‘Memoria’ (2): ‘16 en el 76’

Javier Olivares, guionista de series como 'Isabel' o 'El Ministerio del Tiempo' continúa su relato. Hoy, el protagonista rememora los primeros días de la Transición Española

Ilustración de Eduardo Estrada.
Ilustración de Eduardo Estrada.

Hay quien cree que no es posible viajar por el tiempo. O que, si es posible, hace falta una sofisticada tecnología. O magia. No es verdad: solo hace falta una foto. Y en la orla había muchas. Allí estaban Pablo, Carlos, Manolo, Paco, Ana, Isabel, Vicky… Y yo, que tenía 16 años en 1976.

Aquel curso fue especial por dos cosas. Una, que era la primera vez que había chicas en el colegio. Dos, que antes de Navidad, murió Franco. De política, eso sí, apenas se hablaba. Ni en el colegio ni con mi familia. Pero yo veía el miedo en los ojos de mi madre. En los de mi padre, no. Apenas paraba por casa. Ni firmaba mis notas. Solo fue una vez al colegio cuando se enteró que me habían pegado. Yo tenía diez años. No sé que le dijo al padre José María (hay nombres que no se olvidan) ni al director del colegio. Solo sé que, a la salida de la reunión, ya en la calle, se encendió un cigarro al más puro estilo Bogart. Luego me miró a los ojos y me dijo:

–Tranquilo, Javi. Nadie te pondrá más la mano encima.

Así ocurrió. Era un hombre de palabra.

Yo no era consciente de lo que suponía la muerte de Franco. No entendía que si había hecho tanto daño, pudiera llegar a viejo y morir en una cama. En mi barrio, quien la hacía, la pagaba. Tampoco pensé mucho en ello. En realidad, estaba más preocupado por heredar los Levis (auténticos americanos) que mi hermano mayor había conseguido de un amigo cuyo padre trabajaba en la base de Torrejón. Se tenía que tumbar en la cama para abrochárselos de lo estrechos que eran. De él heredé (por fin) los pantalones y el gusto por los Moody Blues y los Kinks. Ray Davies y los suyos habían actuado en Madrid en mayo de 1966. Habían pasado diez años y en la bodega del barrio todos hablaban aún de aquel momento como el más importante de sus vidas. Para muchos de ellos, los que han sobrevivido a la heroína y al sida, aún sigue siéndolo.

De mi hermana heredé la pasión por los libros. Pasé de Silver Kane y Keith Luger a Kafka y a Cortázar. A éstos últimos, no creo que por entonces los entendiera del todo. Pero todo va calando y por falta de empeño no iba a ser. Luego vinieron Borges, García Marquez, Vargas Llosa… Descubrí que la mejor literatura viva en castellano no era española. Pensé que a lo mejor tenía que ver con la dictadura.

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Una noche, mi hermana llegó llena de moratones. Apenas podía andar. Venía de una manifestación para pedir la libertad de los presos políticos. Los grises la habían molido a palos. Estuvo una semana en cama. Al año siguiente, me pegaron a mí en plena Gran Vía en otra manifestación. Salimos a protestar por la muerte de un compañero de clase. Unos tipos de la ultra derecha le reventaron la cabeza en el Retiro con unos bates de beisbol. En esa manifestación, un bote de humo disparado a apenas dos metros de distancia impactó en la cara de otra compañera. Lo vi con mis propios ojos. Aterrado, me escondí en un portal. Allí me siguió un antidisturbios. A solas, me dio una paliza mientras me llamaba “bellaco” y “petimetre” (sic). Ahí descubrí que algunos antidisturbios debían leer las aventuras del Capitán Trueno antes de entrar en acción. También, supe qué era la dictadura. Y que seguía viva pese a la muerte del dictador.

Poco después asesinaron a unos abogados laboralistas en su bufete de Atocha. Una abogada se salvó porque, aquella tarde, un compañero le pidió prestado su despacho. Hoy es la actual alcaldesa de Madrid. Alguien que por entonces ostentaba la jefatura del servicio de Publicidad de la Secretaría de Estado de Turismo ahora la llama totalitaria y fascista. Y se erige en defensora de la democracia.

Sin duda, todos modificamos nuestros recuerdos. Lo hacemos para sobrevivir. Pero unos lo hacen más que otros.

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