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el libro de la semana

Misión cumplida

Cuarenta años después de las primeras elecciones democráticas, un libro colectivo repasa la figura, trascendental y exitosa pero no siempre ejemplar, del rey Juan Carlos

El rey Juan Carlos I abraza a su hijo, entonces príncipe Felipe, ante el presidente del Gobierno Adolfo Suárez en 1979.
El rey Juan Carlos I abraza a su hijo, entonces príncipe Felipe, ante el presidente del Gobierno Adolfo Suárez en 1979.

La abdicación del rey Juan Carlos en junio de 2014 sofocó y hasta en parte revertió el descrédito galopante en que había entrado la Corona y con ella el núcleo duro de las instituciones del Estado (buena parte de las cuales siguen inmersas en él, desde luego). Muchos años después de su auténtica coronación como Rey de la democracia (al frenar el golpe de 1981), Juan Carlos I recuperó la mejor versión de sí mismo y reaccionó con un doble movimiento defensivo y ofensivo: un cortafuegos que aisló a su yerno (y a su hija) y la abdicación en su hijo menor, el actual rey Felipe VI. Sus notorios errores y la nueva libertad informativa de los medios en asuntos relacionados con la Casa Real estaban poniendo en riesgo su crédito institucional y personal e incluso podían poner en riesgo la misma monarquía.

A pesar de los argumentos del prólogo de José Luis García Delgado, este libro colectivo no es solo un homenaje a Juan Carlos I, sino a la vez una sobreactuada defensa de su papel por parte de varios colaboradores. El entregado epílogo de Mario Vargas Llosa describe el libro como “un acto de justicia” y reclama que es ya hora de que figure Juan Carlos en los libros de historia (cuando en realidad lleva años fosilizado en ellos como semihéroe intocable). Un inmoderado pronto le lleva a creer que “mucha gente lo ayudó, desde luego, pero fue él, él solo, desde el principio hasta el final, el director del espectáculo”, supongo que con la colaboración generacional de otros, como reclama Juan Francisco Fuentes. A Javier Gomá la sobredosis orteguiana le lleva a ensalzar el “momento carismático” del Rey, “pináculo del poder”, pero desaprovecha lamentablemente la ocasión para meditar sobre el Rey en sus últimos años y la ejemplaridad pública, que es su especialidad. Y, por cierto, asombra descubrir que los turbadores sabotajes democráticos de partidos y poderes en los últimos años podrían haberse evitado, según él, con una ciudadanía educada en “las buenas costumbres”, que son “la secreta distinción de las democracias mejores”.

Hay algo imposible en este libro porque los últimos 10 o 15 años de la democracia española han descubierto unas entrañas impúdicas y vergonzosas que, sin embargo, no desinflan ni rebajan el éxito de la Transición. Igual que nadie trata ya el franquismo como una realidad homogénea de 40 años, carece de sentido tratar los 40 años de democracia como otra falsa realidad homogénea. El asalto crítico que ha recibido la democracia desde los años de la crisis se ha extendido en algunos sectores a la desautorización de la Transición. Este libro se ha concebido así como un acto de justicia, pero sobre todo de reparación global a 39 años de monarquía, que son muchos y en los últimos tiempos muy poco ejemplares. La trascendencia de la Transición no redime de los pecados posteriores y, en realidad, lo que falta en los libros de historia no es el desmantelamiento del relato de una operación de éxito, pero sí indagar, a la vista de la experiencia completa, los errores, demoras, incumplimientos y dejaciones que ha acumulado la democracia hasta hoy, incluida la Corona. Si apenas había de comparecer nada de eso, hubiese sido preferible ocuparse del Rey de la Transición, y listo.

Por eso me parece que el casi antonomástico título va a echar para atrás a quienes mejor les iría conocer los detalles (viejos y nuevos) sobre los laberintos de la Transición: aludo a todos los votantes de Podemos y a la mitad de los socialistas, como poco. Es ahí donde pivotan las mejores contribuciones: las puntualizaciones de José-Carlos Mainer en el capítulo cultural ayudan a sofrenar el entusiasmo general, quizá porque tampoco parece gustarle mucho el título del libro, y Santos Juliá termina su colaboración justo cuando Juan Carlos I declara por primera vez, en público, en buen inglés y en Washington, su compromiso demócrata, seis meses después de la muerte de Franco. Victoria Camps defiende con buena mano la renovada exigencia democrática como condición de la ciudadanía actual; el siempre pedagógico Francesc de Carreras estudia el papel constitucional del Rey; la dimensión internacional está bien explicada por Charles Powell, y Fernando Puell propone un buen análisis en torno al modo de controlar al Ejército heredado de Franco sin soliviantarlo y sin someterse.

Este libro podrá levantar la autoestima de los españoles —como en alguna autocompasiva página se reclama—, pero a otros sin duda los pondrá a trabajar en torno a las deficiencias de la urdimbre democrática que duró felizmente sus buenos 20 años y fue deteriorándose a ojos vista en los siguientes, aunque sólo supiésemos algunos de los daños estructurales tras los efectos de la crisis de 2008 (y entre ellos, la abdicación de Juan Carlos I).

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Autor: José Luis García Delgado.

Editorial: Galaxia Gutenberg (2017).

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