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Muere John Ashbery: la voz de América

Fallece el gran poeta estadounidense a los 90 años. Representaba lo mejor de su país, había heredado de Walt Whitman la capacidad de hablar y agitar la conciencia de la gente de la calle

John Ashbery
El poeta John Ashbery, en su apartamento de Nueva York en 2008. AP

John Ashbery, uno de los poetas norteamericanos más importantes de nuestro tiempo, falleció ayer a los 90 años de causas naturales en la localidad de Hudson, Nueva York. “La principal preocupación del poeta”, escribió en La vanguardia invisible,breve ensayo de 1972 en el que formulaba, de manera elusiva, sus ideas acerca de la creación verbal, “es dar vida a la obra de arte de tal manera que resulte imposible intentar explicarla”. Su relación con el lector respondía a ese planteamiento: propiciaba un acercamiento que iba más allá de lo racional. Como en el arte abstracto, del que sus versos eran una refracción, como en la música concreta, todo comenzaba en un plano puramente sensorial del que se saltaba imperceptiblemente a lo emocional; la comprensión, si es que llegaba, lo hacía después. Él mismo no tenía una idea muy precisa de adónde le podía llevar su imaginación cuando empezaba a componer. Las imágenes le llegaban sin que supiera bien de dónde procedían. Su actitud hacia el objeto poético era la misma que la de Czeslaw Milosz quien, cuando le preguntaron cómo nacía un poema respondió: “Yo no lo sé, me viene dado”. Y cuando le insistieron, apremiándole: “¿Por quién?” se limitó a decir: “No lo sé. No tengo un nombre para eso”.

Bibliografía

Autorretrato en espejo convexo (Visor, 1990).

Galeones de abril (Visor, 1994).

Diagrama de flujo (Cátedra, 1994).

El doble sueño de la primavera (Visor, 2009).

Pirografía (Visor, 2003).

Una ola (Lumen, 2003).

Por dónde vagaré (Lumen, 2006).

Un nido de bobos (Elipsis ediciones, 2007).

Un país mundano (Lumen, 2009).

El juramento de la pista de frontón (Calambur, 2010).

Otras tradiciones (Vaso roto, 2014).

Pasaje techado (Visor, 2016).

Las palabras introductorias de una entrevista que concedió a este diario en 2004 con motivo de la traducción al español de Pirografías, antología mayor de sus poemas, cobran hoy un valor inusitado: “Considerado el más grande poeta vivo de su país, John Ashbery representa lo mejor de una América que, en los enrarecidos tiempos que corren, resulta fácil perder de vista: la América democrática, fundada sobre una fe inquebrantable en las libertades cívicas e individuales. No en vano, su verbo formidable hunde directamente sus raíces en el legado de Walt Whitman, el cantor de las multitudes que supo dar cabida en su poesía a la totalidad de lo real”. John Ashbery era un poeta esencialmente elusivo y misterioso, pero que había heredado de su más remoto maestro, Walt Whitman, la capacidad para hablar directamente a la gente de la calle, sacudiendo gozosamente sus incertidumbres y logrando una inmediata comunicación celebratoria con quien se acercaba a él. Autor de más de treinta poemarios, su libro más revolucionario, Autorretrato en un espejo convexo (1975, el título procede del de un cuadro de Parmigianino), obtuvo los tres premios más prestigiosos de Estados Unidos, el Pulitzer, el de la Crítica, y el Nacional del Libro. Paul Auster, que siempre le profesó una admiración sin límites, explicó así el enigmático poder de su palabra: “Pocos poetas poseen hoy día su misteriosa habilidad para socavar nuestras certidumbres, para articular tan plenamente las zonas más ambiguas de nuestra conciencia”. Muchos años antes, cuando Ashbery era un perfecto desconocido y cayó en manos de W. H. Auden el manuscrito de Unos árboles, su primer libro, el poeta angloamericano tuvo una curiosa reacción a dos tiempos. Primero afirmó no haber entendido una sola palabra. Tras dejarse llevar por lo que se le escapaba, se sumergió en el texto sin poner trabas y al concluir celebró el hallazgo declarando: “Solo es merecedor del título de poeta quien sepa regresar a las regiones de lo sagrado. [. . .]De Rimbaud a Ashbery la imaginación sigue aferrada a los valores de lo mágico”. Coronando la opinión de los mejores conocedores de la poesía estadounidense de nuestro tiempo, Harold Bloom, que consideraba que Ashbery era el mejor poeta de su generación, escribió en una ocasión: “Hoy día no hay ningún poeta en lengua inglesa que tenga más posibilidades que Ashbery de sobrevivir el severo juicio del tiempo. Está destinado a formar parte de la insigne estela de poetas que incluye a Walt Whitman, Emily Dickinson, Wallace Stevens y Hart Crane”.

John Ashbery nació en Rochester, Nueva York, en 1927, y repartía su tiempo entre su apartamento del barrio neoyorquino de Chelsea y una vivienda a orillas del Hudson, lugares en los que compartía sus días con su esposo, David Kermani. Se crió en una granja rodeada de manzanos, donde su mayor fascinación era ver nevar, motivo que cristalizó en la composición de su primer poema, a los ocho años. Desde entonces, lanzó sus versos al vacío sin saber dónde podían caer. Uno de ellos, Saliendo de la estación de Atocha, acabó siendo el título de la primera novela de Ben Lerner. La música, el arte abstracto, el lenguaje de la naturaleza y el habla impersonal, que pertenece a todos, con sus clichés y frases hechas, eran los ingredientes esenciales de su poesía. Pero también lo era su contrario: el reverso del ruido, la música y la palabra, es decir el silencio. Para Ashbery, no había mejor definición de poesía que la que formuló John Cage: “No tengo nada que decir y lo estoy diciendo y eso es poesía”.

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