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El soplo de Gilles: un ideal más luminoso para occidente

El cineasta Carlos Reygadas reflexiona sobre la muerte de su sonidista, Gilles Laurent, fallecido en los atentados de Bruselas

Alexis Zabé, Carlos Reygadas y Gilles Laurent durante el rodaje de 'Post Tenebras Lux'.
Alexis Zabé, Carlos Reygadas y Gilles Laurent durante el rodaje de 'Post Tenebras Lux'.Carlos Reygadas

El jueves rodábamos una película en un llano de Tlaxcala mientras se cerraba la tarde luminosa. Ni la mirada ni el oído encontraban reposo en la pradera desenvuelta y solo por el movimiento de sus labios entendí que me llamaban aparte: Gilles Laurent había estallado en el metro de Bruselas. Me llené de frío y calor y de debilidad celular y sentí las lágrimas juntándose bajo mi cara. Miré furtivo a mis hijos y a mi esposa sabiendo que nada sabían: reían jugando carreras de gato. Entonces imaginé a Raiko, a Suzu y a Lili, la familia de mi amigo, mi sonidista por 17 años con el que hicimos Japón durante cuatro meses sin cobrar y más tarde otras películas rebosantes de obstáculos y vivencias inolvidables, mi aliado que amaba a Schubert y tanto más a la vida con sus tres mujeres y que no había venido a México para terminar su documental sobre Fukushima.

Lamenté que no estuviera ahí en Tlaxcala en lugar de en esa maldita Bélgica que él quería como yo, pero que ya hace años nos parecía tan decadente. Desde las primeras palabras de mi ayudante esperaba la resignación que llega rápida con la muerte, pero terminó por no comparecer. En su lugar vino un soplo de emoción más habitual en la muerte mexicana que en la de Europa: la frustración. No se presentó vengativa como la cólera ni tampoco apocada como la decepción. Llegó bien limpia y llena de razón, un exhorto refulgente de acción humana lúcida. Y recordé a mi querido Gilles y a su budismo de la quietud, no como fin sino como herramienta para la armonía; su budismo de trabajo. 

Lamenté que Gilles no estuviera ahí en Tlaxcala en lugar de en esa maldita Bélgica que él quería como yo, pero que ya hace años nos parecía tan decadente

Días antes, la jornada del quebranto, comentábamos los atentados. Un amigo francés decía que se trataba de un problema menor pues muy poca gente en realidad tiene ganas de matar así. Le respondí que de seguro era un problema menor para gobiernos y analistas, pero uno mayúsculo sí el de la mala suerte era uno mismo o un amado. Y como la vida es a la vez profunda y carnal, hablamos de otras cosas terrenales: conté que cuando vivía en Bruselas en los años noventa la inmigración de origen árabe musulmán ya era para muchos un problema.

Con frecuencia visitábamos a un amigo en Schaerbeek y cuando mi mujer venía sola y en falda a veces la llamaban puta mientras escupían al suelo. A la mujer de mi amigo le llamaban puta más frecuentemente porque ahí vivía y tomaba el bus de noche. Una vez cerca de la Gare de Midi, en un tranvía nocturno, un par de sujetos golpearon a otra mujer sola mientras la llamaban puta porque tuvo la mala idea de recordarles que no podían fumar allí. Cuando nos acercamos para que pararan nos frenaron con un cuchillo. Mientras tanto, el conductor huía como conejo. 

Lamento contar estas bajezas, pero importan porque, en mi opinión, anidan en la raíz de estos actos aniquiladores. Yo, a diferencia de mi amigo Romain, creo que Europa tiene un gran problema. Aparentes banalidades como que una parte significativa de la población europea viva una represión sexual inaudita con un sentimiento profundo de rechazo social no van sin consecuencias.

¿Por qué la insistencia en restar importancia a esta condición tratándola de psicológica o individual cuando es evidente que es determinante a la hora de bombardear el azar? Que maten y mueran pocos no es grave para un gobierno (aunque sea gravísimo para los muertos y sus seres amados y en realidad para la humanidad entera), pero que haya mucha gente enfadada que se pueda identificar a sí misma como grupo en su desazón es muy grave para toda sociedad. 

