Crítica | El sr. Henri comparte piso
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

El misántropo y la universitaria

Esta comedia francesa se ve (casi) en todo momento con la dulzura de una cierta novedad

EL SR. HENRI COMPARTE PISO

Dirección: Ivan Calbérac.

Intérpretes: Claude Brasseur, Noémie Schmidt, Guillaume de Tonquédec, Frédérique Bel.

Género: comedia. Francia, 2015.

Duración: 95 minutos.

A fuerza de repetición, el contraste entre un viejo misántropo, de carácter agriado por el tiempo y por el dolor, por los efectos de la vida y por vislumbrar infinito menos camino por delante que por detrás, y un personaje joven encargado de, por un motivo u otro, estar con él, cuidarlo o vigilarlo, establecer contacto obligatorio, se ha convertido casi en un cliché cinematográfico. Que ambos acabarán inoculándose aspectos positivos, frescura y savia nueva en uno, madurez y realismo en el otro, se sabe con antelación.

Y, sin embargo, la película francesa El sr. Henri comparte piso se ve (casi) en todo momento con la dulzura de una cierta novedad. Quizá no tanto en el combate entre ese arrendador de una habitación parisiense y la joven universitaria que se aloja en ella, sino en un aspecto más coral: el de cómo las relaciones personales más insospechadas, casi como en un efecto dominó, son capaces de sacar a la gente del hoyo, de hacerte descubrir errores, de empujarte hacia acciones, pensamientos y certezas desconocidos.

Las personas dependemos unas de otras. Y no pocas veces hay un sometido y un represor: un padre injusto, un cónyuge que marca la línea, un amigo poderoso. De cómo ese manejo de los hilos se puede venir abajo con una nueva espontaneidad, con una rendija de aire fresco en forma de olvido de corsés, habla la película de Ivan Calbérac, su cuarto trabajo, y basado en una obra teatral previa del propio director, sin que apenas se note ese origen en las tablas. El sr. Henri comparte piso siempre tiene aire, y no solo por las acciones en el exterior; también por las excelentes transiciones entre secuencias. La película, agradable de cabo a rabo, con el manejo idóneo entre la comedia y el drama, entre la réplica ácida y vehemente y la mirada sobrecogida, apuesta por llegar a lo complejo sin el engreimiento del que está contando algo importante.

No tiene la trascendencia de las grandes películas, porque juega en otra liga. Y lo hace muy bien hasta el último cuarto de hora, cuando, en lugar de un final abierto y más elíptico, quiere contar demasiadas cosas en poco tiempo. Y la mayoría de ellas ya estaban dichas y comprendidas.

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Sobre la firma

Javier Ocaña

Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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