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Gallos y centellas

Matarile Teatro, compañía compostelana, se mueve entre el cabaret literario, la danza íntima y la reunión cómplice

Escena de 'El cuello de la jirafa'.
Escena de 'El cuello de la jirafa'. Matarile Teatro

Antes de repetir que el saber no ocupa lugar, pruebe a meter la biblioteca de Andrew Carnegie en una solución habitacional. Presto a coger un vuelo de Ryanair, Enrique Gavilán, profesor de historia medieval de la Universidad de Valladolid, pesó los libros, para llevarse los más ligeros. Los de Agatha Christie suman 145 gramos cada uno, en su edición española; en la inglesa, un poco menos, por la misma razón que los monosílabos pesan menos que las esdrújulas. Nos lo cuenta él mismo, en El cuello de la jirafa, mientras Ana Vallés, en son de clown, le coloca una corona de laurel.

EL CUELLO DE LA JIRAFA

Dirección: Ana Vallés. Textos: A. Vallés y Enrique Gavilán. Intérpretes: Óscar Codesido, Mónica García, Baltasar Patiño, María la Roja… Aranjuez: La Nave de Cambaleo, 8 de diciembre. Vitoria: Sala Bartza, día 16.

Si en la báscula del aeropuerto los libros sobrepasan los diez kilos que la compañía permite llevar en cabina, Gavilán les arranca el prólogo. “En teatro, el peso del texto no es decisivo”, opina. Sentado en pupitres a su alrededor, el público se siente párvulo, más aún cuando Baltasar Patiño, iluminador de Matarile y alma gemela fundadora de la compañía, comienza a repartir entre él libros sui generis. Atraviesa la mitad de las páginas de El lago salado, de Pierre Benoît (el que me ha tocado en suerte), un pequeño cráter, en el que hay sentado un hombrecillo.

Entre el cabaret literario, la danza íntima y la reunión cómplice, el penúltimo trabajo de Matarile, núcleo de teatro compostelano, crea un clima cálido, de confraternización, apto para intercambiar confesiones, esbozar sonrisas y contemplar estampas domésticas tan magnéticas como la que forman Mónica García y María la Roja, bailarinas, cuando se sientan ensimismadas sobre cada uno de los pupitres, mientras un ventilador pone su pelo al viento. Como no hay belleza sin contrapunto bufo, Óscar Codesido se ocupa de poner el suyo, con tanta gracia como criterio.