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La huella indeleble del crimen rural

El documental Casting JonBenet se adentra en la larga sombra que cubre a los pueblos donde se perpetró un macabro asesinato

Miguel Ricart, condenado por el crimen de Alcàsser.
Miguel Ricart, condenado por el crimen de Alcàsser. EFE

Cuando se busca un pueblo en Google, el primer resultado suele ser la página de Wikipedia del lugar, pero en el caso de Puerto Hurraco es el segundo. El primero es una entrada titulada ‘Masacre de Puerto Hurraco’. Quien quiera saber algo más de esta localidad extremeña, en la pacífica y hermosa comarca de La Serena, lo va a tener difícil. Si acude al apartado Historia, de la entrada Puerto Hurraco, no encontrará ni un solo dato que no se refiera a los crímenes de agosto de 1990 perpetrados por los hermanos Antonio y Emilio Izquierdo, cuando salieron de casa armados con escopetas y asesinaron a nueve vecinos que estaban tomando el fresco. Aparte de eso, no hay ni una referencia al año de fundación del lugar, ni a otros sucesos históricos. Nada.

Puerto Hurraco es igual a crimen. Peor lo tiene Alcàsser. La función de autocompletado de Google añade por su cuenta “crimen de Estado” cuando se teclea el nombre del pueblo, que ni siquiera tiene una entrada en Wikipedia en la primera página de resultados. En cambio, los algoritmos sí destacan mucho la titulada ‘Crimen de Alcácer’, donde se da cuenta muy prolija del secuestro y asesinato de Miriam, Toñi y Desirée, cuyos cuerpos aparecieron semienterrados en una fosa en enero de 1993.

Han pasado 27 y 24 años, respectivamente. Hay vecinos adultos de ambos sitios que no habían nacido entonces, pero también ellos viven en el presente de la tragedia, como si el tiempo se hubiera parado.

La estación de cercanías de Atocha, en Madrid, fue escenario en 2004 de la mayor matanza de la historia de España en tiempos de paz. Sin embargo, quien busque Atocha en Google no encontrará alusiones a ella en las primeras páginas de resultados, y la detalladísima y larga página de Wikipedia dedicada a la historia de la estación solo habla del 11-M de pasada en una línea. Los más de 200.000 viajeros diarios que pasan por ahí sepultan la memoria criminal a pesar de los recordatorios perennes en forma de monumentos: nadie o casi nadie espera la llegada de su tren mientras piensa en los atentados. No hay morbo ni escalofríos colectivos. Muy cerca de allí, en la calle de Atocha, una placa y una escultura recuerdan la matanza de los abogados laboralistas de 1977, hito que conmocionó al país. Es grande y llamativa no perturba ni un poco el ajetreo cotidiano de esa esquina madrileña.

Imagen del entierro en Puerto Hurraco en 1990. 
Imagen del entierro en Puerto Hurraco en 1990.  efe

Es la maldición de los crímenes rurales: su recuerdo pringa los topónimos, las calles y las casas. Pueblo y muerte se funden en el imaginario colectivo durante generaciones, mientras la gran ciudad absorbe la memoria de sus propios traumas en cuestión de meses. Esta persistencia contra el olvido propia de las comunidades pequeñas, incapaces de levantar mitologías alternativas, inspira ficciones y relatos de todo tipo. Uno de los últimos es el muy desasosegante documental Casting JonBenet, presentado en el último Festival de Sundance y producido por Netflix.

La película relata el asesinato sin resolver de una niña de seis años, reina infantil de la belleza, en Boulder, un pueblo de Colorado, en 1996, que provocó una agitación en Estados Unidos parecida a la que causó el crimen de las niñas de Alcàsser en España en 1992, con teorías conspiranoicas, programas de la tele volcados en el caso y sobreexposición mediática de los padres de la víctima, que llegaron a escribir libros sobre la experiencia (sin estar ellos mismos libres de sospechas). La originalidad de Casting JonBenet consiste en que presenta la historia a través de las pruebas de casting a las que se presentan actores aficionados del pueblo para interpretar el dramatis personae del crimen. Los aspirantes a los papeles comparten sus hipótesis, sus recuerdos y sus prejuicios, y todos juntos transmiten una certeza: 20 años después, la muerte de aquella niña sigue ocupando el centro de la memoria. Las pasiones y desencuentros que provocaba en 1996 se conservan igual de inflamados.

No hay ningún experimento cinematográfico ni tibiamente parecido en España, donde se ha tratado la huella de los crímenes rurales, siempre bajo la etiqueta ominosa de la España negra, desde las convenciones del drama y la tragedia. Incluso cuando cineastas originales y esteticistas se han acercado a alguno de ellos, como Carlos Saura con Puerto Hurraco, han adoptado enfoques convencionales que replican los lugares comunes sobre la brutalidad y el atraso.

En el caso del pueblo de Badajoz, había una carga simbólica y política inevitable: los hechos sucedieron cuando el país estaba inmerso en la preparación de los Juegos Olímpicos de Barcelona, fiesta mayúscula de la modernidad española. Los disparos de los hermanos Izquierdo parecían la vieja España emergiendo del pozo donde el resto del país la había tirado. Pero en El séptimo día, de Saura (con guion de Ray Loriga), es más reveladora la intrahistoria del rodaje que la cinta en sí: el equipo tuvo que buscar localizaciones en pueblos de Castilla y León debido a la gran hostilidad que el proyecto despertaba en Extremadura, donde el entonces presidente, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, presionó para boicotear el filme, aduciendo que podía perjudicar al turismo.

“Puerto Hurraco quiere olvidar” es un titular recurrente, también en el archivo de este periódico, cada vez que un aniversario o cualquier otra excusa propicia un nuevo reportaje sobre la huella de aquel crimen, pero el olvido es lento y nada se puede hacer para acelerarlo. Ya casi nadie recuerda el crimen sin resolver de Los Galindos, en Sevilla, de 1975, y otros se difuminan entre aires de Lorca, que marcó en su teatro el estándar, el aroma y el tono por el que se miden todas las matanzas rurales en España. Hay incluso pueblos que, tras décadas de olvido obligado, hacen de su tragedia histórica el núcleo de su identidad: Casas Viejas, en Cádiz, dejó de llamarse así para figurar en todos los papeles como Benalup de Sidonia, tras la matanza que le hizo famoso en 1933 y que provocó la primera gran crisis del Gobierno republicano. En 1998 el pueblo pasó a llamarse Benalup-Casas Viejas. Claro que aquella masacre fue política, pero la relación con el estigma, la memoria y los hilos familiares que unen a muchos vecinos con la violencia y sus consecuencias son tan fuertes y dolorosos como en cualquier crimen.

Sergio del Molino es escritor. Su último libro es ‘La mirada de los peces’ (Literatura Ramdon House).

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