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Una película agradable (¿hay quien dé más?)

LA GRAN ENFERMEDAD DEL AMOR

Dirección: Michael Showalter.

Intérpretes: Kumail Nanjiani, Zoe Kazan, Holly Hunter, Ray Romano.

Género: comedia. EE UU, 2017.

Duración: 120 minutos.

Cuando era un niño razonablemente feliz y después un adolescente lógicamente problemático, hacía interminables y enfermizas listas sobre las cosas que amaba y que detestaba. Ignoro con qué propósito, ya que la memoria además de sentimental y volcánica era entonces prodigiosa, no hacía falta grabar en páginas lo que te afirmaba en la vida o la hacía muy complicada. Escribía el título y la valoración de las películas que veía, también de la música que me alimentaba el alma y de los libros que descubría. Jamás de los seres humanos que condicionaban mi vida, la hacían odiosa, habitable o gozosa. Siempre maximalista, qué desgracia. No sé qué fue de dietario tan apasionado e inocente.

Renuncié desde hace infinito tiempo a esas listas privadas, a esa intimidad con las cosas que amabas, y, por supuesto, hace muchos años que no contesto en revistas especializadas, periódicos, radios, televisiones, Internet, a esas listas anuales sobre tus películas favoritas del cine español y extranjero. ¿A quién le importa?, que diría una canción memorable de aquella cosa tan liviana e impostada denominada movida madrileña, solo legendaria para los que vivían de eso y los políticos o burócratas enrollados que las financiaban con progresista mecenazgo.

Lo anterior obedece a mis masturbaciones mentales. Pero me planteo eso tan infantil de las listas de predilecciones, cuando repaso la cantidad de horas olvidables en el mejor de los casos, irritantes tantas veces, que he consumido en la sala oscura durante este año. Las únicas películas que me han provocado algo que merezca la pena son tres foráneas tituladas Dunquerque, Su mejor historia y Lumière! Comienza la aventura y una nativa, El autor. Y no es normal. Incluso en las peores cosechas del pasado había más cosas a las que podías engancharte mínimamente. Ahora, las únicas ilusiones, tal vez baldías, es lo que hayan realizado los mejores autores para series de televisión. Estoy hablando de David Fincher, David Simon, Paolo Sorrentino, Woody Allen, Martin Scorsese, ofreciendo su inmenso talento a esa cosa ancestral y razonablemente despreciada llamada televisión.

Y pleno de hastío con el cine y desolada resignación con la existencia, veo una comedia romántica (convendría revisitar el significado de comedia romántica) que me entretiene ligeramente. Viene con el aval del festival de Sundance (casi siempre preventivo para mí), del cine independiente (¿independiente de quién, de qué?), pero a pesar de ello posee cierta espontaneidad, cierta frescura, cierta pureza, cierta gracia.

Mama, como todos, listos y tontos, de Woody Allen. Cuenta los infinitos equívocos, encuentros y desencuentros, entre un humorista y taxista con familia paquistaní, que le exige una esposa de su país, y una psicóloga divorciada con padres liberales que no admite lógicamente su dependencia de los rituales y de los principios que le pide su familia. Y no me ocurre nada malo por estar un par de horas en esta grata compañía. No es mucho, pero menos es nada.

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