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Y el Goya es para...

Pensé en los hermanos Bajo Ulloa, en ese Goya que ganaron por el guion de 'Alas de mariposa', en que tal vez ya no tienen madre o padre que se hagan cargo del cabezón

Taller del escultor José Luis Fernández, donde se elaboran las estatuillas de los Premios Goya.
Taller del escultor José Luis Fernández, donde se elaboran las estatuillas de los Premios Goya.

Dicen los que saben, psicólogos y poetas, que aquello que más te molestaba de un ser querido que has perdido es lo que finalmente acaba enterneciéndote. Con el tiempo, lo que nos irritaba se convierte en una característica entrañable en ese anecdotario evocador que mitiga la pena. A mí, de mi padre me molestaba que lo guardara todo. No es que fuera un Diógenes del montón, él no andaba hurgando en los contenedores (creo), a mi padre le bastaba con venir a casa y llevarse aquello de lo que suponía que te ibas a deshacer. Yo aprovechaba esa tendencia y cada vez que venía de un viaje con un premio escultórico se lo daba. A él le encantaba ver mi nombre grabado en una placa, y eso es lo que me conmueve. Pero que yo le donara mis trofeos no era incompatible con que alguna vez le dijera que tenía que deshacerse de tanta cacharrería. Así de ingratos somos los hijos. Cuando murió, entré en el pequeño cuarto donde guardaba todos aquellos premios con que ayuntamientos, institutos, bibliotecas, diputaciones o festivales me habían adornado, y al ver esa estantería de caoba repleta de tanto barroquismo escultórico me dio la impresión de estar en la habitación de un padre que hubiera sido padre de una campeona de futbito o de una lanzadora de jabalina.

Los Bajo Ulloa tienen derecho a decorar su casa como les dé la gana

Sólo había un premio fuera de aquel cuarto, el más grande y más pesado; un premio fálico, por resumir. No diré la institución que me lo había concedido. Estaba en la entrada, al lado de la puerta. Y todo porque hubo un tiempo en que se habían producido atracos en esa zona de mi antiguo barrio y mi padre decía que como se le colara un ladrón le daba con el premio en la cabeza en defensa propia. Para demostrármelo, levantaba aquel tremendo monolito y hacía un gesto como de asestar un golpe seco en la cabeza del asaltante. A mí también me molestaba esa agresividad y le reprendía a menudo por ello. Le decía que la violencia solo engendra violencia y esas cosas. No es que ahora en el recuerdo aplauda esos arranques, pero pienso que en algo mejoraba el mundo ese anciano que armado con un bastón amenazaba a los adolescentes que ponían los pies en el asiento del autobús. “Un día te va a pasar algo”, le decía yo. Pero él era viejo, no soportaba la mala educación y tampoco temía la gresca. Un ejército de ancianos como él, armados con bastones de plateada empuñadura y bien distribuidos en los servicios de transporte públicos y en ciertas zonas de solaz nocturno donde la juventud baila, y mea, y Carmena tendría solucionado gran parte del déficit de civismo del que hacemos alarde los madrileños.

El caso es que el cuartito de los trofeos ha sido cerrado y ahí siguen, acumulando polvo, porque a mi hermana le da nosequé. Parece que las instituciones cuentan con que tenemos padre o madre para que nos guarden semejantes esculturones, aunque por ley natural suele ocurrir que los padres se nos van y aquí nos quedamos nosotros con la herencia. Yo lo pensaba esta semana cuando se lio la polémica absurda (como tantas) con eso de que los hermanos Bajo Ulloa hubieran colocado su Goya en una tienda de viejo. Confieso que si llego a pasar por el escaparate y veo el cabezón del Goya a mí se me habría pasado por la cabeza ofrecerle al tendero toda la cacharrería que contiene ese cuarto que recuerda al de la federación femenina de futbito. Pero vista la reacción del pueblo ya no me atrevo. Que se las arreglen nuestros herederos.

Ahora pienso, ¿y si lo que no le gusta a Bob Dylan del Nobel es la medalla?

También pensé en los hermanos Bajo Ulloa, en ese Goya que ganaron por el guion de Alas de mariposa, en que tal vez ya no tienen madre o padre que se hagan cargo del cabezón, en que puede que la dificultad de seguir haciendo cine les haga molesta la presencia de un viejo trofeo que evoca tiempos más alegres, en que les haga falta el dinero, en que sencillamente el objeto no les guste, qué caramba, que también las criaturas tienen derecho a decorar su casa como les venga en gana. Lo que no entiendo es a qué viene tanto escándalo. Yo, que soy muy de donar, revender o visitar los fascinantes puntos limpios, entiendo esa necesidad de aligerar las casas y la vida de vez en cuando. Aunque no sé por qué debiera extrañarme el enfado colectivo con los hermanos cineastas: más de una vez, cuando he rechazado educadamente un volumen de cinco kilos sobre el arte del enrejado en no sé que zona de España, he percibido la indignación sorda que provoca tu negativa. Una patriota de verdad, deben de pensar, se iría cargada con el obsequio en el tren de vuelta y ya se las apañará como pueda caso de que sea huérfana. Y ahora pienso, ¿y si lo que no le gustaba a Bob Dylan de los Nobel era la medalla?

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