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¿Hasta dónde puede llegar una fotografía?

El festival Visa pour l’Image arranca en Perpiñán con una reflexión sobre los límites del fotoperiodismo

Dos niños ven a las fuerzas iraquíes entrar en el patio de su casa, en Mosul, el 2 de noviembre de 2016.
Dos niños ven a las fuerzas iraquíes entrar en el patio de su casa, en Mosul, el 2 de noviembre de 2016.

El reporterismo se reúne en cónclave. Visa pour l’Image, principal festival de fotoperiodismo en el planeta, propone en la edición que arranca este sábado en Perpiñán un resumen de la actualidad de los últimos doce meses. También un ejercicio comparativo sobre las distintas maneras de abordar este oficio, sometido a un eterno debate sobre los límites de lo representable. En la programación del certamen, que propone 25 exposiciones gratuitas hasta el 17 de septiembre, se encuentra una primera respuesta.

El director de Visa pour l’Image, Jean-François Leroy, ha optado por dejar fuera de su selección, por segundo año consecutivo, a las imágenes referidas a atentados terroristas. “La cadencia de atentados no deja de aumentar. La representación continua de actos terroristas implica correr el riesgo de que se terminen convirtiendo, con todas las comillas posibles, en insignificantes”, explica Leroy. “Todo el mundo conoce el nombre de los terroristas, pero no el de las víctimas. Ante esta situación, me pregunto si los periodistas no estaremos haciendo algo mal”.

Michael Araja, abatido cuando iba a comprar tabaco en Manila, en octubre de 2016. ampliar foto
Michael Araja, abatido cuando iba a comprar tabaco en Manila, en octubre de 2016.

Pese a todo, el certamen no se priva de incluir imágenes de una increíble dureza capturadas en otros contextos. Este año, tres muestras distintas reflejan la batalla de Mosul, que concluyó en julio con la rendición del Estado Islámico. Sus responsables cuentan con estrategias distintas para reflejar el horror. Lorenzo Meloni, uno de los últimos reclutas de la agencia Magnum, refleja la guerra y el éxodo sin evitar incluir cadáveres en su encuadre, aunque solo los del bando islamista. “Para mí, no hay límites sobre lo que es enseñable. Lo que puede ser visto puede ser fotografiado”, expresa este fotógrafo de 33 años. “Sin embargo, cuando se trata de representar la vida y la muerte, respetar al sujeto es primordial. Me suelo preguntar si a mí me gustaría ser representado de una determinada manera o si haría la misma foto de un amigo o familiar. Existe el deber de documentar, pero también la necesidad de respetar”.

Pabellón de honor para las reporteras

Esta edición de Visa pour l’Image contará con un inhabitual número de mujeres fotoperiodistas, siete en total, que corresponde a la feminización progresiva de la profesión, ya que Leroy asegura no trabajar con cuotas de ningún tipo. Darcy Padilla documenta la difícil vida de los nativos estadounidenses en Pine Ridge. Sarah Caron hace lo propio con la comunidad musulmana de Cuba, mientras que Isadora Kosofsky sigue de cerca a distintos menores estadounidenses antes y después de su paso por la cárcel. Meridith Kohut, fotógrafa para The New York Times, firma una de las series más impactantes, que refleja los recientes tumultos en Venezuela. Uno de sus compañeros en ese diario, Daniel Berehulak, es el autor de otra de las exposiciones más explícitas, que refleja las secuelas de la guerra contra el narcotráfico en Filipinas. Huelga decir que el resultado es sanguinario.

Ángela Ponce Romero, fotógrafa peruana de 23 años, está llamada a convertirse en una de las revelaciones del certamen. En Perpiñán recibirá el premio Visa d’Or Humanitario por una serie que refleja las consecuencias de la guerra civil en su país, que dejó millares de víctimas en ciudades como Ayacucho (en quechua, rincón de los cadáveres), donde transcurre su exposición. En una de sus imágenes más impactantes aparecen cadáveres ensangrentados sobre el suelo de una plaza, recién asesinados por un grupo de encapuchados.

Tras unos segundos de desconcierto, se descubre que se trata de una representación teatral a cargo de un grupo de estudiantes de la ciudad, que escenifican la matanza de su comunidad a manos del ejército peruano. “Las imágenes fuertes e impactantes sirven para demandar justicia y despertar solidaridad”, expresa la joven fotógrafa. “Mostrar a una víctima siempre producirá alguna sensación. Registrar el sufrimiento de una persona no significa exponerla o restarle dignidad. En muchos casos, el dolor se transforma en fuerza para visibilizar y denunciar injusticias. En ese proceso también participa el fotógrafo, que contribuye, mediante sus imágenes, a reivindicar la lucha y generar memoria”.

El veterano Laurent Van der Stockt, que lleva 25 años acudiendo al Golfo Pérsico, estará en Visa pour l’Image con otra de las series sobre Mosul, en la que opta por dejar a los muertos fuera de su encuadre. “Pero no existe una respuesta única a un problema tan complejo”, expresa. “El terrorismo funciona gracias al miedo y la transformación que este temor puede provocar. Para conseguirlo, la comunicación resulta indispensable para esos grupos, pero las consecuencias de la propaganda en la era digital todavía no han sido suficientemente estudiadas o entendidas”.

A Van der Stockt, que exista un debate público sobre esta cuestión le parece “normal y sano”. “Para los órganos de información, no es sencillo dar con una respuesta a las preguntas que plantea esta disputa. ¿Exponer los resultados de un acto terrorista significa hacer apología del mismo? ¿Cambiar por el terrorismo las reglas de la información, tan necesarias para el funcionamiento democrático, no es permitir que este altere nuestros fundamentos?”. Las respuestas quedan suspendidas en el aire, hasta que la próxima tragedia haga renacer el debate.

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