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David Foster Wallace era un monstruo

Mary Karr recuerda a su biógrafo que estuvo a punto de matarla

David Foster Wallace en 1997. Ampliar foto
David Foster Wallace en 1997.

Una vez estuve con Harlan Coben en Nueva York. No es algo que todo el mundo sepa pero Harlan Coben compartió habitación en la universidad con David Foster Wallace. Me dijo que Wallace lo envidiaba. “Me envidiaba”, me dijo. ¿Por qué?, quise saber. “Porque yo podía acabar mis novelas. Él no. 'Haces que parezca tan sencillo', me dijo. Yo le dije que si alguien tenía que envidiar a alguien allí ese alguien era yo”. Tiempo después, D. T. Max publicó su famosa biografía de David Foster Wallace, Todas las historias de amor son historias de fantasmas, y me sorprendió no encontrar ni una sola referencia a ese asunto, por otro lado, de lo más evidente en la narrativa del genio posmoderno.

El año 1993, Emmanuel Carrère publicó un ensayo dedicado a Philip K. Dick que, como más tarde confesaría en El Reino, tenía más de autoficción compasiva que de biografía. Pero el mundo creyó que el Philip K. Dick que retrataba era el que fue. Un tipo que veía ojos en el cielo. No el tipo que ingresó a su tercera mujer en un psiquiátrico porque, simplemente, era algo que podía hacerse a principios de los 60. Y aunque luego, como ocurrió, fueses a verla al psiquiátrico y le dijeses que el que debía estar dentro eras tú, nadie moviera un dedo por ella. Anne R. Dick contó en sus memorias todo lo que a Carrère no le pareció conveniente contar. En su caso, el perdón por el descuido está oculto en El Reino, pero ¿qué pasa con Max?

Mientras escribía la biografía de Foster Wallace, Max recibió las cartas que el autor de La broma infinita le envió a Mary Karr pidiéndole perdón. Le pedía perdón por casi haber estado a punto de matarla. Por haber seguido a su hijo de cinco años del colegio a casa. Por intentar comprar una pistola para acabar a su marido cuando aún estaba casada. Le pedía perdón por haber trepado al tejado de casa para asustarla, por haberla llamado sin descanso – cambió el número dos veces, no sirvió de nada – durante meses. ¿Qué hizo Max con todas esas cartas? Las convirtió en un par de frases, francamente terroríficas sí, pero un par de frases: “Una noche, Wallace trató de empujar a Karr desde un coche en marcha. Poco después se enfadó tanto con ella que le tiró la mesa de centro a la cabeza”.

A raíz del caso Junot Díaz, Karr ha vuelto a explotar. Le ha recordado a Max que ese par de frases apenas representan el 2% de todo lo que sufrió. Y al New Yorker cómo miró hacia otro lado entonces cuando no lo ha hecho en el caso de Díaz. “Claro, David era blanco”, se ha dicho, en el tuit que ha puesto en marcha un #metoo dedicado exclusivamente al escritor. Exalumnas, fans, excompañeras de trabajo. Mujeres con las que David se propasó. Me pregunto cómo se escribe una biografía, y con qué intención. Y si el más indicado para hacerlo es la clase de tipo que ni siquiera sabe que te costaba horrores terminar cualquier cosa que empezabas.