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CRÍTICA | EL PRINCIPITO

La infancia reconquistada

En su heterodoxa adaptación cinematográfica, Mark Osborne ha querido imaginar al personaje varado en una de esas espantosas posibilidades de futuro que confesaba temer

EL PRINCIPITO

Dirección: Mark Osborne.

Animación.

Género: fantasía.

Francia, 2015.

Duración: 108 minutos.

“Si me derriban, no lamentaré absolutamente nada. El termitero del futuro me espanta. Y aborrezco esas virtudes de robots. Yo nací para ser jardinero”, escribió Antoine de Saint-Exúpery la noche antes de emprender el vuelo del que jamás iba a regresar. El año anterior había publicado su inmortal cuento infantil, El principito, donde la mirada imaginativa se reivindicaba como trinchera desde la que defenderse a perpetuidad de las hostilidades y miserias de un mundo adulto que, por aquel entonces, no dejaba de golpearle, ya fuera en forma de ataques de los afines al gaullismo o de ese André Breton que, a sus ojos, se había convertido en el “hombre de los campos de concentración espirituales”. Con su desaparición, el poeta aviador se convirtió en leyenda: en su heterodoxa adaptación cinematográfica de El principito, Mark Osborne y sus guionistas han querido imaginarle varado en una de esas espantosas posibilidades de futuro que confesaba temer en su inesperada carta de despedida, una distopía cuadriculada y tecnocrática dominada por la inflexible gestión de las tareas de un robotizante aprendizaje infantil.

El principito diferencia sus dos niveles narrativos con contrastadas técnicas de animación. La pesadilla tecnócrata donde la protagonista vive junto a un padre invisible y una madre adicta al régimen disciplinario se encarna en una animación digital que brilla especialmente en la descripción de ese universo y algunos diseños de personajes (el aviador, el zorro de peluche, los estilizados y siniestros hombres de negro), pero delata cierta pereza en la caracterización de la niña. Los ecos del libro original se convierten en delicadísimos interludios de animación stop-motion poblados de figuras de papel: que estos fragmentos sean, por así decirlo, la frase subordinada y no la oración principal compromete mucho la fuerza poética del conjunto.

Osborne ha firmado un trabajo que respeta sus fuentes y logra armonizar bastante sus dos claves visuales, pero, lamentablemente, en el clímax final resulta demasiado evidente que la película va perdiendo identidad, sucumbiendo a una pirotecnia que, con toda probabilidad, hubiese incomodado a ese Antoine de Saint-Exúpery que tanto aborrecía esas virtudes de robots: el automatismo y la eficacia.