crítica | EL INSTANTE MÁS OSCURO
Columna
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El regreso de papá Brexit

El hombre que solo pudo prometer sangre, sudor y lágrimas no es una mera figura histórica

Un sombrero Homburg abandonado en el Parlamento, un huevo frito sobre una sartén y un vaso rellenándose de whisky en plena mañana preceden a la primera imagen fugaz del rostro de Winston Churchill, iluminado por la llama que enciende un puro casi en el instante mismo del despertar. Una buena manera de decir que el hombre que solo pudo prometer sangre, sudor y lágrimas no es una mera figura histórica, ni un simple personaje cinematográfico en el interior de su propio biopic (parcial), sino un icono cuya invocación/activación necesita ser debidamente ritualizada para poner de nuevo en marcha la maquinaria de ese cine Brexit que, en menos de un año, ha recurrido ya cuatro veces –Dunkerque, Su mejor historia, Churchill y, ahora, la película de Joe Wright– al mismo periodo histórico para forjar una nueva mitología de la autoestima nacional.

Una comparación entre la reciente película de Jonathan Teplitzky y la de Wright permite comprobar con qué velocidad se consolidan una serie de lugares comunes en torno a un tema dado: una película sobre el célebre mandatario debe tener a) un actor que se deje la piel en el papel principal (aquí Oldman se entrega tanto como lo hizo Brian Cox, pero plasma mejor que éste la fragilidad del personaje), b) una escena en la que el volcánico temperamento del protagonista entra en erupción ante la vulnerabilidad de una joven secretaria, c) otra escena donde es esa secretaria quien logra que el energúmeno se humanice, desvelándole el precio afectivo y humano de la contienda, d) una conversación preclimática con el monarca, en la que dos fuerzas antagónicas se reconocen como imágenes en el espejo y e) un clímax en forma de discurso (aquí son tres, enlazados).

El instante más oscuro aporta, al límite de lo sonrojante, una escena donde un Churchill sin camuflaje vive su particular momento Enrique V en el metro de Londres. Mientras Wright no para de emitir señales de Gran Autor que no son más que gestos de formalismo vacuo en plano cenital, Oldman intenta buscar una cierta verdad bajo las capas de maquillaje. Y la encuentra.

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