hacía bocadillos de calamares en el bar del barrio llevaba un Rolex y tenía un Porsche”, respondió Carretero para ilustrar la naturalidad con la que un adolescente gallego de los años ochenta –Jabois o él mismo- convivía con el narco. “Ahora son más discretos, tratan de pasar por empresarios”, explicó Carretero, que recordó que sigue habiendo “material para 25 Fariñas”. Entre otras cosas, apuntó, para contar la relación entre el narco y la financiación de los partidos políticos. Si era natural que los jóvenes consumieran en los parques, ¿cómo no iba a serlo que un alto cargo de la Consejería de Sanidad saliera a navegar en el barco de un traficante?

“En los pueblos de Galicia se conoce todo el mundo”, aclaró el autor de Fariña. “No es Medellín”, dijo en referencia a la ciudad colombiana. Desde allí había llegado, precisamente, otro de los participantes en la noche literaria de La Térmica, Héctor Abad Faciolince, que acudió a Málaga para charlar sobre literatura del duelo con la escritora Rosa Montero en un coloquio moderado por Tereixa Constenla, redactora de Babelia. Si Abad relató en El olvido que seremos el asesinato de su padre a manos de unos sicarios en plena calle, Montero dedicó a la muerte de su marido La ridícula idea de no volver a verte. Los dos trabajaron no con sobreentendidos, sino con algo difícil de entender. Tuvieron que dejar pasar el tiempo para “construir un relato” que tratase de dar un sentido a su dolor. “Llorando se escribe muy mala literatura”, señaló Rosa Montero que, aclaró, no obstante, que la escritura de ese libro no le había resultado “ni más difícil ni más liberadora” que la de sus novelas de ficción. En buena parte, explicó, porque trabajó en el retrato de su compañero con un pudor del que está “muy satisfecha”.

Discoteca y biblioteca

El ambiente era festivo en La Térmica. Había ganas de preguntar, pero también de música, de teatro, de poesía, de conversaciones sobre este o aquel escritor. Con todas las actividades concentradas en un solo recinto siguiendo el modelo de los festivales de música, el público saltaba continuamente de una a otra, a veces corriendo para no perderse la charla de Jean Echenoz, la lectura de Benjamín Prado, la conferencia de Simon Reynolds sobre el glam, el repaso del Niño de Elche a su Antología del cante flamenco heterodoxo, las disquisiciones de Ben Brooks sobre el amor adolescente o entrar y salir de la sala de microteatro, la zona de venta de libros o la exposición de fotografías de Borges y María Kodama. Aunque el autor argentino imaginó el paraíso en forma de biblioteca, en ocasiones toma también la forma de una discoteca.

Justo el camino contrario fue el que tomó Manuel Vilas para relatar el fallecimiento de sus padres y su propio divorcio en Ordesa. En coloquio con la escritora y periodista Laura Fernández, Vilas afirmó que el pudor que recorre la literatura española es un residuo del franquismo ligado al sacramento de la confesión y al miedo al qué dirán: “Mi obsesión como escritor ha sido siempre la representación de la vida, y si a ojos de cierta gente eso me hace bajar peldaños en la estimación social, no me importa. La conquista de la libertad personal es también una conquista política”.

Las turbulentas relaciones entre escritura y realidad fueron uno de los ejes de la noche malagueña de los libros. El otro fue la relación entre literatura y música. A veces, esa relación era más que directa y el rap de Elphomega en un escenario vecino se escuchaba de fondo de la multitudinaria conversación al aire libre entre Ayanta Barilli y Antonio Escohotado, un sabio jaleado por sus “admiradores” como si se tratase de una estrella del rock. En ocasiones, la hermandad letra y música tomaba sus distancias y se volvía más formal. A la misma hora en que Elena Medel terminaba su lectura de poemas y La Bien Querida su concierto acústico, el escritor islandés Sjon, novelista y letrista de Björk, teorizaba sobre las nanas como la expresión primitiva del maridaje entre letra y música. “Es, en todas las culturas del mundo, nuestro primer contacto con la poesía, con la literatura”.

De literatura, música y niños se habló también en la conversación que protagonizaron Juan José Millás y Juan Cruz. “¿De dónde te vienen las ideas, los asuntos de los que escribes?”, le preguntó Cruz. A lo que siguió un recital de anécdotas, chistes, metáforas y paralelismos entre la vida, la ficción y los sobreentendidos que desató carcajadas en el auditorio. En medio, el autor de El desorden de tu nombre ofreció una respuesta clara a la cuestión inicial: “¿Recuerdan ustedes aquel cuento, El traje nuevo del emperador, en el que un niño veía a un hombre desnudo donde el resto veía un rey vestido? Ocurre que ese niño aún no está culturizado, no tiene todavía puestas las gafas de ver ‘lo que hay que ver’, porque en el fondo, uno cuando sale a la calle solo ve lo que quiere o espera ver. Y eso es lo que creo que debe hacer un escritor o un periodista para buscar sus temas: mirar la realidad con la ingenuidad de ese niño”. Cruz incitó a Millás a desvelar al público cómo concibió su última novela, Que nadie duerma, protagonizada por una mujer que recorre Madrid con su taxi vestida como la princesa de la ópera Turandot. “¿Por qué Turandot?”, preguntó Cruz. “A mí, en realidad no me gusta escuchar ópera en casa. En cambio, disfruto cuando la pone mi vecino: sin ese tabique por medio, me pone nervioso la ópera”, contó Millás. Y así una hora. Al público le faltó pedir un bis.

“Las nanas”, había afirmado Sjón durante su conferencia, “son la única expresión artística destinada a dormir al público”. “Todas las demás tratan de mantenerlo despierto”. Málaga 451 fue un buen ejemplo de esto último. Pasada la una de la madrugada, los escritores seguían hablando y el público, escuchando o bailando. A veces, las dos cosas.