Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Amor, esa palabra odiosa

Un clásico es aquel libro que llega a tu vida para quedarse y esa ha sido mi experiencia con 'Apegos feroces', de Vivian Gornick

Madre e hija abrazadas. Ampliar foto
Madre e hija abrazadas. Getty

Siempre me ha sorprendido ese momento vital que a algunos les llega, tan cansinamente descrito, de leer solo a los clásicos, o como se suele decir con coquetería por estas fechas veraniegas, de releerlos. Sucede, dicen, cuando uno comienza a tener conciencia de la fugacidad del tiempo y no está dispuesto a perderlo con bobadas. Visto así, tiene su lógica, pero también la tiene el pensar que hay clásicos de los que no tuvimos noticia, que es tanto lo que ignoramos como lo que conocemos, y que un clásico, en el canon estrictamente personal, es aquel libro que llega a tu vida para quedarse y marcar lo que a partir de ahora leas o escribas. Ésa ha sido mi experiencia con Apegos feroces, de Vivian Gornick, periodista y escritora que nació en el Bronx en 1935, y que cuenta, desde una primera persona que es la suya, la difícil, dramática, estrecha y agobiante relación que mantiene con su madre a lo largo de la vida. Estas memorias se publicaron en 1987 pero es ahora cuando nos llegan a nosotros, y tal vez tiene su sentido que se hayan publicado con retraso, porque retrasados andábamos en ciertos asuntos. No es el libro de Gornick un ensayo académico o un análisis del lazo materno-filial, al contrario, es pura, hermosa y elevada literatura, pero aborda asuntos que ahora nos interesan más o que han entrado en el debate social: la maternidad, el siempre denso, fructífero y correoso lazo de una madre con su hija; el amasamiento de la propia vida para crear literatura, y la certificación, como sonido de fondo, del devenir histórico y de cómo afectaba a la vida íntima de las mujeres.

Las historias que nos cuenta la neoyorquina se articulan a lo largo de tres años, desde los 45 años de ella y los 77 de la madre, hasta que tiene 48 y su madre 80. Pasean y hablan. Pasean y discuten ásperamente. Todo narrado con una prosa precisa y directa, a veces descarnada, que solo se vuelve orquestal cuando se detiene en la maravilla de los parques del Bronx, esa irrupción abrumadora de la naturaleza salvaje en la urbe que concede a la gente humilde un lugar bajo el cielo en el que respirar a lo grande, más allá de los mezquinos apartamentos en los que las familias se apelotonan. Vivian y su madre se cuidan y se sufren en una convivencia tan estrecha como la cocina y el saloncito desde cuyas ventanas observa la madre a las vecinas, y la hija anhela esa vida que cree que se le escapa. En ese espacio mezquino se construyen unos lazos familiares que son más fuertes que el amor: “La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras”.

Lo cierto es que el ánimo de ambas mejora si en los paseos por Manhattan se dedican a rememorar el pasado, a volver a esa escalera de vecinos del Bronx, o de vecinas, porque aunque hay hombres en el relato su presencia es tibia, casi fantasmal; Vivian sólo es capaz de recordar con nitidez la relación entre aquellas mujeres que conformaban una comunidad férrea, de ayuda mutua pero también de estricto control moral. La madre, judía, ama de casa, socialista, recta e inflexible hasta sofocar el aire que respira su hija, es el centro de ese universo femenino de clase trabajadora. Una de esas madres dramáticas que hacen que la maternidad sea causa y consecuencia de su sufrimiento, haciendo notar impúdica, machaconamente, que hubiera podido gozar de otra vida de no ser porque se entregó a un marido y a unos hijos. De no ser por el amor. El amor, esa palabra que se vuelve odiosa para una hija harta de que la madre recuerde los sacrificios que hizo por ella.

Aunque esta madre y esta hija muestren una brusquedad que resulta menos habitual en estos tiempos, reconocemos en esa relación algo de la nuestra, la constatación de que el vínculo materno-filial va más allá del puro cariño; es poseedora de lazos aún más hondos, en los que se agitan los reproches y la imposibilidad de la ruptura. Así es, una madre es para siempre; una hija también. Vivian Gornick escribió este maravilla, ya un clásico para mí que acabo de leerlo, hace 30 años. Yo lo he sentido en mi presente, lo he introducido en mi vida íntima, para entenderla y para entenderme un poco mejor. Cierro el libro y me descubro con lágrimas en los ojos, conmocionada por una verdad que no por ser dura es contada con menos belleza.

Posdata: Leo en algún lugar que no he respondido a los ataques recibidos en la última semana. No es falta de arrojo. Mi trabajo se encarga de manifestar lo que pienso. Además, ahora prefiero agradecer las incontables muestras de cariño de colegas y lectores. Algo ha cambiado. Sí, definitivamente algo ha cambiado.

Más información