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Delacroix al completo en el Louvre

El museo parisiense refleja la totalidad de la trayectoria del pintor en la primera exposición que le dedica en medio siglo y reivindica su producción tardía

'La matanza de Quíos' (1824), deEugène Delacroix.
'La matanza de Quíos' (1824), deEugène Delacroix. RMN-Grand Palais (museo del Louvre)

En el panel que da la bienvenida a la gran muestra que el Museo del Louvre dedica a Eugène Delacroix, aparece una pregunta que pone en duda su propia necesidad. ¿Qué queda por decir de uno de los artistas más aclamados de los últimos siglos, cuyos lienzos figuran entre los más visitados en esta misma pinacoteca, y cuya influencia parece extenderse de Monet a Van Gogh y de Cézanne a Picasso? El director del departamento de pintura del Louvre, Sébastien Allard, da una posible respuesta al inicio del recorrido. “En realidad, a Delacroix lo conocemos de manera fragmentaria. Pasada la primera década de su carrera, cuando realizó los cuadros que le confirieron la gloria, su obra sigue siendo desconocida e incomprendida. Faltaba un relato que diera unidad al conjunto de su producción”, apunta Allard, comisario de una exposición que podrá verse en París hasta el 23 de julio. Es la primera vez que el Louvre le dedica una monográfica desde 1963. En otoño, la muestra viajará al Metropolitan de Nueva York, aunque en versión reducida: solo algo más de la mitad de las 200 obras presentadas en la capital francesa cambiarán de orilla.

La segunda sala de la muestra concentra, en pocos metros cuadrados, todos los cuadros que convirtieron a Delacroix en un artista famoso. Por ejemplo, gigantescos formatos como La barca de Dante, La matanza de Quíos y, en especial, La libertad guiando al pueblo, fresco sobre la Revolución de 1830 que pintó solo unos meses después de que se produjeran los hechos, vinculando la actualidad política a la pintura histórica. Los tres cuadros fueron comprados por el Estado, sediento de nuevos talentos tras el final del Imperio napoleónico. “Durante los primeros años de la Restauración, de manera paradójica, se tomaron más riesgos que bajo el Imperio. Los museos franceses se quedaron sin los cuadros expropiados durante las campañas del ejército. Y ese hueco se llenó con el arte contemporáneo”, explica Allard.

Delacroix se impone entonces como jefe de filas de la nueva pintura francesa, puesto vacante tras la muerte prematura de Géricault y el exilio de Jacques-Louis David. En cada Salón oficial, el joven pintor divide a la crítica. En algunos casos, se escandaliza, como con el suicidio orgiástico de La muerte de Sardanápolo y sus enfáticas descripciones de objetos, telas, alhajas y cuerpos mestizos. El pintor Gros llegará a denunciar “la masacre de la pintura” que encierran sus colores carnales y exuberantes claroscuros. En cambio, el crítico Baudelaire, su mayor admirador, lo tildará de “excelente dibujante, prodigioso colorista y compositor ardiente”, capaz de producir “una mezcla admirable de solidez filosófica, ligereza espiritual y entusiasmo ardiente”. Delacroix se convierte en una estrella. “La estrategia de la provocación funciona. En ese sentido, es un pintor muy moderno: entiende que es la opinión pública la que determina la reputación de un artista”, apunta Allard. Provocador y dandi, Delacroix encarna al pintor romántico por excelencia. “Si entendemos por romanticismo la libre manifestación de las impresiones personales y la repugnancia por las recetas académicas, entonces debo confesar que no solo soy romántico, sino que ya lo era a los 15 años”, dejará dicho.

Lo más interesante empieza a media exposición, especialmente centrada en la segunda mitad de su trayectoria, todavía mal conocida. En el apogeo de su gloria, Delacroix hace borrón y cuenta nueva. Se pone a pintar composiciones florales tan tétricas que no encontraron comprador —y a las que incluso Baudelaire tildó de “cuadros de comedor”—, duelos ecuestres que parecen traducir sus tumultos interiores, pinturas religiosas repletas de figuras patéticas y cuadros a medio camino entre la realidad histórica y la ficción de la literatura más culta, denostados por el público de su tiempo. Elevado a la categoría de genio mucho antes de morir, Delacroix se pasó el resto de su vida haciendo lo contrario de lo que se esperaba de él. “El único gran pintor con un recorrido similar sería Picasso”, opina Allard. “Delacroix adopta la vía experimental y reafirma su singularidad y su originalidad, confiando en la fuerza expresiva de su pintura”. El propio pintor lo resumiría diciendo que su misión consistía en enfrentarse a “la infernal comodidad que proporciona la brocha”.

“La fría exactitud no es arte”

En su etapa madura, el artista desdeñó la nueva moda surgida de la mano de una nueva generación de pintores realistas, a los que encabezó Courbet, a quien Delacrroix llegó a acusar de crear obras “vulgares e inútiles”. De Millet tampoco tuvo mejor opinión: “Forma parte de esa pléyade de artistas barbudos que participaron en la Revolución de 1848, creyendo que habría una igualdad de talento igual que existe una igualdad de fortunas”. Para Delacroix, copiar la realidad no servía estrictamente de nada. “Todo el mundo visible es solo un almacén de imágenes y signos a los que la imaginación concede un lugar y un valor relativos. Es una especie de alimento que uno debe digerir y luego transformar”, reza otra de las frases de su diario. “La fría exactitud no es arte. El ingenioso artificio es el arte en su conjunto”.