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J. R. Moehringer: “Podía escapar de los miedos a través del bar”

El escritor y periodista relata una infancia cruda en ‘El bar de las grandes esperanzas’

El escritor J. R. Moehringer, en Barcelona el pasado septiembre.
El escritor J. R. Moehringer, en Barcelona el pasado septiembre.

Si la Ilíada, amén de poema épico sobre el regreso a casa, se entiende como un tratado sobre “la armadura de hojalata de la virilidad” y algunos bares como un sistema de rituales iniciáticos para andar por el mundo, la suma de ambos da el mejor manual de instrucciones para la vida: literatura y sabiduría popular. “Los dos rezumaban verdades atemporales sobre los hombres”, así lo vivió, sintió y escribió J. R. Moehringer (Nueva York, 1964), chico de las fotocopias en The New York Times, periodista brillante de Los Ángeles Times y premio Pulitzer de Periodismo (2000). Comprensible si se sabe de su infancia: su padre abandonó a su mujer cuando él tenía siete meses y los dejó en la miseria sin pensión alguna, abocados a vivir en la desvencijada casa del zarrapastroso abuelo, la “Casa Mierda” (12 personas, almacén de diversos fracasos matrimoniales de sus hijas), y a él buscando por el dial la voz de su progenitor, violento y alcohólico dj y locutor, en una deriva emocional que le depositó en el bar del barrio, el Dickens. Ese periplo y las vidas de aquellos clientes conforman El bar de las grandes esperanzas(Duomo), sensible y fluida autobiografía con pespuntes novelescos que ahora llega a España.

El libro —de 2005— lo leyó en su día el tenista André Agassi, que comprensiblemente decidió escoger a Moehringer como amanuense para sus celebradas memorias Open (Duomo), consideradas por la crítica como una de las mejores del ámbito deportivo, desprendiendo la misma musicalidad intimista y agridulce que esa extraña búsqueda en un bar del sucedáneo de un padre. “Le intenté encontrar antes en otros sitios, desde debajo del sofá hasta en los New York Mets, pasando por mi abuelo, la radio… Pero con nada o nadie me sentía yo, creía estar en una obra de teatro mala donde nadie se sabe el diálogo; por eliminación llegué a ese bar y oír hablar a todos aquellos hombres era lo que sentí que necesitaba”.

En esa particular escuela aprendió dos cosas: que a lo que hay que temer más en la vida es a la desilusión y que el miedo es lo que, para bien o para mal, nos mueve. “Mi niñez fue, básicamente, miedo, siempre estaba ansioso: por mi madre, por el dinero, por poder estudiar en Yale… Pero con ellos me sentía seguro: era como en el filme Platoon, un batallón de soldados entrenados para cualquier cosa”. Luego estaba, claro, el alcohol, problema que Moehringer no elude pero que trata con la misma elegancia informal con la que viste. “La combinación joven y alcohol hace desaparecer todos los miedos; quizá uno de los recuerdos más vivos que tengo es el del segundo cóctel que me tomé en mi vida; mirando por una ventana, pensé: ¿Dónde se me ha ido todo el miedo y la inseguridad? Con dos martinis habían desaparecido… Podía escapar de los miedos y las obsesiones que me definieron de niño a través del bar y de sus gentes”.

