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CRÍTICA | La camarera Lynn

La conquista de una intimidad

Presentada como la versión alemana de 'Cincuenta Sombras', la película sabe ser provocadora sin dejar de parecer encantadora

Fotograma de la película 'La camarera Lynn'.
Fotograma de la película 'La camarera Lynn'.

La distancia entre lo que permite anticipar (y temer) una premisa y la manera en que la obra final se revela capaz de desmantelar todas esas ideas preconcebidas suele proporcionar una de las experiencias más gratificantes que puede vivir un espectador. Este tercer largometraje del alemán Ingo Haeb —el primero que se estrena en nuestro país— supone un buen ejemplo. Las notas de prensa de esta pequeña e inesperada película venían presididas por una de esas frases que, a menudo, diluyen las fronteras entre el lenguaje analítico y el promocional. La frase estaba extraída del Hollywood Reporter y definía La camarera Lynn como “la respuesta alemana a Cincuenta sombras de Grey”. Ojalá la frase consiga atraer a los cines a tantos espectadores como lectores tuvo la trilogía de E. L. James: por lo menos podrán descubrir un buen uso del imaginario sadomasoquista en un relato que rehúye tópicos para adentrarse en un sutil terreno sembrado de ambigüedades y, ante todo, de comprensión y empatía hacia la diferencia.

LA CAMARERA LYNN

Dirección: Ingo Haeb.

Intérpretes: Christian Aumer, Vicky Krieps, Lena Lauzemis, Steffen Münster, Christine Schorn.

Género: drama. Alemania, 2014.

Duración: 90 minutos.

La camarera Lynn es un extraordinario retrato de personaje: la chica del título es una empleada de limpieza en un hotel, silenciosa, ensimismada, obsesivo-compulsiva, recién salida de un internamiento psiquiátrico cuyos motivos elegantemente se omiten. Lynn mantiene una relación distanciada con su madre y se entrega a periódicos, mecánicos y desapasionados intercambios sexuales con su jefe melancólico, obeso e intermitentemente solitario; un tipo que solo se permite esos desahogos carnales en las temporadas en que se halla sin novia fija y que Haeb se empeña en que no confundamos con un acosador o depredador sexual. Extremadamente metódica, capaz de invertir una energía y entrega adicional en su trabajo que nadie le exige, Lynn también disfruta de la incursión voyeurística: escondida bajo la cama de los huéspedes del hotel, observa sus rutinas. Cuando limpia sus habitaciones, se prueba la ropa de los ausentes, cataloga minuciosamente sus objetos… Hasta que tiene lugar un encuentro epifánico: en una de sus intromisiones bajo cama, Lynn asiste a la sesión de dominación a la que se somete uno de los clientes del hotel con una dómina profesional. Tras hacerse con la tarjeta de visita del Ama, Lynn se convertirá en una de sus clientas regulares.

Lejos del retrato de un sujeto patológico, La camarera Lynn crece hasta convertirse en una heterodoxa, transgresora y poderosa historia de amor –pago mediante-, autodescubrimiento, conquista de la intimidad y afirmación orgullosa en la diferencia. Nada más lejos, pues, de Cincuenta sombras de Grey: aquí no hay nadie que necesite redimirse, porque el BDSM como estilo de vida no es nada que requiera rescate, ni salvación. Ni por parte del sentimiento, ni por parte de la moral. Y la sordidez sólo está, en todo caso, en el ojo pacato del espectador que así decida juzgar todo el asunto. Una escena onírica a un paso de la cursilería —o del “Amelismo” (de Amèlie Poulain)— es el único tachón en una película que cuida con inteligencia sus encuadres, que describe como zonas de luz lo que la tiranía de la normalidad consideraría parafilia y que, en su aparente modestia, consigue que las preguntas que lanza al público sigan golpeando mucho después de la proyección. Una película que sabe ser provocadora sin dejar de parecer encantadora, lo cual es todo un reto.

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