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CRÍTICA | EL APÓSTATA

Renuncia de la convención

Lo esencial de la película es la forma: Veiroj es un apóstata del lenguaje cinematográfico

A la izquierda, el actor Álvaro Ogalla, en un fotograma de 'El apóstata'. Ampliar foto
A la izquierda, el actor Álvaro Ogalla, en un fotograma de 'El apóstata'.

La huida de lo convencional, la ruptura con lo que una mayoría define como natural y la distinción como objetivo no tienen por qué acabar convergiendo en algo insólito, fresco y original, algo verdaderamente contestatario, trascendente y artístico. La línea que separa la rebeldía de la extravagancia, lo inaudito del aturdimiento, es a veces muy fina, y puede que dependa incluso de algo tan intangible pero tan comprensible como la sensibilidad del que recibe el mensaje. El apóstata, tercer largo del uruguayo Federico Veiroj, coproducido con España y filmado en Madrid, parece hablar de religión, de catolicismo, de Iglesia; también de filosofía. Pero su base es el cine. Su protagonista, un treintañero inmerso en una crisis existencial, pretende apostatar, renunciar a la fe y, sobre todo, al registro, a ser un número más. Así que se introduce en una kafkiana vorágine de burocracia. Ésa es su base interna, la del fondo. Sin embargo, lo esencial de la película es la forma: Veiroj es un apóstata del lenguaje cinematográfico de la mayoría, un rebelde contra los modos de narración y puesta en escena habituales. Algo que, por principio, es magnífico. Otra cosa son los resultados.

EL APÓSTATA

Dirección: Federico Veiroj.

Intérpretes: Álvaro Ogalla, Marta Larralde, Bárbara Lennie, Vicky Peña.

Género: drama. España, 2015.

Duración: 80 minutos.

Obra de esporádicos fogonazos artísticos inmersos en un conjunto alejado de lo compacto, que lo mismo es naturalista (la comida en el pueblo) que pretendidamente surrealista (para ser Buñuel o Lanthimos no basta con liberar la imaginación), El apóstata se desarrolla a través de una dirección y un montaje que algunos calificarán de deliberadamente cercanos al feísmo y otros de inevitablemente toscos, acompañados de un tratamiento musical contrario a todo formulismo, que ni encaja ni contrasta. Un filme profundamente libre, que se permite el lujo de no finalizar en su mejor momento, el brillante clímax en retroceso en la Iglesia, seguramente para no ser convencional ni en el mejor sentido del término, retrasándolo con una infumable salida en carrera rematada con un último plano congelado.

Sin desarrollo de personajes más allá de su protagonista (Álvaro Ogalla, coguionista con ideas, pésimo actor), El apóstata busca causar sensaciones contradictorias, y a fe que lo consigue: en su presentación en San Sebastián, una mínima parte de la crítica la repudió, mientras la Fipresci (la federación de la prensa especializada) le otorgó el galardón a la mejor película del festival. Y en ese sentido Veiroj, Ogalla y la película han obtenido su propósito, interno y externo: no son un número más, han logrado apostatar.

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