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Esperpento y ternura

La película alemana es una comedia insólita en el mejor sentido

TONI ERDMANN

Dirección: Maren Ade.

Intérpretes: Sandra Hüller, Peter Simonischek, Michael Wintterborn, Thomas Loibl, Trystan Pütter.

Género: tragicomedia. Alemania, 2016.

Duración: 162 minutos.

Sabes que el festival de Cannes posee derecho de pernada sobre la cosecha del cine mundial, que puede elegir en su programación lo más selecto del mercado, que los directores con vocación de autoría o que ya cuentan con numerosos e indomables feligreses entre la crítica anhelan que su criaturas cinematográficas sean bautizadas allí. Y, por supuesto, allí te encuentras de todo en función de tus gustos, valoraciones y manías. Aunque la mayoría de esas películas que compiten en Cannes pertenezcan a esa categoría tan enfática de estreno mundial, siempre llegan anticipados rumores y opiniones contrastadas sobre la calidad o la sorpresa que contienen algunas de ellas.

En la última edición del festival se filtró que existía en la sección oficial una muy divertida, original y extravagante comedia alemana. Se titula Toni Erdman y la firmaba la directora Maren Ade, de la que no tenía referencias. De entrada, es inevitable mostrarte escéptico ante la posibilidad de encontrarte con una hilarante comedia alemana, ya que este género no forma parte de la tradición del cine alemán. O al menos, yo no recuerdo haberme partido de risa o sonreír en exceso con esa filmografía, que posee muchos meritos, pero que no se ha distinguido ancestralmente por su sentido del humor. Sin embargo, tengo muy clara la tradición y el significado de las grandes comedias del cine norteamericano (aunque gran parte de ellas fueran realizadas por directores europeos, como sus Majestades Ernst Lubitsch y Billy Wilder), inglés e italiano.

Los que anticipaban la gracia y el encanto de Toni Erdmann tenían razón. Es una comedia insólita en el mejor sentido, habitada por gags esplendidos y situaciones que provocan risa, dotada de poder de observación, retratando personajes muy creíbles, mezclando realismo y surrealismo, esperpento y soterrada ternura. Y tiene defectos. Por ejemplo: su excesiva duración. Hubiera sido aconsejable que alguien con criterio e inmejorables intenciones le hubiera sugerido a la directora que acortase esos excesivos 162 minutos, que hay momentos en el centro de la trama que se tornan repetitivos, secuencias fatigosamente rematadas. Pero remonta en la parte final, todo vuelve a fluir en una fiesta insólita y jocosa en la que su alborotada protagonista decide que todos los estupefactos invitados acudan desnudos.

Esta agridulce película describe la finalmente salvadora relación entre un padre más que histriónico y aficionado a los disfraces con su hija, una triunfadora profesional y social que en el fondo está muy solita y no lo sabía, incapaz de exprimir las alegrías que a veces ofrece la vida. El padre también está solo, ha perdido a su perro, su respiración es angustiosa, pero no ha perdido humanidad ni su afición a montar números. Y su farsa permanente motivará que su brillante, pragmática y gélida hija ese al borde del ataque de nervios viendo peligrar su carrera, pero también aprenderá a sentir, a reír, a vivir. No existe énfasis en esta relación, ni a la redimida dama le espera en el futuro el paraíso, paro algo habrá aprendido mediante el amor y el cuidado que le dedica ese padre destroyer. Ha sido grato y a rato delicioso acompañarles en su disparatado viaje. Pero repito: podía ser más corto.

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