CRÍTICA | SUMMER CAMPCrítica
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Terror de saldillo

Para su ópera prima como director, Alberto Marini ha preferido apostar por un ejercicio comercial de sencillo terror juvenil

Diego Boneta, en 'Summer Camp'.
Diego Boneta, en 'Summer Camp'.

El guionista italiano afincado en Barcelona Alberto Marini se ha ido haciendo un nombre en los últimos años gracias, sobre todo, a dos libretos que combinan muy bien la situación cotidiana, incluso el hecho social alrededor de la lucha de clases, y el cine de género de puro entretenimiento: Mientras duermes (Jaume Balagueró, 2011), basado en una novela propia, y El desconocido (Dani de la Torre, 2015). Partiendo de situaciones ampliamente reconocibles, un portero de finca de mirada turbia con el prejuicio de clase como elemento infecto, un empleado de banca que es al mismo tiempo víctima y parte del sistema financiero, Marini escribe sobre los desbordamientos mentales y sociales de la gente a pie de calle.

SUMMER CAMP

Dirección: Alberto Marini.

Intérpretes: Diego Boneta, Maiara Walsh, Jocelin Donahue, Andrés Velencoso.

Género: terror. España, 2015.

Duración: 81 minutos.

Sin embargo, tras una década como productor y guionista, para su ópera prima como director, Marini ha preferido apostar por un ejercicio comercial de sencillo terror juvenil, Summer camp, apadrinado por Jaume Balagueró y con el sello de producción de Julio Fernández: presupuesto medido, esfera terrorífica y rodaje en inglés dirigido al mercado internacional. Y el resultado es un desastre.

A estas alturas, realizar una especie de mezcla entre REC y Viernes 13, con contagiados en un bosque que se devoran unos a otros, no parece el mejor camino hacia la originalidad. Pero lo peor es que no haya una sola idea de de puesta en escena o de guióon, con partes que deambulan entre el capricho y lo risible (esa cuestión moral sobre la condición de asesino), que la saque de la condición de mero producto de saldo. Ni es lo suficientemente salvaje para agarrar al que busque gore ni contiene las dosis de maldad necesarias para perturbar a nadie. Y cuando, ya casi en el último minuto, consigue lograr un instante que, al menos, pueda legar una cierta sonrisa gamberra como desenlace, lo desaprovecha alargándolo un par de minutos más con otra ración de más de lo mismo.

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