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El gran teatro de Father John Misty

El nuevo gran ídolo del género ‘americana’ enamora con un cancionero al que no se le intuye edad

Father John Misty, en su concierto en Madrid, ayer domingo.
Father John Misty, en su concierto en Madrid, ayer domingo.

Esta vez daremos por válido, y no se repetirá, el barbarismo: lo de Father John Misty no es solo un concierto, sino un show en toda regla, un espectáculo incontenible desde el momento mismo en que ayer, domingo, se apagaron las luces en la sala La Riviera. Todo contribuye a la causa integral de la emoción. La solemnidad con la que nuestro hombre emerge desde el fondo del escenario y avanza hacia el foco central. Su dominio del tempo y, en general, de la escena, del rock como ese gran teatro que nunca debería dejar de ser. Su porte imponente: alto, apuesto, elegantón, sabedor de que sus movimientos son generadores de suspiros, aullidos y algún que otro amago de desmayo. Y ese repertorio colosal y ajeno a su tiempo, el cancionero de un mocetón de 36 años que merecería haber vivido los mejores años setenta en la Costa Oeste.

Ha reducido Josh Tillman las dosis de énfasis y manierismo con que solía aderezar sus comparecencias. Parece querernos decir: ahora que os habéis quedado con mi nombre, mis barbas y media melena, prestadme atención. Y la merece. Toda. Por el dinamismo de unas piezas que crecían y echaban el freno con pauta impredecible, sinuosas como el camino de una serpiente. Y, claro, por la voz. Esa voz. Cálida, timbrada, arrebatadora y con un color irresistible cuando toma rumbo ascendente y estalla en agudos y falsetes.

Tardó el de Rockville ocho canciones en plantar la rodilla en tierra, ese gesto suyo melodramático que se ha vuelto tan característico. Fue a mitad de la estupenda Thirsy Crow cuando lanzó la guitarra a un asistente y dio rienda suelta a sus paseos de fiera herida, a los espasmos, a los movimientos de un cable del micrófono que se convierte en látigo o soga. Pero no abundaron tales estallidos de expresión corporal. Ya había bastante ardor, por sí mismo, desde la inaugural Pure Comedy, tema titular del reciente y excepcional tercer disco de esta nueva etapa brumosa.

Porque Father John, los más fieles lo recordarán, era un chico esencial y melancólico. Firmaba como J. Tillman, parecía un Nick Drake de la otra orilla atlántica y parecía abonado a las portadas en blanco negro y con grano grueso. Pero Joshua quiso ejercer a partir de Fear Fun (2012) como el gran revulsivo del género americana, y a fe que hoy se erige en uno de sus mayores apóstoles. Salvo algunas tenues salidas de guion (esos teclados traviesos y ostentosos para True Affection, el pulso blues de I’m Writing a Novel), Tillman se centró en su paradigma de fabulador, en ese cronista seductor y vitriólico que derrite todo el arsenal amoroso para la fabulosa When You're Smiling and Astride Me y se carcajea en las barbas del patrioterismo con Bored in the USA.

Es difícil no acordarse de Nilsson, Kenny Loggins, Stephen Bishop y, sobre todo, John David Souther, todos barbudos ilustres de cuatro décadas atrás, cuando Misty se nos plantifica ante nuestros ojos. Pero Joshua Michael Tillman ha sido capaz de dar un paso más allá. Él, además de cantautor fabuloso, es un perfecto comediante. Por eso el gran teatro final de The Ideal Husband, ante una sala a rebosar y exhausta tras 100 minutos, quedará por largos años en nuestras retinas.