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CRÍTICA | CORAZÓN GIGANTE

Un soldado de la existencia

Dagur Kári salta desde Islandia hasta nuestros cines para conmovernos con su quinto largometraje

Tráiler de 'Corazón gigante'.

Como un Roy Andersson sin surrealismo, como un Aki Kaurismaki romántico y esperanzador, Dagur Kári salta desde la gélida Islandia hasta nuestros cines para conmovernos con su quinto largometraje y un personaje de tomo y lomo: un adulto gordo, sudoroso y virgen, con cierto complejo de Edipo, tímido y profesional, artesano de los juguetes de la II Guerra Mundial, soldado de la vida, masacrado por los coroneles de nuestra sociedad, pero dispuesto a rebelarse como el más romántico de los seres de la tierra. Fúsi se llamó la película en Islandia; Virgin Mountain, en su estreno internacional; Corazón gigante, aquí en España. El corazón como una montaña, el gigante de la virginidad.

'Corazón gigante'

Dirección: Dagur Kári.

Intérpretes: Gunnar Jónsson, Sigurjón Kjartansson, Arnar Jónsson, Ilmur Kristjánsdóttir.

Género: drama. Islandia, 2015.

Duración: 94 minutos.

El primerísimo plano de un ojo, inesperado e insólito (el plano), brillante de tristeza (el ojo), marca una película sorpresa, de puesta en escena impecable, que siempre posa su objetivo en el lugar justo, ya sean miradas o gestos, sujetos u objetos, mentes pensantes o corazones derribados. Y, como compañía ideal del posicionamiento de la cámara, unos exquisitos tratamientos de la luz y musical, tanto la banda sonora como las canciones de acompañamiento, sutiles, sin molestar ni subrayar. Corazón gigante, si acaso, sólo huele a ya visto por su demasiado visitado último plano, repetido en decenas de películas de la última década, cuando hay que culminar una odisea terrenal con un gesto postrero que resuma, que indique, hacia dónde se dirige el futuro del personaje.

Sin embargo, a pesar de ese insistente último plano del cine de autor contemporáneo, Kari, director y guionista, huye de la tentación totalizadora, del desenlace condescendiente. Y, como en la vida, nos viene a decir que el trazado perfecto de la felicidad es imposible, que hay penas que olvidar, que hay mochilas demasiado pesadas que es mejor abandonar, por innecesarias y, sobre todo, por imposibles.

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