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El Guggenheim de hace 30 años

El pabellón Mies van der Rohe de Barcelona cumple tres décadas de su segunda vida

Reconstrucción del pabellón en los ochenta que Mies van der Rohe levantó en Montjuich durante la Exposición Universal de 1929.
Reconstrucción del pabellón en los ochenta que Mies van der Rohe levantó en Montjuich durante la Exposición Universal de 1929.

Hace tres décadas, un edificio sobrio, en las antípodas de la gestualidad del Guggenheim de Frank Gehry, abrió la puerta a la arquitectura de vanguardia en España. Como el Guggenheim de Bilbao, no fue el motor sino la guinda que coronó la transformación urbanística y arquitectónica de un país que consolidaba su democracia. Ese icono moderno que anunciaba un cambio radical no era sin embargo nuevo. Lo había querido recuperar el arquitecto Oriol Bohigas convertido en visionario. Desde sus cargos como director de la Escuela de Arquitectura o como concejal de urbanismo del Ayuntamiento barcelonés, Bohigas quiso que la modernidad española fuera algo más que Sert, Coderch y De la Sota. Buscó que la vanguardia arquitectónica europea tendiera un puente hacia España, que alterara el plano de las ciudades y la fisonomía de los edificios. Por eso se adelantó: en los años cincuenta escribió a Mies van der Rohe para pedirle permiso para reconstruir fielmente el pabellón que el alemán había levantado en Montjuich durante la Exposición Universal de 1929. El autor de la casa Farnsworth se lo dio. Cuando, en 1980, el Ayuntamiento de Barcelona impulsó finalmente la reconstrucción del pabellón alemán, Mies van der Rohe llevaba ya 11 años muerto.

Se cumplen treinta años de esa recuperación. Corría junio de 1986 cuando los arquitectos Ignasi de Solà-Morales, Cristian Cirici y Fernando Ramos recuperaron para Barcelona uno de los iconos más elegantes de la vanguardia arquitectónica del siglo XX. El pabellón daría lugar al premio más importante que concede la Unión Europea, abriría de par en par la puerta a la circulación de los profesionales y serviría de sede para el debate arquitectónico. Asociaría, en suma, la modernidad a la nueva arquitectura española, como quería Bohigas.

Así, un inmueble que nació como construcción temporal, permanece –reconstruido- con la solidez de un edificio eterno. Y con el calado de un diseño que ha hecho evolucionar la arquitectura. Tal vez por eso, los primeros galardonados con el premio bienal que lleva su nombre (el aeropuerto de Stanstead de Norman Foster o la Estación de Waterloo de Nicholas Grimshaw, a donde debía llegar el tren que uniría el Reino Unido con la Europa continental) destacaron más lo sobresaliente que lo necesario, la grandiosidad de las nuevas infraestructuras por encima del valor social. En ese ámbito, el galardón tiene territorio para crecer durante este nuevo siglo. Premios como el de 2011 a la restauración del Neues Museum de Berlín, realizada por David Chipperfield, invitan a pensar en ese camino. Un camino que, hasta ahora, se ha hecho eco de otros cambios habidos en la profesión consagrando proyectos realizados fuera de los países de origen de los arquitectos y que ha discrepado de otros galardones, como el Pritzker, reconociendo la arquitectura española y la británica –con el premio a cuatro proyectos- por encima de cualquier otra nacionalidad.

Hijo de un comerciante de mármoles de Aquisgrán, Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969) fue cantero antes que arquitecto. Y eso puede verse en su pabellón, una composición de vidrio, acero, travertino y mármoles capaz de comunicar el credo miesiano de menos es más.

Si Barcelona bautizó el pabellón con el nombre de su arquitecto, éste había empleado el topónimo de la ciudad para nombrar la silla y la mesa que amueblan la sala noble del pabellón. Fueron estas butacas vanguardistas de acero y cuero las que autoridades alemanas emplearon para recibir al rey Alfonso XIII y a la reina Victoria Eugenia.

Por su parte, la combinación de la transparencia y la solidez, la composición de los planos y la perfección en los acabados coronaron a Van der Rohe como el modelo de arquitecto moderno. Uno no podía reinventarse como Le Corbusier, pero podía exigirse tanto como Mies van der Rohe. Como los mejores edificios de la historia, el pabellón es hoy una construcción fuera del tiempo. Más versátil y elegante que monumental. A eso como mínimo deberían aspirar los futuros premios que llevan su nombre.