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Escritores locuaces, editores lacónicos

Para un autor solo hay algo casi tan malo como no tener editorial: tener demasiadas

Annie Ernaux, en París en 2008.
Annie Ernaux, en París en 2008.

Para un escritor solo hay algo casi tan malo como no tener un editor: tener demasiados. Cuando un autor desperdiga sus libros por más de dos catálogos es que algo sucede. O bien escribe tanto que no hay quien le siga el ritmo o bien sus lectores no acaban de ser bastantes como para que un sello repita con él (tras no recuperar, muchas veces, el anticipo negociado con su agente). Entre la torre de marfil y la torre de control suele haber buena conexión pero no siempre hay pasajeros para tantos aviones. Con la excepción de César Aira, en español no abunda ese tipo de narrador que escribe libros como fascículos. Tampoco el editor que quiera publicarlos. No hay por aquí una equivalente a la belga Amélie Nothomb, que, a título por año, lleva con la lengua fuera a Albin Michel.

Todo lo dicho tiene poco que ver con la calidad literaria y mucho con las expectativas de la parte contratante de la segunda parte. Es un arcano de la edición española la cerrazón de los lectores ante la impagable obra del argentino Juan José Saer, que ha recalado en Rayo Verde después de pasar por Destino y El Aleph. La propia Amélie Nothomb y Emmanuel Carrère se instalaron en otros vecindarios antes de que Anagrama publicara todo lo que sale de su prolífica primera persona.

Autores como Patrick Modiano, Paul Auster o Jonathan Franzen probaron en varios sellos antes de tener éxito en España

En su caso la historia tiene final feliz, lo mismo que las de dos grandes éxitos como Jonathan Franzen –que saltó de Alfaguara a Seix Barral antes de recalar en Salamandra- o Paul Auster, que despegó en Júcar y Edhasa para luego aterrizar en Anagrama. La editorial de Jorge Herralde, de hecho, ha conseguido convertir en sedentarios a un puñado de nómadas impenitentes, casi invisibles para los lectores hasta que volvieron a las estanterías envueltos en una cubierta amarilla. Un caso paradigmático es el de Patrick Modiano. El lacónico novelista francés tuvo plaza en los catálogos de Alfaguara, Debate y Seix Barral antes de tenerla también en los de Pre-Textos, Cabaret Voltaire y, sobre todo, Anagrama, donde –eso se llama olfato- le pilló el premio Nobel del año pasado.

En Francia, mientras, Modiano no se ha movido de Gallimard, la misma casa de la que apenas se mueve otro de esos grandes nombres que no termina de arraigar entre nosotros: Annie Ernaux. Autora de obras maestras de la introspección como El acontecimiento (Tusquets) –que narra su propio aborto cuando era la primera universitaria de una familia de obreros- o La ocupación (Herce) –un crudo análisis de los celos llevado al cine por Pierre Trividic, guionista de Patrice Chéreau-, la escritora normanda publica ahora en España La otra hija (KRK. Traducción de Francisca Romeral) y La mujer helada (Cabaret Voltaire. Traducción de Lydia Vázquez). Tiene 75 años y su escritura –directa, sucia, seca, alérgica a los eufemismos- pone sobre el tablero todas las luchas posibles: de clases, sexos y generaciones. Si abres sus libros, sangran. Ella dice que escribe con cuchillo. Tal vez por fin encuentre sitio en las librerías. O en las ferreterías.