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Las cuatro batallas danesas

A diferencia de los acercamientos españoles al género, la película resulta más reflexiva

Poco a poco determinados países no acostumbrados al bélico se van acercando al género, seguramente guiados por la cercanía de la presencia de sus tropas en las llamadas misiones de paz en el extranjero, ya sean de imposición o de consolidación. Una nueva forma de conflicto que, sin dejar de perpetuarse como un estado de guerra, también adquiere tintes de canalización de ayuda humanitaria, como improbables ONG formadas por soldados.

A WAR (UNA GUERRA)

Dirección: Tobias Lindholm.

Intérpretes: Claus M. Pedersen, Maria Pedersen, Martin R. Olsen, Najib Bisma.

Género: drama bélico. Dinamarca, 2015.

Duración: 115 minutos.

Lo ha hecho el cine español con películas recientes como Zona hostil, y lo está haciendo el cine danés, que ya legó la fundamental Hermanos (Susanne Bier, 2004), a la que ahora se suma A War (Una guerra), ambas ambientadas en Afganistán... y en Dinamarca, porque los conflictos no solo los sufren los que parten hacia territorio enfrentado; también los familiares que se quedan.

En este sentido la película de Tobias Lindholm, por mucho que se titule con guarismo unitario, abarca cuatro guerras distintas. Primera, la de los soldados daneses en Afganistán, cuyo principal objetivo, además de la consolidación de la paz y del país, es mantenerse vivos. Segunda, la de la esposa del comandante protagonista, en la soledad de la crianza de sus pequeños hijos, uno de ellos en peligro por ciertos desvaríos de conducta, cuyo principal objetivo es mantener vivos a los críos. Tercera, la guerra judicial librada por el soldado y su abogado, frente a la fiscal y los jueces, tras un incidente bélico con consecuencias trágicas. Y cuarta, esencial, y en cierto modo la más difícil de librar, la guerra del soldado consigo mismo, moral, mental, entre su cabeza, su corazón y sus tripas, consecuencia de un error fatal, y que seguramente será perpetua, sin posibilidad de pacificación.

Las cuatro guerras de Lindholm se desarrollan con notable convicción y trascendencia, a través de ágil una puesta en escena con cámara en mano que, en todo momento, está presidida por la sutileza, el pudor y la mesura. Y, pese a sus puntuales secuencias de acción, y a diferencia de los acercamientos españoles al género, quizá más comerciales, la película resulta más reflexiva, más íntima, y con un mayor poso de complejidad moral.