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Phillip Knightley, historiador de la tribu periodística

Fallece el periodista autor del libro mas emblemático sobre los corresponsales, La primera víctima

Phillip Knightley, en 2012
Phillip Knightley, en 2012 CORDON

Espía y corresponsal de guerra, dos modos de encarar la vida peligrosamente, fueron los principales objetivos del periodista de origen australiano Phillip Knightley, que tras numerosas batallas profesionales ha engrosado el parte de bajas en campaña, a los 87 años. Deja para la historia el libro mas emblemático sobre los corresponsales, La primera víctima, que toma el título de la frase del senador californiano Hiram Johnson en 1917: “Cuando llega la guerra, la primera víctima es la verdad”. Knightley retrata al corresponsal como héroe, propagandista y creador de mitos, desde la guerra de Crimea hasta la de Vietnam, pasando por la Guerra Civil española. Unos retratos tan épicos como sombríos, en los que la calidad de ser testigos de la historia se empaña en muchas ocasiones por un servicio indeseado a causas espurias. En el caso español, el autor abre su relato con la demoledora cita de Orwell sobre el periodismo del momento: “Descubrí muy pronto en la vida que ningún acontecimiento está correctamente informado en un periódico. Pero en España, por vez primera, vi informaciones que no tenían relación alguna con los hechos, ni siquiera la relación que está implícita en una simple mentira”. El libro se ha convertido en un clásico sobre la tribu y sus peripecias en los grandes conflictos del siglo veinte desde su publicación en 1975.

El autor no fue un habitual de los escenarios de guerra, aunque sí de la información a distancia, desde Nueva Zelanda o la India, hasta establecerse como reportero de investigación en Londres, especialmente para The Times. Su gran scoop llegaría con la entrevista al más enigmático y sorprendente de los espías, el británico Kim Philby y su grupo de estudiantes comunistas burgueses de Cambridge. Su peripecia como agente doble para los soviéticos solo se la revelaría en persona a Knightley poco antes de morir en Moscú. Su táctica fue la de enviar cada año varias cartas a Philby hasta conseguir sus declaraciones en 1988.

Su trabajo de investigación más social fue la serie sobre los efectos de la talidomida, el fármaco comercializado por la firma alemana Grünenthal, que en lugar de aliviar las nauseas del embarazo tuvo como efecto malformaciones en los fetos. Se calcula que afectó a más de 20.000 personas en cincuenta países, incluido España, donde los afectados aún no han conseguido indemnización alguna. Su borrón de escribano quizá resida en el papel que jugó en los fantasiosos Diarios de Hitler, sobre los que llegó a publicar un elogioso comentario en la primera plana del Times de Murdoch, incluso después de haber presumido que se trataría, como así fue, de una mera falsificación. Reconocía en sus memorias que la influencia del periodista es limitada y que “lo que conseguimos no es siempre lo que buscamos. Lo que cuenta es el intento”. Dos veces premiado por la asociación de periodistas británicos, le remordía haber sido un “mal corresponsal de guerra”, ya que se marchó de Egipto solo horas antes de iniciarse la Guerra de los Seis días. En compensación escribió la mejor historia de la tribu internacional y retrató a los espías con más profundidad que los buenos novelistas del genero. Con tal detalle, que algunos llegaron a pensar que Knightley perteneció a los dos gremios.