DONDE TODO PUEDE PASAR / 4

El libro que no escribí

Las librerías no son solo libros. Son gente. Centenares de voces que esperan en los estantes. Y cuando sacas uno y lo abres estás mirando a alguien

luis tinoco

Todo lo que puede suceder en el mundo está en esta librería. Y lo que no puede suceder, también. Mi tío parece hablarme desde un lugar lejano. Como si su voz se hubiera quedado pegada en aquellos estantes que tan bien conocía. Es mi cerebro, claro. Que quiere calmarse. Que le busca para tranquilizarse. O quizá le busca para echarle en cara que no me contara los secretos que guardaban los pasillos de su laberinto. ¿Qué quieres? Lo preguntaría con su tono de medio gallego. Se habría reído después.

Quizá fue por coquetear con los recuerdos pero con mi ridícula linterna a cuestas, intentando salir del vientre de la ballena de papel, evitando el golpe en el pie que nos espera paciente en una esquina, se me vino a la cabeza un libro de la infancia. Jugadas poéticas de ajedrez para infantes expatriados de Vladímir Nabokov. Habría sido la lectura favorita de un Luzhin por crecer. Era uno de esos tomazos que invitan a colarte en sus páginas: formato gigante para un crío de seis años, ilustraciones abigarradas y aquellas explicaciones sobre los peones y los caballos y las defensas que te hacían parecer un genio rusito cuando tu madre sacaba el tablero y nadie necesitaba contarte cómo enrocar.

Ahora me daba cuenta de que jamás había vuelto a verlo. Nunca en otra edición. Nunca en otra librería. Aquella rareza solo estaba entre los ejemplares de mi tío. Podía apostar algo a que me esperaba en la estantería de donde ahora huía para atender la llamada de la puerta. Donde estaban los libros que nunca se publicaron. Y estuve a punto de volver a buscarlo. Habría hecho bien. Me habría ahorrado una sorpresa más.

Más información
Capítulo 1 | Los libros que no son
Capítulo 2 | Lo que hacen los libros
Capítulo 3 | La estantería de los prodigios

Me llamó la atención el pelo tan blanco del cliente que acababa de llamar. Era lo único que mis ojos pudieron distinguir al salir del pasadizo de estantes. Un penacho rebelde como hecho de un fulgor a contraluz. Luego identifiqué las gafas negras. La sonrisa de turista feliz con una buena American Express. La voz cavernosa y divertida. Aquel abuelo risueño y gesticulante hablaba en inglés.

-Vengo a por el libro que no escribí.

Lo peor es que no me pareció raro lo que decía. Era más inquietante que aquel señor de manitas regordetas y cadencia algo asfixiada me recordara tanto a Ray Badbury. Tanto como para no plantearme si era él. Porque era él. Aunque había muerto en 2012. Y entonces lo cuadré. El fin de la Literatura explicado en el último libro que se escribió, RB. Me pareció todo de una lógica irrefutable. Como si fuera lo más normal que un autor muerto entrara a las doce del mediodía a pedir un libro que jamás se había publicado. Como si no le extrañara a nadie que estuviera en mi estantería del fondo. Como si a mí me pareciera tan normal que Bradbury (repito, Brad-bu-ry) supiera que el libro estaba allí.

-Me lo contó tu tío cuando me llevé el otro. Aquella fabulita criptomedieval de mis veinte años. Pones cara de sorpresa. Veo que el viejo no te enseñó los secretos de este lugar. Seguro que tampoco te contó lo del almacén. Verás, las librerías no son solo libros. Son gente. Centenares de voces que esperan en los estantes. Y cuando sacas uno y lo abres estás mirando a alguien. Al autor. Y en cierta manera te conviertes en él. Y en cierta manera también te descubres a ti mismo. Así que ve y busca mi novela, que me quiero convertir en mí cuando tenía veinte años. Quiero sentir ese pálpito de la vida, esa furia arrebatada sobre la máquina. Quiero volver a ser por un momento aquel joven que empezaba a escribir.

Me emocionó lo que decía. Porque le entendí. Y me sentí agradecido porque me hubiera permitido mirar dentro de la cabeza de dónde habían salido Crónicas marcianas o Fahrenheit. No dejé que me pagara. Tampoco habría sabido qué cobrar. El libro era más suyo que mío. Le pareció bien, pero cuando se despedía me pidió que vendiera mucho. Como si fueras un soldado del ejército de la palabra, dijo. Solo así podrás evitar aquello que escribí. Ya sabes, que no hace falta quemar libros para destruir la cultura. Basta con que nadie los lea. Que los lean es tu misión.

Cuando se fue, volví a la estantería de los prodigios buscando el manual de ajedrez de Nabokov. Pero no estaba. Me pregunté si también habría pasado por allí reclamando su obra el viejo Vladímir.

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