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Sirenas negras y románticos en remojo

Imagen de 'Frankenstein', de James Whale (1931).
Imagen de 'Frankenstein', de James Whale (1931).

En medio de un grupo de kayaks que vadea un embalse pasa siseante una cabeza que produce ondas en el agua. Es una serpiente, que pretende cruzar a la otra orilla, que está a unos cien metros, y que saca la lengua y menea el cuerpo para impulsarse. Solo se escandalizan, al contárselo, los que no la han visto. Los que la han visto saben que su intención solo era la de cruzar a la otra orilla como quien cruza un paso de cebra para comprar el pan. Todo es quietud, una suerte de comunión con la naturaleza. En parte, claro, es porque la naturaleza es así. En parte, también, es por el tipo de energía que desprende el grupo.

Eso fue el sábado 25 de junio por la mañana. La noche anterior, unas cincuenta personas escuchaban a un escritor con sombrero hablar (Todos sabemos que solo hay dos clases de escritores: los que llevan sombrero y los que no) a la orilla del embalse por donde al día siguiente irían las barcas. En 1816 no hubo verano, dice, micrófono en mano. Una serie de erupciones volcánicas coronadas con el despertar del volcán Tambora afectó al clima y causó una disminución de la temperatura mundial, sobre todo en el Hemisferio Norte, dice. Y dice que quiso el destino que por distintos azares una serie de personajes se encontraran ese verano sin verano en la Villa Diodati, cerca del Lago Ginebra. John William Polidori, Mary y Percy Shelley, Claire Clairmont y Lord Byron, aburridos y hastiados por el mal tiempo y la lluvia que les impedían salir de la villa, se pusieron a contar historias de terror. Génesis maravillosa, Polidori crearía el relato El vampiro, primera aparición del vampiro romántico e inspiración del posterior Drácula. Mary Shelley, por su parte, concebiría a su más famosa criatura, el monstruo de Frankenstein. También habla de un colectivo, Hijos de Mary Shelley, que celebra tan bonita confluencia creativa y del que ya forman ya parte 170 artistas entre escritores, dramaturgos, músicos y actores. Él es el creador del colectivo, Fernando Marías. Y da la bienvenida a un fin de semana muy especial.

Sirenas negras y románticos en remojo

Él y un grupo de destacados Hijos de Mary Shelley (Raquel Lanseros, Espido Freire, Lorenzo Luengo, María Zaragoza, Rosa Masip) fueron los maestros de ceremonias de Diodati se mueve, el primer evento de EPViajes, que recreó esas veladas de hace 200 años y que pretendió, como se dice, atrapar en la botella el genio creativo, comulgar con una historia tan potente como la de los Shelley y sus amigos.

Hay un santuario llamado Valle de Iruelas. Un enclave en Ávila a poco más de una hora de Madrid que gracias a Dios (y por muchos años) no ha sido fagotizado por los domingueros. Un embalse anterior a la Guerra con decenas de cabañas alrededor, con playas fluviales y rocas desde las que saltar al agua. Con balcones naturales para ver la puesta de sol. Allí leyeron Lanseros y Espido Freire, allí impartieron sus cátedras románticas Luengo y Zaragoza. Leyeron sus relatos de miedo, también, gente como Valeria Correa o Adrián Gualdoni, y hubo bautizos literarios del público, de cuyo vientre se arrancó alguno para leer en alta voz sus primeras poesías en la noche telúrica. También hubo allí comida, claro. Carne del Valle, quesos del Valle, vinos del Valle. Pan del Valle. Todo hecho con el mimo con el que se cuecen las buenas historias. Y allí vimos a la Sirena Negra. Y sí, maldita sea, sí. Una suerte de magia común al relato nos cosió a todos, escritores y visitantes, convirtiéndonos en una suerte de funambulistas sobre una cuerda que ata dos siglos. Un deje de esa “resistencia con mayúsculas” de la que hablaba Marías, que hace de la Cultura, de la creación, el mejor arma contra el mal.

Instante del concierto de Josete Ordóñez. ampliar foto
Instante del concierto de Josete Ordóñez.

Y así pasó un fin de semana. Con la perpetua certeza de que los finales son siempre principios. Allí, al otro lado del agua, donde se dirigía la serpiente. Esas figuras borrosas. ¿Son los Shelley y compañía, que nos saludan y se despiden? Es bonito pensarlo. Bonito y terrorífico, como los buenos relatos. Como los buenos recuerdos. En la tierra del famoso ciclista, todo el valle está apuntalado con pintadas de “El Chava vive”. Señal inequívoca de que, con mayor o menor fuerza, los mitos surgen constantemente. Quizá los visitantes de esta nueva Diodati contempláramos el nacimiento de uno.