Soy mexicano de origen europeo y aún así puedo sentir el dolor de la destrucción de Mesoamérica hace medio milenio. Me identifico más con los perdedores de su civilización que con la causa occidental

Cuando digo que la inmigración de origen árabe musulmán es un problema para Europa no digo nada parecido a que los árabes o musulmanes sean malvados y deban ser castigados. De hecho digo algo cercano a lo contrario: un problema no es culpable de su condición aunque no por eso deja de ser lo que es. Gran parte del grupo mencionado se cría y vive con resentimiento, parte histórico y parte vivencial. En mi opinión, esta realidad abreva en una fuente de dos bocas: la del colonialismo franco-inglés de los dos siglos pasados en Medio-Oriente y la África árabe, particularmente injusto, de una infinita arrogancia y penosamente infravalorado en casi todo análisis social y político de relevancia mediática. En segundo lugar, en la marginación que continúan viviendo los descendientes de sus víctimas.

Yo soy mexicano de origen europeo y aun así puedo sentir el dolor de la destrucción de Mesoamérica hace medio milenio. Me identifico más con los perdedores de su civilización que con la causa occidental. No me puedo imaginar lo que deben sentir los hijos del medio oriente y del sur del Mediterráneo, la otra mitad monoteísta del planeta, a quienes por cierto, les siguen destruyendo y saqueando sus países de origen.

El problema es amplio y de raíz filosófica: en síntesis pienso que el paradigma occidental, con dos mil años de edad, culminado en la Ilustración y rematado por el capitalismo de consumo, instaura el separatismo como condición existencial en todo ser consciente, pues la propia consciencia solo se concibe por oposición al todo. Y de ahí por necesidad surge la diferencia y sigue, por lógica, la altivez excluyente. Aunque sea feo oírlo, una parte sustancial de las poblaciones europeas se siente menospreciada por su apariencia y su origen y crece entre historias de odio y despecho. ¿De verdad creen que todo se olvida en tres o cuatro generaciones y dando subvenciones a los pobres? Quizás, si las condiciones de vida fueran óptimas, pero cuando yo iba a comprar barato a Molenbeek hace veinte años sentía ya la pobreza, la marginación y la desconfianza abrumadoras.

Para salvar a los vivos, Europa tiene que despertar brillando por sus muertos. Ni la demagogia de la derecha antihumana que contradice el derecho natural, ni la de la izquierda, que es autocomplacencia e inacción egoísta, pueden resolver el problema. Convertirse en fascista es una pésima idea cuando tanta sangre ha manado ya en ese manantial de odio e ignorancia. Pero igualmente truculento es acomodarse en el sofisma de que el problema afecta a pocos y por eso no es problema. Y sin embargo, parece ser que esto es justamente lo que hace la mayoría de los gobiernos nada más: cálculos.

Las sociedades europeas tendrán que hermanarse para encontrar la armonía y no la tolerancia, un concepto que ha reventado la historia

Pocas vidas y un poco de miedo no compensan invertir millones de euros en un nuevo urbanismo que acabe con la vida en ghettos. No compensan la energía que se requiere para dignificar la enseñanza y retomar el colonialismo desde la empatía y la igualdad. No compensan el riesgo de poner tropas en el terreno si hace falta. No compensan la valentía necesaria para hablar en voz alta y decidida para poner límites. No compensan dejar de ser socios de Arabia Saudita, la mano detrás de mucho de este horror como bien lo saben muchos. Y no compensan, ante todo, la voluntad que se requiere para actuar con humildad y decidirse a cambiar el paradigma para fundar un nuevo ideal más alto y luminoso. Con cabeza y con espíritu, al margen del resentimiento y el terrorismo, las sociedades europeas, viejas y nuevas, tendrán que hermanarse para encontrar la armonía y no la tolerancia, un concepto que ha reventado la historia. Europa requiere de humildad para bajarse de su trono cosmogónico y ejercer con valentía su humanidad en el suelo. 

Una disculpa por extralimitarme en mi oficio. Soy cineasta, pero soy amigo de Gilles, y al fin y al cabo, ciudadano de donde sea. Sé que mi camarada hubiera apreciado una reflexión así aunque quizás no la compartiera, pues tanto como amaba la vida amaba la diferencia.

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