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OPINIÓN

‘Primera página’: el arte de la memoria

El libro de Juan Luis Cebrián se lee como la biografía de la época que le tocó

De izquierda a derecha, José álvarez Junco, Juan Luis Cebrián, Soledad Puertolas y Carles Francino, durante la presentacion del libro de Cebrián.
De izquierda a derecha, José álvarez Junco, Juan Luis Cebrián, Soledad Puertolas y Carles Francino, durante la presentacion del libro de Cebrián.

Aunque el título del primer tomo de las memorias de Juan Luis Cebrián (Primera página, Debate, 2016) nombra la portada (o el portal) que leemos cada mañana, es en sí mismo una declaración de oficio (el periodismo) tanto como la metáfora transitiva que, en este caso, documenta las agonías de la transición española. La “primera página” declara el tiempo presente del relato, que asume la condición fluida de su tránsito azaroso, incluso precario. En estas memorias, el itinerario de una cultura política en construcción postula la promesa de lo moderno: la comunidad democrática, que decanta las furias del pensamiento único tanto como avanza la civilización del diálogo. En varios momentos de nuestra biografía política, nos dice Cebrián, todo lo que tenemos contra el autoritarismo arcaico es una reiterada primera página.

La actualidad, por lo mismo, se organiza en esta serie de páginas primeras. Se trata no sólo de la zozobra de esa frágil actualidad, que el autor ha definido como la amenaza del “miedo”, esto es, de poderes que vuelvan la página en el sentido contrario, para que lo nuevo no sea el principio de cambio, y el periódico de ayer ocupe el futuro. No es casual, incluso hoy, que en cualquier diario alguien utilice el lenguaje oscurantista de antes de ayer para rebajar el valor de lo nuevo. Desde una ética de la salud pública, que se construye en la tolerancia, este libro es también un “arte de la memoria”, que recuerda las furias y las penas que pudieron devorarnos. Nos debemos entre todos, postulan estas memorias, cierta mutua dignidad. Después de todo, se trataba de recuperar, en la incierta certidumbre, la refundación política, su noción clásica: el arte de combatir a los animales. Esto es, la polis nos separa de la selva, aunque es muy fácil volver a ella.

Cebrián ha encontrado la medida clásica del relato de la polis: la mesura. Para eso recordamos. No para perpetuar los horrores de la guerra sino para recordar la historia como un teatro de lecciones elocuentes. Si la memoria es el teatro en el cual reconocemos nuestro papel es también la escena donde adquirimos, en el uso de la primera persona, nuestra identidad: la palabra urbana, la mutualidad y la convivencia. La memoria recobrada, por ello, decanta la mesura puesta a prueba. Frente a esa ética de la comunicación, siempre hay otros que sucumben a la desmesura, al extravío del lenguaje.

Por ello, lo que más me ha conmovido de estas memorias no es sólo la fragilidad de todo, la deshora y la agonía, sino la intimidad comunicativa, fluida y persuasiva, que adquiere la voz del testigo. Es en el relato, en la condición narrativa de una ciudad española en construcción, donde este libro adquiere su mejor función: más que historia de la Transición, más que crónica de los hechos y sus testimonios heridos. El tremendismo de los implicados, los juegos de poder, la frágil trama de lo acordado, son procesados por la narración gracias a un lenguaje de sobria intimidad, que elude el histrionismo de unos y otros. De pronto, el libro se hace cargo de la voz narrativa y su autor se torna en otro personaje entre molinos.

Y el lector, en ese mismo trance, reconoce esa voz que viene de lejos. Se trata nada menos que de la actualidad del Quijote cervantino. Sólo que Cebrián en otra vuelta de tuerca, hace que su recóndito Quijote sea del todo actual: ya no es un loco, es una voz de la cordura. No ve otro mundo, ve este, miserable y nuestro.

Como en una novela, la indeterminación de los procesos, a pesar de la contundencia de los hechos, se despliega como aquello que no sabemos y quizá sepamos si leemos el próximo capítulo. En una novela se prolongan las resoluciones para captar el apetito del lector, que suele creer que debe acabar pronto. En las memorias, en cambio, quedamos atrapados por el mecanismo narrativo de la ampliación del suspenso, no queremos acabar de leer, pero no nos saltamos páginas para ver el resultado de una bronca, quizá porque ya sabemos lo que pasará.

Este libro postula como “primera página” la serie y la diferencia: es un formato que pertenece a mañana. Se debe, en fin, a la duración. A la dramatización de una metáfora, que en el libro ya no es la del periódico, porque en este es irrepetible; mientras que en las memorias son un calendario del desvivir cotidiano.

Se trata, al final, de un género más civil y resolutivo a pesar de la incertidumbre que lo asedia. Las memorias son el género más problemático y debatido porque aunque están organizadas episódicamente, como las novelas, las distingue una voluntad de esclarecimiento interno. Confesiones fue el nombre que Augustín de Hipona prefirió ya que son de expiación, aunque no es menos novelesca su escena original: “Robábamos manzanas del vecino porque sentíamos vergüenza de no haber sentido vergüenza”. María Zambrano postuló en ese gesto el nacimiento del yo en el lenguaje.

En Primera página, esa pregunta se renueva desde el periódico como alegoría del espacio público. Al final, creo que estas memorias más que definirse por su aventura periodística en la transición, son la biografía de la época crucial que le tocó vivir y firmar. Esa lección pertenece al pensamiento social y crítico del humanismo cristiano, que es pariente no lejano del marxismo humanista. De ahí su apuesta central por un consenso negociado que garantice la institucionalidad democrática. La unidad de España, como la del mundo, es su diversidad de todo orden. Y su enfermedad mayor, de tiempos ya lejanos: la burocracia, ese estado fantasmático que ha reemplazado al cuerpo de la nación. No hay que tenerle miedo a quien tiene más de una nacionalidad. Hoy, en teoría jurídica, se postula que en el futuro cercano todos tendremos más de dos nacionalidades y más pasaportes. En los melancólicos tiempos arcaicos, un sujeto se definía genealógicamente: de dónde vienes, cuál es tu escuela, clase social, religión… Hoy se define por su hipótesis de futuro y capacidad de sumar. Esa otra “primera página” se abre en este libro como la promesa cervantina en la inteligencia del mundo en el lenguaje.