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CRÍTICA | JUANA A LAS DOCE

Entre el infinito y el estornudo

El drama habla del espacio de soledad extrema en el que uno puede extraviarse cuando cierra su infancia

La protagonista de 'Juana a las doce'.
La protagonista de 'Juana a las doce'.

“Las ideas no me vienen, me atacan”, empieza a confesar Juana en uno de los momentos clave de esta delicada, lúcida y sensible opera prima. Lo hace en el interior del coche de su madre, en un momento de frágil intimidad que no tarda en ser pulverizado por lo trivial: la madre le reprocha a la niña que siempre la interrumpa cuando se halla en el trance de ascensión de un inminente estornudo. Así, parafraseando a Felisberto Hernández, entre el infinito (de una inefable desconexión preadolescente) y el estornudo (literal), se apunta el tema clave de esta película que, en su modo de atender a detalles minúsculos y reveladores y en su capacidad de desvelar las corrientes subterráneas de un microcosmos mirando en sus intersticios y no en sus elementos centrales, comparte sensibilidad y longitud de onda con Los supervivientes, la inclemente segunda novela de Jimina Sabadú. Juana a los 12 habla del espacio de soledad extrema en el que uno puede extraviarse cuando cierra su infancia y siente que aún no ha empezado el siguiente capítulo de su vida. Juana, a los doce años de edad, siente un progresivo desapego de sus compañeros de generación –amistades que se desdibujan, afectos que dejan en evidencia su provisionalidad, códigos grupales que excluyen- y, al mismo tiempo, no encuentra interlocutores a su altura en un mundo adulto que no escucha, o no está, o quiere reglamentar, redirigir y controlar algo que no puede ser medido (ni, en el fondo, compartido).

JUANA A LOS 12

Dirección: Martín Shanly.

Intérpretes: Rosario Shanly, Mirta Bogdasarian, Sofía Brockenshire, Camila Dougall, Kristy Green, María Passo, Renata Toscano Bruzón, Iván Quevedo.

Género: drama. Argentina, 2014.

Duración: 75 minutos.

Juana, que encuentra en El ciervo herido, de Frida Kahlo, un espejo de su malestar, se pregunta por qué su madre dibuja unos pájaros tan lindos y se viste de vampira para asistir a la fiesta de disfraces a la que no había sido invitada, está interpretada por Rosario Shanly, la hermana del director. Huyendo de psicologismos y evitando que lo complejo quede domesticado por una única explicación razonable, Martin Shanly describe su mundo de colegios privados, fiestas familiares y consultas extra-escolares mimetizando la mirada ensimismada y parcial de su protagonista: una mirada en 4:3 que se expande de formato en una escena onírica que contiene las únicas notas obvias (en su imaginería freudiana de baratillo) dentro de un conjunto donde predomina una sensibilidad enemiga de automatismos y el tacto de no estropear con palabras lo que dejan claro imágenes y silencios.