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Natalie Portman muestra las 50 sombras de ‘Jackie’

El chileno Pablo Larraín filma una biografía estimulante pero algo reverenciosa de la viuda de Kennedy

Natalie Portman caracterizada como Jackie Kennedy en un fotograma del filme de Pablo Larraín.
Natalie Portman caracterizada como Jackie Kennedy en un fotograma del filme de Pablo Larraín.

¿Por qué rodar una biografía de Jacqueline Kennedy en 2016? “¿Y por qué no?”, contraatacaba ayer el director chileno Pablo Larraín, que presentó su debut en lengua inglesa en la competición de la Mostra de Venecia, donde las quinielas ya dan por segura su presencia en el palmarés. Jackie fue un encargo del cineasta Darren Aronofsky, quien pensó en rodarla a principios de esta década junto a su excompañera sentimental, la actriz británica Rachel Weisz. Su ruptura dejó el proyecto en suspenso, hasta que Aronofsky coincidió con Larraín en la Berlinale de 2015 y le propuso que tomara las riendas. “No soy estadounidense y no tengo el mismo apego por su historia que por la de mi país, pero me pareció una oportunidad increíble”, afirma Larraín, responsable de títulos como No, El club o Neruda.

Jackie es una biografía por la tangente: se centra únicamente en los días posteriores al asesinato de John F. Kennedy, en noviembre de 1963, cuando la primera dama estadounidense, a quien interpreta Natalie Portman, intenta recuperarse del choque mayúsculo que acaba de vivir subida al vehículo presidencial en Dallas. A esa mujer vestida en un traje rosa de tweed manchado de sangre se la sigue considerando hoy uno de los grandes enigmas de la política estadounidense del siglo pasado. Aunque, en realidad, desde 2011 lo sea bastante menos. Para conmemorar el 50º aniversario de la presidencia de Kennedy, la familia aceptó publicar una larga conversación en siete partes que Jackie acordó a Arthur M. Schlesinger, un historiador amigo que había tenido un cargo de asesor especial de JFK en la Casa Blanca. Fue solo una de las tres entrevistas que concedió tras la muerte de su marido y la última donde habló de su presidencia, lo que no volvería a hacer hasta su muerte en 1994.

El encuentro se produjo a principios de 1964, solo algunas semanas después del asesinato, y fue grabado en una serie de cintas secretas que también vieron la luz hace cinco años. La imagen cándida de la primera dama quedaba parcialmente desmentida. En ellas, se descubría a una mujer arisca y clasista, de lengua viperina y tendencia al revisionismo –véase el uso de la leyenda sobre JFK y su pasión por el musical Camelot, incluida en la película–, que la conmoción que debía de seguir experimentando no logra excusar del todo. Por ejemplo, llamaba “falso” a Martin Luther King, a quien acusaba de organizar orgías, “ególatra” a Charles de Gaulle y “lesbiana” a la congresista Clare Boothe Luce. Lejos de su imagen de mujer sumisa a los deseos de su marido y agnóstica respecto a todo militantismo, a años luz de personajes como Eleanor Roosevelt o la primera Hillary Clinton, Jackie Kennedy demostraba un conocimiento profundo de la vida política de su país y del personal que rodeaba a su marido, entre los que repartía premios y castigos en la grabación.

Larraín admitió ayer haberse inspirado en esas cintas, aunque no tengan un reflejo directo en la película. Pese a servirse de una sugerente narración no lineal y una acertada puesta en escena, fundamentada en planos pegados al rostro de su protagonista, a Larraín se le descubre más encorsetado que de costumbre, demostrando una amabilidad excesiva respecto al personaje. La película parece esforzarse exageradamente en no molestar a nadie: esa doble cara de Jackie aparece en algunas secuencias, aunque siempre con timidez. Por su parte, Portman logra imitar la inconfundible dicción de la primera dama en una demostración técnica bastante impresionante, en la que se entremezclan la fuerza y la vulnerabilidad, aunque también esté algo exenta de alma. “Me pareció uno de mis papeles más peligrosos, porque todo el mundo sabe qué aspecto tenía, cómo sonaba y cómo caminaba. Nunca había interpretado a un personaje así y nunca me había considerado una gran imitadora”, admitió la actriz. Para Larraín, el parecido físico no era lo importante: “La clave no es el maquillaje y las pelucas, sino el hecho de crear un parecido, una ilusión”. El director no considera que su película sea un biopic. “Es más bien un intento de meterse en su mundo y sus circunstancias”, explicó. “Al final tampoco sabes quién es ella, porque eso resulta imposible”.

Pablo Larraín y Natalie Portman, en la presentación de 'Jackie' en Venecia.
Pablo Larraín y Natalie Portman, en la presentación de 'Jackie' en Venecia. AFP

Una de las últimas secuencias resulta representativa del resultado. Jackie abandona la Casa Blanca subida a un coche oficial. De lejos, observa distintos maniquíes en el escaparate de una tienda. Todos ellos se le parecen: lucen un peinado similar y un conjunto que podría encontrarse en su armario, lo que la hace sonreír. Durante ese tramo final, no han dejado de repetirle que el país no olvidará que ha estado a la altura. “La recordarán por su dignidad”, la elogia un impertinente reportero de la revista Life. Es decir, por su saber estar, por su entereza y también su glamour: nada que no supiéramos ya. Portman se refirió indirectamente a esa escena en la rueda de prensa. “¿Cómo conservar tu humanidad cuando eres un símbolo para mucha gente, cuando todo el mundo te trata como si fueras un maniquí?”, se interrogó la actriz, sin dejar claro si hablaba de Jackie o de sí misma. Tal vez esa era la pregunta que la película debía responder.