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Expediente rutinario

La sensación que prevalece en este 'thriller' es que esto no es más que cine negro entendido como ejercicio aplicado, sin nada que decir

La niebla y la doncella
Quim Gutiérrez, en 'La niebla y la doncella'.

LA NIEBLA Y LA DONCELLA

Dirección: Andrés M. Koppel.

Intérpretes: Quim Gutiérrez, Verónica Echegui, Aura Garrido, Roberto Álamo.

Género: thriller. España, 2017

Duración: 104 minutos.

A Alfred Hitchcock no le gustaban demasiado los whodunits, esa variedad clásica de la novela criminal fundamentada en la indagación de la identidad de un asesino. Para él, el whodunit era un juego puramente intelectual equiparable a la resolución de un crucigrama. En la evolución de la narrativa criminal, cuando el cadáver se convirtió en una suerte de aséptico problema a resolver en un salón a la hora del té, la inyección de realismo que introdujeron los autores estadounidenses que darían legitimidad a la etiqueta de novela negra funcionó como un revulsivo que otorgó nuevo sentido ideológico y social al género. De eso hablaba Raymond Chandler en El simple arte de matar, cuando insistía en la necesidad de escribir “sobre un mundo en el que los pistoleros pueden gobernar naciones y casi gobernar ciudades”. Por aquel entonces, no intuía que la novela negra también corría el riesgo de encerrarse en sus propios códigos y, a la postre, tener una relación tan cuestionable con el mundo alrededor como ese whodunit encaminado a la esterilidad del juego de salón.

En La niebla y la doncella, Andrés M. Koppel, guionista de Intacto (2001) y Zona hostil (2017), debuta en la dirección adaptando la tercera novela de Lorenzo Silva protagonizada por la pareja de la Guardia Civil formada por la cabo Virginia Chamorro y el brigada Rubén Bevilacqua, personajes con previas encarnaciones cinematográficas –El alquimista impaciente (2002)- y televisivas –Un asunto conyugal y La reina sin espejo (ambas de 2009)-. Los dos llegan a la isla de la Gomera para esclarecer el asesinato de un joven; caso que, en su día, fue objeto de una investigación insuficiente que no pudo demostrar la implicación de un político local.

Koppel afronta el material como quien resuelve un expediente rutinario, delegando toda la carne en su sólido reparto. Y la sensación que prevalece es que esto no es más que cine negro entendido como ejercicio aplicado, sin nada que decir realmente sobre una realidad tan problemática como la de nuestro presente, donde tanta falta haría un buen estilete noir que desvelara la verdadera podredumbre que nos atraviesa.

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