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CRÍTICA | UN OTOÑO SIN BERLÍN

La mirada elíptica

Demuestra que se puede hacer una bella dirección artística de una casa horrenda, y en la que es esencial la narrativa de lo eludido

Tamar Novas e Irene Escolar, en el filme.
Tamar Novas e Irene Escolar, en el filme.

Pasados apenas unos minutos de Un otoño sin Berlín se puede asegurar que detrás de la cámara hay una mirada interesante. También elegante, sutil, fresca. Es la de Lara Izaguirre, vizcaína de 1985, que con su (en apariencia) pequeña película de debut ha construido una hermosa historia de amor y superación que aprisiona a los personajes en el formato clásico 4:3, y que, ambientada en Amorebieta, tiene a Berlín como su Arcadia particular.

UN OTOÑO SIN BERLÍN

Dirección: Lara Izaguirre.

Intérpretes: Irene Escolar, Tamar Novas, Ramón Barea, Pablo Viña, Naiara Carmona.

Género: drama. España, 2015.

Duración: 90 minutos.

Una película donde se demuestra que se puede hacer una bella dirección artística de una casa horrenda (el cuadro de bodegón en horizontal al sofá como paradigma de un hogar derruido), y en la que es esencial la narrativa de lo eludido: tanto en la información sobre el pasado, que tarda en llegar, se hace con cuentagotas y en algún caso ni se ofrece, como a la hora de evitar con elipsis escenas y personajes que nada aportarían, salvo enturbiar, caso de la madre del niño o el discurso del premio. Y mientras la puesta en escena capta no sólo reacciones sino también el silencio de los objetos, que marcan el paso del tiempo, el dueto protagonista también se luce: Tamar Novas, enormes ojos de miedo y dolor, y la soberbia Irene Escolar, espontaneidad, técnica y mirada de sabérselas todas.

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