Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

“A los Stranglers todavía se nos considera peligrosos”

La banda británica toca el 15 de mayo en la iniciativa 'Una noche en la Movida', que reúne a Echo & The Bunnymen, Immaculate Fools, Nacha Pop y Pistones

Jean-Jacques Burnel (a la izquierda) y Baz Warne, de The Stranglers, en un concierto en Manchester el pasado 1 de abril.
Jean-Jacques Burnel (a la izquierda) y Baz Warne, de The Stranglers, en un concierto en Manchester el pasado 1 de abril. WireImage

‘’¿Actúan Radio Futura?’’, me interroga vía telefónica Jean-Jacques Burnel (Londres, 1952) acerca del festival madrileño Una noche en la Movida en el que actúan los Stranglers, junto a Echo & The Bunnymen, Immaculate Fools, Nacha Pop y Pistones. Pues va a ser que no, respondo. Resulta que conoce a Santiago Auserón de una visita española en los ochenta; estuvo en su casa y este le acompañó a comprar una guitarra. Contra la imagen pugnaz y arrogante que proyecta el bajista, hoy se muestra campechano. Al abortarse una primera llamada, se disculpa en la segunda: ‘’Estaba cagando…’’.

Bastante punk. Sin embargo, la inclusión de los Estranguladores de Guildford en aquella escena que hoy parece el Año Cero del rock es tan paradójica como una carrera que tocó fondo en varias ocasiones, pero goza actualmente de buena salud sobre los escenarios. Formados en 1974, los Stranglers contaban con un batería ya en la treintena, Jet Black, que regentaba una furgoneta de venta de helados. Otro anacronismo, su teclista Dave Greenfield aportaba texturas psicodélicas al material compuesto por Burnel, educado en la guitarra clásica, y el guitarrista y cantante Hugh Cornwell. Este nivel de profesionalidad —y las citas a Mishima, Trostsky, Nostradamus y ¡Sancho Panza!— hizo que teloneasen a Ramones y Patti Smith en sus primeras giras británicas.

‘’Empezamos con la única idea de hacer música’’, explica Burnel. ‘’Y en nuestros temas se integraban otras influencias. Al principio no encajábamos, pero venían a vernos a los pequeños pubs donde tocábamos los futuros miembros de Sex Pistols o The Clash. Decían odiar toda la música anterior, pura hipocresía. Nuestras referencias eran The Doors, The Who, y no veíamos razón para rechazarlas. En nuestra cosmovisión cabían cosas muy distintas. Éramos una unidad compacta, si uno leía sobre un asunto al terminar el libro lo compartía con los demás. Esto ampliaba nuestros intereses culturales y, musicalmente, lo mismo. Confundíamos a periodistas y discográficas’’.

Burnel se guía todavía, o eso dice, por las cinco pasiones que desarrolló siendo adolescente, sus cinco ‘’m’’: motocicletas, artes marciales, música, marihuana y masturbación. Karateka ya en su séptimo cinturón dan, asiente al proponérsele que esa disciplina debió ser benéfica para un bajista. ‘’He visto a muchos músicos indisciplinados que caían fácilmente en distracciones perniciosas y se perdían, una lástima’’, confirma.

‘’Teníamos que defendernos’’, aduce cuando se recuerda la violencia en sus actuaciones. ‘’Algunas de las bandas punk querían ir de duras, pero cuando plantabas cara salían corriendo. Nosotros nunca huíamos. Soy hijo de inmigrantes franceses y desde pequeño, en Notting Hill, se mofaban de mí. Es una vieja historia la de los británicos con los franceses. Pero era buen estudiante y pude ir a una buena escuela donde impartían clases de boxeo. Si había un problema se zanjaba a puñetazos. Aprendí que ganando peleas me dejaban en paz’’.

Tras el cuarteto de álbumes iniciales, que evolucionaron desde el punk ilustrado de Rattus Norvegicus (1977) hasta el falso gótico de The Raven (1979), la banda abrazó sensibilidades pop en La Folie (1981) y su mayor éxito, Golden brown, una opiácea golosina. ‘’Fue una decisión colectiva, estúpida en muchos aspectos’’, desvela. ‘’Decidimos que tomaríamos heroína durante un año, a ver qué pasaba, pero naturalmente no funciona así. Mentalmente nos limitaba y nuestro mundo menguó; cuando te enredas con ese veneno todo lo que te importa es conseguir más. Produjimos algunas canciones interesantes pero no fue una buena época: Hugh acabó en prisión. Dave y Jet fueron más listos, solo tomaron unos días. No fue fácil dejarlo, pero si quieres, puedes. Nos salvó que no usamos agujas, y la fuerza de voluntad’’.

Con la salida de Hugh Cornwell del grupo en 1990, los Stranglers afrontan un oscuro interregno que finalizará con la entrada de sangre fresca en la formación y un tardío reconocimiento como íconos del rock británico. Quedan pendientes los parabienes culturales y el documental retrospectivo. ‘’Todavía se nos considera peligrosos’’, ironiza Burnel. ‘’Pero fuimos la primera banda de rock en ser invitada a los Proms, en el Albert Hall, hace cuatro años. Así que hay sectores del establishment que nos aceptan. Ocurre que aquellos a quienes hace años ofendimos han muerto o se han jubilado. Somos los últimos en pie’’.

Han pasado cinco años desde su último álbum, Giants. Andan componiendo nueva música sin prisas, pues la demanda de conciertos se ha multiplicado por diez en la última década. ‘’Si eres músico quieres tocar para la gente’’, se defiende Burnel. ‘’Intentamos realizar todas las actuaciones posibles, porque para eso vives, es tu oxígeno’’. No querían héroes, como cantaban en uno de sus imperecederos himnos, pero han acabado siéndolo. O eso afirma la taquilla.