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OPINIÓN

Lucha de clases en el Nobel

El poeta y ensayista sueco Göran Greider analiza la grave crisis que vive la Academia Sueca, tras las acusaciones de filtraciones y abusos sexuales, y considera que debería servir para cambiar a los académicos y los estatutos

La poeta sueca y miembro de la Academia que elige el Nobel de Literatura Katarina Frostenson.
La poeta sueca y miembro de la Academia que elige el Nobel de Literatura Katarina Frostenson. AFP/Getty Images

El otoño pasado estuve en el Södra Teatern cuando un gran número de actrices leían testimonios de acosos sexuales de un manifiesto de #MeToo. Fue una especie de teatro social emocionante e indignante al mismo tiempo. Antes de la lectura, en el bar del teatro, la gente se dirigía las acostumbradas miradas ratificadoras del estatus que indicaban el valor de los presentes en la bolsa cultural. Se vislumbraban genios de diferentes sexos. La gente sin estatus permanecía en su rincón.

Llegaron por fin la mismísima Reina y la Princesa heredera y la sensación era que toda la miseria jerárquica —la raíz de los abusos, origen de lo que pronto se iba a testificar desde el escenario— se desarrollaba a pleno rendimiento.

Conclusión: el mundo de la cultura suele ser el peor indicado para comprender y analizar el estatus y las jerarquías en nuestras sociedades ya que muchos de los que trabajan en él parecen estar más obsesionados y dominados por el prestigio que la mayoría de los grupos profesionales. Probablemente es, en gran parte, inevitable. Inseguros puestos de trabajo, nerviosas tendencias artísticas y la falta de instrumentos de medida objetivos de lo que es verdadero arte de calidad… todo refuerza todos esos círculos viciosos. Reina en gran medida el capricho y sobre ello el comercio puro y duro. Por eso nunca habrá justicia en el mundo de la cultura.

Cuando la Academia Sueca se derrumba no tengo fuerzas para sentir alegría por el hecho de que entre en crisis un promotor de estatus no transparente en la esfera de la cultura —sino solo tristeza por el aura que rodeaba lo que, al fin y al cabo, ha sido lo más importante en mi vida, la literatura, los libros— y que empiece a parecerse a un tubo fluorescente al final de su carrera vital: relampaguea, se enciende y se apaga, para finalmente rendirse y morir. Me consuelo pensando que es solo el aura lo que se avería, no la literatura propiamente dicha.

Los académicos que abandonaron la Academia dijeron que lo hacían porque no podían tolerar que una votación en esa corporación cerrada tuviese como resultado que se le permitiese seguir en su sillón a uno de sus miembros. Evidentemente se trataba de Katarina Frostenson. A través de ella y de su marido, Jean-Claude Arnault, han podido filtrarse, presuntamente, datos sobre quién iba a recibir el premio Nobel. Pero lo que es más grave es que ella ha asistido y participado, en una irregular posición de parcialidad, en las decisiones que sobre las aportaciones económicas a la pequeña institución cultural Forum, que dirigía Arnault y de la que la propia Frostenson es propietaria al cincuenta por ciento. El informe que la propia Academia ha encargado a un bufete de abogados independiente llegó a la conclusión de que la Academia debía denunciar ante la policía al Forum. Pero, claro, ello hubiera significado que las sospechas de irregularidades podían dirigirse contra uno de los iconos más importantes de la literatura sueca.

Debería ser una evidencia que el culpable de parcialidad dejara voluntariamente una institución o, directamente, fuese expulsado de ella. Entonces, ¿por qué no votaron todos los académicos la expulsión? Bueno, la Academia tiene para muchos el mismo papel en el mundo de la cultura que la Casa Real tiene para los monárquicos de la nación: Debe ser defendida, a cualquier precio. Está por encima del tiempo. Otra explicación que ofrecen los propios académicos es que consideran que legalmente no es seguro expulsar a alguien sin que haya sentencia de un tribunal. Pero para los ajenos a la institución parece mucho más drástico y aventurado permitir a Frostenson que siga en la institución.

Una tercera explicación puede tener más que ver con este maldita idea del estatus. Durante decenios Frostenson ha sido la poeta más elogiada del país. A través de los años me ha asombrado que no se haya expresado una sola palabra crítica sobre su poesía. El coro de aclamaciones ha sido ensordecedor y caracterizado por un puro comportamiento de rebaño. Todo un sistema literario, con las grandes páginas culturales a la cabeza, ha determinado que la poesía de Frostenson es la norma. Se convirtió en un icono para la visión de la literatura canonizada por la casta literaria más distinguida ya a partir de los años ochenta. Además, varios de sus más importantes valedores tienen asiento en la Academia.

Frostenson ha sido elevada a la categoría de genio femenino en un mundo cultural con fijación por el estatus, definido por genios masculinos y un despolitizado clima cultural ha permitido que eso haya ocurrido. El votar la expulsión de la Academia de un escritor así sería como guillotinar a una monarquía y eso es obviamente difícil. El que la Academia Sueca se encuentre hoy en crisis es excelente y, a la larga , bueno para la literatura sueca. El poder literario e incluso económico (becas y premios) que administra una institución antigua y cerrada con el Rey como máximo valedor se tambalea. Lo más sencillo sería ahora renovar los estatutos, cambiar a todos los académicos y no dejarlos permanecer en sus sillones más tiempo que el que suelen estar los Gobiernos.

Traducción: Francisco J. Uriz.

Göran Greider es poeta, ensayista, polemista , y redactor jefe del periódico socialista e independiente Dala-Demokraten.