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CRÍTICA | SI DIOS QUIERE

Redención a la italiana

En casi cada una de las situaciones, la amabilidad gana terreno a la negrura, y no digamos a la reflexión. Hay demasiadas ganas de agradar

Alessandro Gassman y Marco Giallini, en 'Si Dios quiere'.
Alessandro Gassman y Marco Giallini, en 'Si Dios quiere'.

A mediados de los años 50, cuando las esencias del neorrealismo se fueron mezclando con la sempiterna capacidad de los italianos para la risa, su cine derivó en dos concepciones a veces difíciles de deslindar: el neorrealismo rosa y la comedia a la italiana. El primero, más negro y amargo, de carcajada tristemente burlona; la segunda, popularísima, sin freno, más costumbrista y con menos dosis de crítica social. Tiempos dorados en los que se acumulaban no menos de docena y media de directores con interés; tiempos que, sin embargo, en las últimas décadas el cine italiano apenas si ha olido su recuerdo en un pequeño puñado de películas.

SI DIOS QUIERE

Dirección: Edoardo Maria Falcone.

Intérpretes: Marco Giallini, Alessandro Gassman, Laura Morante, Edoardo Pesce.

Género: comedia. Italia, 2015.

Duración: 87 minutos.

La primera media hora de Si Dios quiere, primer largometraje de Edoardo Maria Falcone, desprende ese perfume de comedia a la italiana. El planteamiento, con una excelente presentación de personajes del entorno familiar, bien lo podrían haber firmado grandes como Mario Monicelli, Dino Risi, Luigi Zampa, Pietro Germi, Ettore Scola, Alberto Lattuada. Un reputado cirujano cardiovascular, orgullosamente ateo, recibe una noticia de su veinteañero hijo: quiere abandonar la carrera de Medicina para ser sacerdote. Podrían haber firmado su planteamiento, pero no su desarrollo. Porque, desde que el padre comienza a investigar la procedencia de semejante giro vital, y lo encuentra en un moderno sacerdote de maneras telepredicadoras, Falcone, también coguionista, pierde fuelle en la socarronería y nunca sorprende con su convencional desarrollo de personajes.

En casi cada una de las situaciones posteriores, la amabilidad va ganando terreno a la negrura, y no digamos a la reflexión. Hay demasiadas ganas de agradar y pocas de hurgar en la herida: en la del ateo, y aún menos en la del sacerdote. Los mensajes facilones, casi de autoayuda para creyentes, son los que comandan la redención de un personaje, el del padre, tan seguro de sí mismo que, según los autores de la película, había degenerado en la vanidad, el orgullo y la humillación de los que le rodeaban. Mensaje con tendencia a lo melifluo que desemboca en una metáfora ciertamente curiosa: la de la necesidad, no se sabe si puntual o perenne, de sustituir los gustos de la alta cultura por la efervescencia de una canción hortera.