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Un Nobel encerrado en casa

Fernando Delgado retrata el exilio interior de Vicente Aleixandre en ‘Mirador de Velintonia’

Vicente Aleixandre en 1977, el día en que se le concedió el Premio Nobel.
Vicente Aleixandre en 1977, el día en que se le concedió el Premio Nobel. EL PAÍS

La poesía española del siglo XX ha tenido muchos maestros literarios y un gran maestro vital. Si Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez estuvieron entre los primeros, el segundo fue, sin duda, Vicente Aleixandre (1898-1984). Todas las generaciones de la posguerra tuvieron en el autor de Espadas como labios un referente y un confidente. Igual que para sus viejos amigos del 27, para jóvenes como Claudio Rodríguez, Francisco Brines, Antonio Colinas o Pere Gimferrer, su vivienda de la madrileña calle Velintonia se convirtió en la casa de la poesía. A ella llegó en otoño de 1977 la noticia de que su inquilino había ganado el Nobel de Literatura. Eternamente frágil de salud —en 1932 perdió un riñón a raíz de una nefritis tuberculosa—, el poeta no pudo acudir a Estocolmo. El galardón lo recogió el escritor canario Jorge Justo Padrón.

Cinco años después de recibir el premio, Aleixandre se sobrepuso a la aversión a las entrevistas y accedió a hablar para este periódico con su amigo Fernando Delgado (Santa Cruz de Tenerife, 1947). “El Nobel que yo he recibido es el dolor y el sufrimiento”, le dijo. Cuarenta años después de aquel galardón, Delgado publica Mirador de Velintonia (Fundación José Manuel Lara), que dedica tantas páginas a la relación de su autor con escritores del exilio y del interior como Rafael Alberti, Max Aub, Francisco Ayala, Ángel González o Pablo García Baena pero cuyo hilo conductor es la casa y la memoria de Vicente Aleixandre.

“La llegada de mi primer libro está ligada del modo más definitivo a esta casa”, recordaba este. “El libro que a mí me ha producido una mayor satisfacción ha sido Ámbito”. Pese a su apego a los poemas “puros” con los que se estrenó en 1928, Aleixandre se convirtió pronto en uno de los grandes surrealistas españoles. Él lo negaba: “Yo no me considero un poeta surrealista. El surrealismo lleva entre sus dogmas el de la composición onírica”. No era, insiste, su caso: “Yo nunca lo reconocí: sabía que era imposible toda obra sin una conciencia filtradora”. Al irracionalismo literario le siguió la sinrazón política de la Guerra Civil. Condenado por la enfermedad a quedarse en España Aleixandre se resignó a atravesar una larga posguerra. “Yo estaba absolutamente excluido”, cuenta. “No se puede decir que olvidado, porque la juventud que representaba algo estuvo conmigo y me sentí en la soledad de mi casa siempre acompañado”. No faltaron íntimos asiduos como Carlos Bousoño o Vicente Molina Foix, ni devotos visitantes llegados de Barcelona como Jaime Gil de Biedma. Delgado retrata a este último como alguien que, pese a su fama de “arbitrario y despiadado”, parecía “salvarse del desasosiego por medio del simulacro”.

Cuando el periodista le pide a su anfitrión que imagine un banquete con amigos vivos y muertos. Aleixandre, que se resiste, termina recordando con emoción a Lorca —“La persona más fascinante que he conocido nunca”— y a Miguel Hernández, “un ser alegre con fondo dramático, un hermano joven”. Otra presencia constante en su conversación era Dámaso Alonso, el amigo que le condujo a la poesía cuando ambos eran dos veinteañeros. “Muchas veces”, apunta Fernando Delgado, “he pensado si de llegar a tener Dámaso el conocimiento de cierta intimidad de Vicente, habría mantenido aquel homófobo la intensa amistad ininterrumpida que los acompañó a lo largo de sus vidas”.

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Autor: Fernando Delgado.

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