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ANALES CERVANTINOS

El ‘Quijote’ en la feria

En sus estertores (cierra el domingo) y casi los míos, a riesgo de deshidratarme, he recorrido, la madrileña Feria del Libro. Excesiva, resueltamente excesiva. A un reducido público lector se le ofrece tal cantidad de obras, que vuelve invisibles a la inmensa mayoría. ¿No sería posible una distribución racional de las casetas? Una organización por destinatarios teóricos no haría daño a nadie y beneficiaría a muchos. A un lado los temas de actualidad, los best sellers internacionales (Dan Brown, Ken Follet y compañía) y los superventas de la ficción ibérica de consumo (póngase aquí nombres), con espacios para la literatura más noble. A otro lado, los editores especializados, las instituciones menos literarias, el coleccionismo y, grosso modo, los libros que no se dirigen primariamente al lector general. Yo confieso mi preferencia por los tenderetes que en el actual contexto indiferenciado suenan más exóticos: del Ministerio de Defensa, digamos, la Fundación de Estudios libertarios o el Organismo Autónomo Parques Nacionales, que abundan en títulos interesantes con los que jamás me tropezaré en otro lugar.

Pero yo he venido a hablar de mi libro, como enviado especial, o acaso corresponsal de guerra. La feria hodierna ha estado dedicada a conmemorar el centenario de la muerte de Cervantes y, sin demasiada congruencia, ha tenido a Francia como país invitado (uno hubiera preferido el México de Carlos Fuentes o Fernando del Paso). Por ende, la han salpimentado las sólitas conferencias de escritores y estudiosos, proyecciones de Cervantes, la película, un montaje de Viaje del Parnaso, dizque una exposición de ilustraciones (yo no he sabido verla), o una visita de caballero y escudero al recinto organizada por la estupenda Maite Pagazaurtundúa. Vale, tío. Pero lo que se ha echado en falta es el Quijote.

¿Dónde estaba el pabellón en que editoriales e instituciones, colaborando con buena voluntad, debieran haber presentado de forma atractiva y didáctica las ediciones y estudios publicados por cada uno, y al que podrían haberse sumado bibliotecas y libreros anticuarios? En ninguna parte. Cada cual ha ido a lo suyo, y desmañadamente, hasta el extremo de que ni siquiera resultaba fácil dar con las ediciones más solventes o aceptables del QuijoteMillenium proponía una muestra suficiente de impresiones para bibliófilos. Pero, para no tirar piedras a tejado ajeno, baste decir que en la caseta de la Real Academia Española no ha figurado en ningún momento la gran edición crítica y exhaustivamente anotada de la obra que honra su Biblioteca Clásica: y la culpa de la ausencia no recae sobre la Academia.

Sólo en un sector el Quijote lograba la relevancia que le correspondía: el del libro infantil, las versiones ilustradas, las reducciones al mínimo para lectores incipientes, los cómics… (A su vez, Rosa Navarro se ha hecho perdonar sus pecados sobre el Lazarillo con una ágil adaptación de las Novelas ejemplares, que también era de justicia no descuidar.) Bien está. Leo Spitzer recordaba que el éxito europeo del Quijote tuvo que ver en su tiempo con el hecho de ser lectura temprana en arreglos para niños. Sí, pongamos la esperanza del mañana en los niños (y las niñas) de hoy.