El collage de personajes (camareros, clientes, primos…) nutren de modelos de comportamiento, insuflan tanta confianza al adolescente protagonista que quizá se puede pensar que es posible crecer sin padre. O que no es tan grave. “No, no, es gravísimo; yo también quería creer que no lo necesitaba pero está siempre ese vacío que intentas rellenar toda tu vida de cosas que a menudo son totalmente insatisfactorias y, lo que es peor, muchas dañinas, malas, que conducen a una infancia rota”. EE UU, cree, es la prueba: “La población reclusa crece y crece, mayormente con afroamericanos, gente de familias desestructuradas donde la figura paterna está ausente… Cada vez vivimos más en un planeta de niños sin padres y eso es devastador”. ¿Pero su madre no encarna muchos de los valores que buscaba en su progenitor? “Tiene un corazón de león… pero es mi madre y hay un momento en que necesitas ver a un hombre mayor, como un atleta a su entrenador o un periodista junior a uno senior”. ¿Y las parejas de lesbianas que adoptan niños? “Lo respeto, pero como mínimo debería haber un padre: medio planeta es del sexo opuesto y un niño debe entender y saber de ambas partes; el sexo y la sexualidad es parte de tu crecimiento como persona… En cualquier caso, lo único importante es encontrarte cómodo contigo mismo; no sé, igual yo idealicé lo hipermasculino…”.

Gozó el joven Moehringer de un lujo asiático, vistos los tiempos actuales: la función de Pigmalión cultural de la pareja Bill y Bud, libreros en un desolado centro comercial, y el cura Amtrak, que le insuflan consejos sobre la vida, la lectura y la escritura. “Esa generosidad no se da tanto hoy porque móviles o tabletas hacen que uno se centre más en sí mismo y nos sea más difícil volcarse con los otros; hoy hay menos comprensión por lo que les pasa a los demás”.

El padre Amtrak, en esa línea, le brinda una de las frases más profundas del libro, que el joven Moehringer podría anotar en un cuaderno con las sentencias más brillantes que escucha: “Se necesitan muchos hombres para construir uno bueno”. Toda una filosofía: “El error más grande hoy es vivir cada uno en su propio mundo cuando deberíamos integrar emociones y experiencias de los demás con las nuestras; es una filosofía de vida hoy extraña pero que deberíamos conservar como los rinocerontes”. Y lo remata con un aforismo, casi: "Yo soy parte de todo lo que he conocido… lo hablé con Agassi: del libro le gustó que reflejaba mi vida con respeto a los otros de mi alrededor, entretejiendo experiencias. Y así planteamos la suya porque así entendía también su vida".

Tenista y periodista coincidieron a su vez en repudios. Uno le dijo que odiaba el tenis; el otro, escribir. Pero esto último nadie lo diría: Moehringer demuestra una facilidad pasmosa para engarzar detalles, tramas y personajes en un discurso que lleva al lector por una imperceptible cinta rodante de aeropuerto, con descripciones relámpago a lo Cheever ("el Shakespeare del suburbio hacía las frases cortas más bonitas que he leído nunca"), el aroma crepuscular de Scott Fitzgerald (la acción transcurre en Manhasset, escenario de El gran Gatsby: "A la gente le gusta porque no recuerdan cómo acaba") y la epopeya dickensiana casi autobiográfica de Grandes esperanzas ("mi primer recuerdo libresco es una colección encuadernada en piel de obras de Dickens; entre eso y el bar…").

Dice que también pasea como influencia la sombra de John Fante y, sobre todo, la poesía de Longfellow ("de ahí la musicalidad y el ritmo, creo"), pero lo suyo es escuchar. "La vida es escoger qué voces sintonizar y cuáles no", escribe en el libro. ¿Lo aprendió en el bar? "Escuchar en silencio, sin emitir juicios rápidos y con paciencia, mostrando interés por lo que te cuentan, es lo más bonito que puedes hacer por otra persona". Y quizá la clave de sus exitosas biografías, como la del famoso ladrón Sutton, que aparecerá en España en 2016. "Me preparo como un atleta para eso: escuchar debería ser la primera palabra de todo libro, permite mayor conexión con el otro y es la clave para ser una buena persona y escribir bien". ¿Buena persona? "Mi madre y yo nos sentíamos muy solos en el mundo: sin dinero, sin casa… y a muchas personas no les importaba nada; recuerdo muy bien esa crueldad; fue entonces cuando pensé que de mayor quería ser amable". Ese niño sólo necesitó, para ello, personas y libros.

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