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‘IN MEMORIAM’

Ya es tarde para todo

Rafael Chirbes en Lisboa en puridad. Irónico, serio, hasta divertido. Relajado en escepticismo.

Rafael Chirbes, en 2013.
Rafael Chirbes, en 2013.

Lisboa estaba en fiestas y Chirbes acababa de saber que algo iba peor. No pudo llegar a la lectura en portugués de sus textos de Na margem, su última novela, la premiada En la orilla. Llegó para un encuentro abierto en el Instituto Cervantes de Lisboa. Estuvo en puro Chirbes, irónico, serio y hasta divertido. Relajado en escepticismo. Envidió mi recuperada adición al tabaco y lamentó la ausencia de ese viejo compañero de una vida de quemar salud. En compañía de Manuel Valente, su último editor portugués, nos fuimos a cenar en O Carteiro. Comimos y bebimos, no demasiado, hasta que amablemente nos cerraron con la última copa en la mano.
Hacía mucho tiempo que no paseaba Lisboa, ciudad tan querida, tan acogedora para toda clase de visitantes. También para los que conocemos el desasosiego de vivir. Quería que paseáramos, le esperaban en la Fundación Saramago pero nunca llegamos porque al saber que se celebraba un encuentro de puertas abiertas consiguió demorar su presencia. A José le hubiera gustado. A Pilar y a mí, también. Paseamos por las calles y bares de Pessoa. También le llevé al Cementerio Inglés. Un sereno jardín en pleno barrio de Estrella, un lugar discreto lleno de vidas que fueron y de pocos visitantes. Nos detuvimos en la tumba de Henry Fielding, que vino a morir a una ciudad que nunca entendió. Se quedó un rato ante la tumba del escritor y me dijo: “Yo también podría morir en Lisboa”. Mejor vivir, Rafael, le dije con mi importado optimismo y con mi voluntad de seguir peleando contra el viejo apego al desasosiego. Con una casi sonrisa, me dijo: “Para eso ya no tengo tiempo, ni ganas”. Poco después, en el Jardín de Estrella, hablando de las cosas de la vida y de la muerte, de los escritores que le gustan, de Galdós a Eça de Queirós, de Beckett a Pessoa, del desinterés por otros de su generación, de su amistad con Herralde. Sin dramatismo, aseguró que no tenía ni proyectos ni muchas ganas de seguir viviendo. No pregunté. No le hice caso aunque me conmovió.
La conversación se fue por sus cerros mediterráneos, por la vida retirada, por su poco interés en ver a los amigos. Su huida de lo mediático. Sonreía contándome las estrategias para no recibir en casa, para vivir intranquilo y sereno entre las ruinas de su pasado, soportando sus recuerdos, lamentándose por el amor que no volvería. Entendí entonces su desgarro, su desapego de tantas cosas, de tantas personas. Le faltaba la principal persona de su vida. El amor que daba sentido a todo lo demás. No quería vivir del recuerdo de sus tiempos felices. No tenía nostalgia de aquellos años, periodista de lujo de la buena vida, de las buenas comidas y bebidas.
Al día siguiente Lisboa seguía en fiestas y nosotros bebíamos vino en una tasca. En un momento se le iluminaron los ojos, le surgió una sonrisa cuando le recordé un muy remoto encuentro en Zafra. Se refugió, en compañía de su pareja, durante unos años en una pedanía extremeña. Hablamos de la aparición de Mimoun, su primera novela, de sus tiempos marroquíes y de La larga marcha, que le posibilitó dejar el periodismo como oficio de supervivencia. De la literatura pasó a sus pasiones por algunas músicas, algunos pintores. Le propuse visitar el museo de Arte Antica. En realidad para ver un cuadro, Las tentaciones de San Antonio, de El Bosco. Se fascinó, ante aquella obra maestra, ante aquel mundo monstruoso. Y hablaba de las otras tentaciones, las del Prado, la de Piero de la Francesca, la de Grünewald, la de Dalí. Y seguimos por la tentación según Flaubert. Le apasionaba, era su tema, uno de sus muchos intereses. Hablar de la dicha y del dolor. De la resistencia y las tentaciones. Le hablé del libro de Luis Marina, Tentaciones de Lisboa. Se interesó. Prometí hacerle llegar un ejemplar. Le fallé.
El también me ha fallado. Me deja sin una de las pocas referencias necesarias de nuestra literatura. La noticia de su muerte, este sábado, me ha pillado lejos, en unos hermosos montes gallegos. Tengo a mano los diarios de Torga, leo y recuerdo a Rafael, le imagino pudiendo decir, ahora sí: É tarde demais para tudo. Até para morrer.

Javier Rioyo es director del Instituto Cervantes en Lisboa.