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Robert Mitchum: La mirada cínica y escéptica del cine clásico

Con motivo del centenario del nacimiento del actor, el canal emite, durante todos los domingos de agosto, sus mejores películas

Robert Mitchum se reía de su propio éxito. “Lo que tiene este trabajo de bueno es que empiezas a las nueve de la mañana; acabas a las seis de la tarde; te pagan todos los viernes; te dicen qué tienes que hacer; te dicen qué tienes que decir, y ya está, eso es todo. No hay más trucos. Por eso es fácil comprender que una de las más grandes estrellas de todos los tiempos haya sido Rin Tin Tin”, decía. También ironizaba sobre sus cualidades como actor. “Solo tengo dos estilos de actuación: con y sin caballo”. Sin embargo, personificó mejor que ningún otro los papeles de antihéroe. Como actor era sobrio, casi inexpresivo. Tenía un rostro duro y anguloso, rematado por un hoyuelo en el mentón. Un físico ideal para interpretar a tipos cínicos y escépticos, como los que encarnó en dos de sus mayores éxitos: Retorno al pasado y Cara de ángel.

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Su infancia no fue nada fácil. Nació en Connecticut hace 100 años, el 6 de agosto de 1917, y a los dos años se quedó huérfano de padre. Fue expulsado del instituto por violento y camorrista. A los 15 se marchó de casa. Se subió a un tren de mercancías y viajó al sur de los Estados Unidos. Trabajó en los oficios más diversos, desde estibador a portero de cabaret. Fue arrestado por vagancia en varias ocasiones. También fue boxeador y participó en casi una treintena de combates. Así fue desarrollando ese físico tan robusto que le caracterizó a lo largo de su carrera. Su trayectoria vital parecía entresacada de algunas de las películas que protagonizó.

En el cine debutó en 1943 haciendo pequeños papeles. Siempre fue un actor de estudio, es decir, hacía las películas que le mandaban, sin poder elegir personalmente los papeles. Le vimos de vaquero, de soldado, policía o gánster, casi siempre personajes ambiguos que él revestía de ironía, sarcasmo o de verdadera maldad como los de La noche del cazador o El cabo del terror. Su filmografía está repleta de grandes clásicos: Con él llegó el escándalo, Río sin retorno, El día más largo, Yakuza o Adiós, muñeca. En 1946 consiguió su única nominación al Óscar por el film También somos seres humanos. Tuvo una breve carrera musical y grabó varios discos.

Mitchum jamás abandonó el carácter rebelde que había forjado en su juventud. Siempre mantuvo una gran afición por el alcohol. Fue llevado ante la justicia por posesión y consumo de marihuana y discutió y se peleó a puñetazos con productores y directores. Otto Preminger pudo comprobar de primera mano su fuerza en el rodaje de Cara de ángel. Solo se casó una vez; fue en 1940 con la actriz Dorothy Clements con la que tuvo tres hijos. Mantuvo romances con estrellas como Marilyn Monroe, con la que trabajó en Río sin retorno, Ava Gardner o Rita Hayworth.

Todos los matices de la intensa vida de Robert Mitchum se concentraron en su madurez. En sus últimos años protagonizó títulos emblemáticos como La hija de Ryan. Su última película, Dead Man, a las órdenes de Jim Jarmusch, la rodó en 1995. Un par de años antes, en 1993, el Festival de San Sebastián le concedió el Premio Donostia. Los últimos años de su vida los dedicó a dos de sus grandes pasiones: componer música y escribir poesía. Murió hace dos décadas, el 1 de julio de 1997. Un siglo después de su nacimiento, la imagen de los nudillos de sus manos, con las palabras amor y odio tatuadas en ellas, que veíamos en La noche del cazador, forman parte de lo mejor y más aterrador que ha dado el cine.

Con motivo del centenario de su nacimiento, TCM recuerda una de las miradas más turbadoras que ha dado el cine, emitiendo, durante todos los domingos del mes de agosto, algunas de sus mejores películas como El Dorado, La noche del cazador o La hija de Ryan, cintas donde podremos comprobar el fuerte magnetismo que Robert Mitchum siempre mantuvo con la cámara.