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El cineasta del millón de espectadores

El taquillero Fernando González Molina adapta a la pantalla el ‘thriller’ ‘El guardián invisible’

Desde la izquierda, Fernando González Molina, Carlos Librado y Marta Etura, en el rodaje de 'El guardián invisible'.

Fernando González Molina dice que no hace cine pensando en la taquilla. Y a continuación confiesa que hoy seguirá al minuto los resultados económicos de su nuevo estreno, El guardián invisible.

No es una contradicción, y a la vez lo es, como muchas otras cosas de un director que no escribe pero que fue profesor de guion; de un cineasta taquillero procedente de una ciudad, Pamplona (donde nació en 1975), más dotada para el cine de autor que para el blockbuster; de un creador de planos largos y rebosantes de espectáculo a los que les da tiempo de crecer en pantalla que sin embargo habla como si disparara una metralleta: muy rápido, con una idea por frase. Al final arma un discurso coherente procedente de un artista con una carrera muy especial en la industria. “Bueno, eso está bien, ¿no? Es verdad que en Estados Unidos y Francia hay directores cercanos a mi manera de trabajar. La singularidad de lo que hago me acaba definiendo. Y no escribo mis guiones, cierto, pero —y por favor, no me quiero comparar— Spielberg y Fincher tampoco firman sus libretos. De verdad, yo solo quiero contar historias. Me cruzo con algo que me gusta y lo llevo al cine, proceda de donde proceda”. Lo dice porque su siguiente trabajo será dirigir la adaptación que Alberto Conejero hará de su propia obra de teatro, La piedra oscura. “Todos los lugares son legítimos para encontrar historias, y la autoría no la marca el poseer un enorme universo propio, sino también mostrar hechos y que tu mirada los tamice. Desde Hitchcock ha habido cineastas así. Mira a Bayona. En fin, ya he aprendido a convivir con mis rarezas y solo defiendo ser honesto. Me duele cuando me ven como una calculadora. Yo no soy así. Yo me creo mis pelis”.

"La singularidad de lo que hago me acaba definiendo. Y no escribo mis guiones, cierto, pero —y por favor, no me quiero comparar— Spielberg y Fincher tampoco firman sus libretos. De verdad, yo solo quiero contar historias"

Ahí están las cifras. Según la base de datos del ICAA, su primera película, la comedia Fuga de cerebros (2009), tuvo 1,1 millones de espectadores. Posteriormente ha ido incrementando su público: Tres metros sobre el cielo (2010) vendió 1,5 millones de entradas, Tengo ganas de ti (2012) logró 1,9 millones de espectadores y Palmeras en la nieve (2015) vendió 2,6 millones de entradas. Solo Santiago Segura y Bayona, de los cineastas actuales, llegan a niveles similares de popularidad. “¡Claro que quiero que la gente vea mis películas! Lo que no entiendo es que no exista más esa ambición en el cine español”. Respira y sigue: “La presión ya me la meto yo, no hace falta que me recuerden la importancia de la taquilla. Por suerte, a mis películas ha ido cada vez más gente. Pero este filme no se corresponde a un deseo de ganar más dinero en salas, porque para eso habría elegido otro proyecto. El guardián invisible [basada en la novela de Dolores Redondo] tiene una ambición distinta, un tamaño diferente, un esfuerzo por profundizar en otros sitios... Por puro disfrute. Lucho por no aburrirme con lo que hago. Dicho todo lo anterior, que me libera del yugo económico, el temblor está ahí”.

En sus películas se habla de mucho de la pérdida. “Son terapéuticas”. Y hasta ahí llega. “Lo que no voy a hacer es algo que no nazca de mí. ¿Una peli pequeñita? Sería una pose”.

 

Nacido en el videoclub

González Molina era un fijo en el videoclub de su barrio pamplonés, Iturrama. “Desde pequeño siempre quise hacer cine. Pero no sabía verbalizarlo”. En la facultad estudió con el ahora productor Jordi Gasull. “Me cogió para el departamento de guion. Y lo dejé para venir a Madrid”.

El guionista de El guardián invisible es su viejo compañero Luiso Berdejo. “Nos conocemos bien porque fuimos juntos a la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid”. En la ECAM, Berdejo y González Molina coincidieron con Paco Plaza o Luis Cerveró. “Ellos traían cosas raras, y yo les ponía El príncipe de las mareas. Siempre he sido así”. Tras mucha televisión, y ver cómo sus compañeros de escuela saltaban antes al cine, le llegó Fuga de cerebros.

Con El guardián invisible González Molina querrá cambiar su viaje cinematográfico, pero recurrir a otro best seller no parece un viraje, tras adaptar dos novelas de Federico Moccia y otra de Luz Gabás. Entre risas se defiende: “Yo la leí antes de que estallara el fenómeno. Lo mismo soy yo que voy siempre detrás de lo mismo. En Palmeras en la nieve me buscaron a mí; en el caso de El guardián invisible, yo leo la novela de Dolores Redondo y pido comprar sus derechos. Sin embargo, en ambos casos disfruté”.

Y sí, González Molina ha incluido un guiño a su actor fetiche, Mario Casas, que por primera vez no protagoniza un filme suyo: “Pero estar, está”.

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