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Novillada en Las Ventas

Uno que quiere ser torero

Destacada actuación de Rafael González ante utreros mansos y con movilidad de Pereda

Rafael González da la vuelta al ruedo con la oreja de su primer novillo.
Rafael González da la vuelta al ruedo con la oreja de su primer novillo.

El novillero Rafael González estuvo a punto de abrir la puerta grande de Las Ventas. Cortó una oreja en su primero y dio una vuelta al ruedo -tras petición- en su segundo. Y sí, el joven madrileño, de tan solo 18 años, estuvo bien, pero su actuación no fue, ni de lejos, para salir a hombros. Así que, seguramente, y pese a su más que probable enfado, el presidente Trinidad López-Pastor le habrá hecho un favor al no sacar ese pañuelo de la vergüenza.

De esa catadura fueron las peticiones de oreja del público que asistió a la que se supone es la primera plaza del mundo. Y este fenómeno no es nuevo. Tarde tras tarde, y por culpa de esos espectadores ávidos de trofeos y triunfos fáciles, la plaza de Las Ventas va perdiendo su categoría. Da igual cómo sea la faena y se ejecuten los muletazos; si el torero mete la espada y el toro cae rápido, la masa furibunda alza sus moqueros al aire con pasión. Un peligroso fenómeno que durante la próxima Feria de San Isidro puede convertirse en irreparable.

Pero dejando de lado la asombrosa facilidad de estos públicos modernos, es de justicia reconocer la tarde de Rafael González. No fueron las suyas faenas perfectas ni redondas, pero el chaval dejó claro que quiere ser torero. Cualidades tiene para ello. Una de ellas, quizás la principal, es el temple. Un misterio que sacó a relucir en varios compases de sus respectivos trasteos. Como la primera serie por el pitón derecho que ejecutó frente al tercero. Tras un inicio por pases cambiados por la espalda, González enganchó la embestida del novillo de José Luis Pereda y toreó con hondura y enorme templanza. Desafortunadamente, a partir de ahí le entraron las prisas y el resto de su labor fue más acelerada y superficial. El novillo, manso y a la defensiva en el caballo, como todos sus hermanos, se movió en el último tercio con cierta transmisión, llegando incluso a alcanzar al torero, que se salvó de milagro de la cornada. El susto y el espadazo a la primera fueron decisivos para que hubiera trofeo.

La historia casi se repite en el sexto. De toda la faena, dos series, una por cada lado, fueron para enmarcar. Bien colocado, el joven diestro echó los vuelos de la muleta adelante y corrió y bajó la mano, hasta vaciar los muletazos en la cadera. Con temple, sí, pero sin perder la actitud y la frescura del que emprende los primeros pasos de una larga y dura carrera profesional. Porque cuando uno lo tiene claro y sabe lo que quiere, eso se nota. En los pasos, firmes, y también en el rostro, de ambiciosa expresión. Además, posee Rafael González otra capacidad fundamental: la espada. En sus dos turnos se tiró muy derecho sobre el morrillo y, aunque la colocación de su primera estocada no fue perfecta, la que cobró al segundo intento en el último sí resultó ejemplar.

PEREDA, LA DEHESILLA / JIMÉNEZ, ATIENZA, GONZÁLEZ

Novillos de José Luis Pereda y La Dehesilla (3º y 4º), bien aunque desigualmente presentados, mansos y deslucidos en general, pero con movilidad.

Ángel Jiménez: estocada caída (silencio); pinchazo hondo _aviso_ y dos descabellos (silencio)

Pablo Atienza: pinchazo y media estocada baja y atravesada (silencio); dos pinchazos, bajonazo envainado _aviso_ y un descabello (silencio)

Rafael González: estocada desprendida (oreja); pinchazo y estocada (vuelta al ruedo tras petición de oreja)

Plaza de toros de Las Ventas. Domingo 15 de abril. Más de un cuarto de entrada (7.614 espectadores, según la empresa)

En el cartel también estaban anunciados Ángel Jiménez y Pablo Atienza. Y ambos obtuvieron idéntico balance: silencio. Jiménez, que destacó rodilla en tierra en el inicio de la faena al cuarto, anduvo falto de mando y en ningún momento sometió las embestidas de los dos mansos que le correspondieron en suerte. Dos animales de muy parecido comportamiento que se movieron, pero que fueron a peor y acabaron soltando la cara con violencia. También terminó defendiéndose el segundo, que tras una primera tanda esperanzadora, se paró. Con dignidad y disposición lo trató Pablo Atienza, que frente al noble, blando y soso quinto, se puso pesado y dio muchos pases sin decir nada. Encima, a la hora de matar, se tiró descaradamente a los blandos.

Por cierto, el sexto novillo cumplía los cuatro años este mismo mes. Es decir, por reglamento, podría haberse lidiado perfectamente como toro. Pero es que dos de sus hermanos, tercero y cuarto, los habrían cumplido en mayo. Eso por no hablar del imponente trapío que lució la mayoría, que no se ven, ni como toros, en la mayoría de plazas de segunda, e incluso en alguna de primera. Que tomen nota las llamadas figuras.