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Muere el director de orquesta Jesús López Cobos a los 78 años en Berlín

El maestro, que ha fallecido a consecuencia de un cáncer, figura entre los grandes de la historia de la dirección en España

Jesus Lopez Cobos
El director de orquesta Jesús López Cobos en 2011. EFE

Como buen castellano leonés, nacido en Toro (Zamora) en 1940, no andaba por la vida con paños calientes. Pero sí era capaz de extraer toda la sutileza a Mozart, el temperamento a Beethoven, la ligereza a Rossini o la contundencia a Brahms. Jesús López Cobos fue un director todo terreno. Una de las contundentes excepciones dentro de una generación digna de músicos nacidos en plena posguerra, que como heredera del mejor Ataúlfo Argenta, hizo mundo. Murió la pasada madrugada con 78 años en Berlín, donde residía, víctima de un cáncer.

Mantuvo una relación extraña con su país de origen. Su nivel de exigencia casaba mal con la cansina muralla administrativa y con ciertos desencuentros en los despachos. Su espíritu crítico se afianzó como alumno de Filosofía y Letras en los años sesenta, cuando se licenció en la Complutense. Pero decidió entregarse a la música y formarse como director junto a maestros como Franco Ferrara y Hans Swarowski, aparte de estudiar composición.

Despuntó antes fuera que en España. Dirigió la Ópera de Berlín entre 1981 y 1990, pero entremedias se llevó la primera experiencia amarga con un cargo en Madrid. Fue con la Orquesta Nacional, donde aguantó cuatro años (de 1984 a 1988) antes de autoexiliarse de nuevo a la Sinfónica de Cincinnati y a la Orquesta de Cámara de Lausana, en Suiza. De aquella relación traumática salieron ambos heridos. López Cobos se resistía a volver —llegó incluso a afirmar que nunca más lo haría como responsable de nada— y la orquesta anduvo huérfana casi más de una década, con el paréntesis de tres años que quedó en manos de Aldo Ceccato, antes de que finalmente la curara Josep Pons.

López Cobos prosiguió su carrera internacional hasta que de nuevo lo sedujo un proyecto en la capital de España. Recuperado de su trauma en la Nacional —a la que siguió acudiendo años después— fue seducido por los responsables de un casi recién resucitado Teatro Real. Lo vio con reservas, pero accedió a sustituir en el foso a su colega Luis Antonio García Navarro. Quería que la institución fuera dotada de cuerpos estables —orquesta y coro— pero, para eso, el teatro debía resolver la situación de frágil interinidad que mantenía con la Sinfónica de Madrid, poco menos que realquilada, y hacerla pasar a otro estado de residente perpetua.

Entró a formar parte del equipo que integraban Inés Argüelles, como directora general, Emilio Sagi, responsable artístico, y él, como musical. Fue el tercer cuadro directivo en tres años, desde que se reabriera el teatro en 1997. Nada hacía prometer un largo plazo. Pero se mantuvo siete temporadas en el cargo, entre 2003 y 2010.

Le gustaba decir que en la nave comandaba una capitana, a la que seguían el primer oficial (Sagi) y un jefe de máquinas, en referencia a sí mismo. Le tocó conformar una orquesta que en buena parte es lo que suena hoy dentro del foso. Pero rompió su relación de manera poco amistosa con la institución tras la llegada de Gerard Mortier. Y volvió a vivirlo con amargura.

Su trabajo se centró en proporcionar flexibilidad a una orquesta poco entrenada entonces en el repertorio operístico. López Cobos dominaba varios palos —de Rossini a Richard Strauss, sobre todo los grandes del cartel tanto alemanes como italianos— aunque se había apartado una temporada del género. Lo recuperó con vigor y en ese periodo vivió grandes noches y catapultó a grandes estrellas emergentes. No sólo entre las voces, también como director sinfónico, apoyó a jóvenes intérpretes.

Tras su salida de Madrid, de nuevo poco amistosa, fue regresando a su país para afrontar alguna hazaña más, como dirigir las nueve sinfonías de Beethoven en el Auditorio Nacional o figurar como principal director invitado de la Orquesta Sinfónica de Galicia. El camino de reconocimientos entre sus compatriotas había empezado pronto con un Premio Príncipe de Asturias en 1981, cuando era relativamente joven y contaba 41 años. A partir de entonces, quedó marcado por encuentros y desencuentros. Pero no hay duda de que López Cobos figura entre los grandes de la historia de la dirección en España.

Tristeza entre sus colegas

La noticia de la desaparición de Jesús López Cobos ha afligido al mundo de la música. Pero, ante todo, a los colegas de la generación posterior que vieron en él un faro. Juanjo Mena, desde Oslo, recordaba ayer para EL PAÍS como de sorpresa se presentó en su debut en la Filarmónica de Berlín: “Sin avisar, elegante, dando apoyos y consejos sin condiciones a cualquier colega. Nos toca coger su testigo y con rigor seguir labrando el camino de los directores españoles”. Lo mismo cree Josep Pons, amigo suyo, sucesor en la Orquesta Nacional y responsable musical de Liceu: “El dolor de la música española es inmenso. Ha sido un gran director y un caballero. Deja un listón muy alto como intérprete y como persona. Se le apreció en la Deutsche Oper de Berlín y en Cincinnati más que en su país, donde se quejaba que se le trató peor”. Gustavo Gimeno, responsable de la Filarmónica de Luxemburgo y el más joven de los tres citados también reaccionó: “Un gran referente. Buena persona, culto, inteligente, muy honesto. Uno de los grandes en la historia de nuestro país. Abrió puertas a las nuevas generaciones de directores españoles”.

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